lunes, 30 de agosto de 2010

We´ll always have París


¿A qué se debe tanta algarabía?

Suponemos que se trata de moral

Sobre La Moral

Y nosotros preguntamos:

¿A qué se debe?

Tanta algarabía para La Moral

O mejor dicho:

Pendejos de mierda, cállense que les doy un sopapo

El mundo está perdido desde entonces

Pero los pendejos ésos lo encontraron

Si, si

Y recuerdo que va a ser zona de procedimiento

Con el Mariano Acosta a la cabeza

Incluyendo los otros 21 loquitos

Mejor ejemplo de un imperativo moral:

Tomarse el colegio

La facultad

La cama

La casa

La red

Hay que tomar más

De todo un poco para hallar nuestro propio París

París o el Mariano Acosta

O la madrugada esa en la esquina del Abasto

O el verano pasado

Sin dudas, París siempre lo tendremos para nosotros

Las condiciones de responsabilidad puestas al hombro

O en el lomo de mi gato que tuerce el lomo por comida

Quiere su París diario también

¿Por qué no?

Todos aprendemos por igual quisiera creer un miembro activo de Carta Abierta

Pero no es así

¿Verdad, gatito, que no es así?

Vos tenés clase

Creces desparejo como yo y los pendejos ésos que toman colegios

Moral, moral que se dice, sí, sí tenemos

Siempre la tendremos como a París en los mejores tiempos.

martes, 24 de agosto de 2010

Un encuentro fascinate

Si te vieran la espalda, otra sería la historia. No la de los algodones de nuestro colage, del cielo confuso salido de la farmacia o equivalentemente de un súper mercado, que es nuestro, al fin-adviértase que vamos camino hacia alguna parte- que no admite señales ajenas, y porque mi aversión a las mudanzas (fantástico delator del paso del tiempo) o tu aberración (¡Oh! tiempo del paso fantástico y delator) por los volcanes de la isla, son perversamente proporcionales a los desajustes estéticos. De ahí en más, nos merecemos ser acechados por esos energúmenos que piensan ser reales. Eso nos trajo hasta aquí, a mi como el autor intelectual, es decir, el aturdidor de gorriones; y a vos como el editor. Digámoslo de otro modo: mi seudo-mimo y yo, sacamos a la luz a dos monstruos de la literatura universal, hoy buscándonos para ajustar cuentas. Retomando lo que nos trajo hasta aquí, yo y yo mimo, una sola persona, debe prepararse para ese encuentro fascinante con los energúmenos. Con la espalda demasiado pequeña, también demasiada tumultuosa cual joroba amorosa, mi paladar castellano-y argentino del noroeste argentino-corre deliberadamente porque la historia indica y sostiene ciertos sacrificios. Los que conocen el asunto, de oficio respetan y palmean al silencio, de profesión, los que conocen el silencio, escriben, y camino a la constante reconstrucción del rompecabezas de sus egos( los egos son comestibles), suspiran ante el asombroso panorama: la imagen/anterior ya no es la imagen/anterior. Y todos somos otros.
Entonces, Jorge Barrientos y Camilo. Impulsados por la creencia estúpida de un puñado de letras, el resto es pura fantasía o fascinación: a está altura son sinónimos. Se trata de una especie de venganza. Quizá, lo más acertado sería pensarlo de ese modo, de lo contrario surgirán vacilaciones propias de la situación. El abandono cumple el mismo papel que el sol de nuestro colage, un sol polenta polenta con firuletes arabescos tipo granitos de maíz molido amasijados por plásticola. El más peligroso de todos: Jorge Barrientos. Desentendido de la mudanza y de la huida del coloso opresor bien educado-se fue tirando pedos, cuentan las malas lenguas del barrio-pasó por la Marcos Paz preguntando por mi. Quien lo atendió supuso en su rostro nauseabundo a un simpático amigo mío, invitándolo a dar con los pormenores últimos del receso establecido en este período tormentoso. Sin embargo-y con embargo además: necesitamos café para simular tierra, en última instancia, cambiamos a una vegetación más propia del clima subtropical típico de este hemisferio y ponemos algo de yerba. Y seguimos prefabricando nuestro cielo perecedero. Decía, la novela fue sólo eso, un intento fallido.

Continuará(o esto esto será otro intento fallido de explicación)

lunes, 16 de agosto de 2010

Del niño feliz Díaz


Pobrecito el changuito. Desde que sus padres se encargaron de transmitir infaliblemente la herencia enfermante de la miseria a sus huesos, el changuito sólo se ocupa en dejarse llevar. Y no es que el olor a ropa sucia, y a cuerpo sucio afecte en algún sentido la opinión o la certeza sobre su rol en la vida; de ninguna manera, el changuito y nosotros creemos con todo nuestro ser lo que le espera. Dan lástima, él y sus dos hermanitos más chicos a los que les enseña a usar el mouse y el teclado para jugar al Counter Strike.

De su siempre pululante herencia, seguro sentirá que algo bueno hay detrás de tanta obscenidad. Estar a cargo de sus hermanitos que lo siguen a todos lados, es ser el líder del grupo comando que aniquila terroristas. Vaya a saber, la verdad que uno cuando piensa o cuando los ve vagando por la avenida en busca de la monedita para pagar la hora en el ciber, también logra una especie de ignición insobornable que nos alienta a asegurar el desenlace de sus vidas. Van a ser choros.

Entonces todos creemos en la herencia. De hecho y en parte, somos nosotros, los actores de reparto que modelamos y custodiamos de alguna manera esa herencia. Es mejor que sea así y no de otro modo, sino cómo se explicaría que su madre tiene igual habilidad para prostituirse o para punguear que el resto de las madres de la Bombilla pongámosle como caso, porque son de ahí. Ni qué hablar del hijo de puta de su padre golpeador que hace changas para chuparse lo poco que le puedan pagar por cortar el pasto.

Por otro lado, yo no me considero parte de todo ese asunto tan desalmado, yo creo que pueden cambiar, se los dije a los tres mientras buscaba cambio para darles el otro día. Mario, por ser el mayor es el más despierto, es un buen changuito, ese día me miró con su carita curiosa y me dijo:

-¿Tenés algún trabajito para mi?

La verdad que me desconcertó escuchar esa voz de niño a punto de dejar de ser niño tan firme y resuelta. Le expliqué que tenía que ir a la escuela en vez de trabajar, pero me respondió que no alcanza con sólo estudiar, él quería ayudar. Les di las monedas y se fueron caminando, apretados por una conversación que los absorbía del mundo. Seguro hablaban sobre las estrategias que iban a desplegar en el video juego. A esa hora de la tarde su madre le hacía un pete a un tachero por veinte mangos. El tachero se enoja por lo alto de la tarifa y la caga a golpes como para variar.

Mario y sus hermanitos se dejan llevar por la herencia mientras se entrenan en el ciber para ayudar. El desprecio de sus padres por ellos es imperceptible pero eficaz, digámoslo así, creo no equivocarme al afirmar que los changuitos despiertan solos a la mañana, van a la escuela Miguel Lillo, completan el desayuno con pequeñas raciones que le convidan sus compañeritos, vuelven al mediodía y comen el fideo con puré de tomates que les engaña transitoriamente el estomago hasta la noche cuando vuelven a dormir. Terminan de comer, van al campito del barrio juegan a la pelota un rato y regresan al ciber para ayudar. Sólo escuchan a sus padres cuando los mandan a los semáforos para pedir. Esa rutina, lo más alejada de la autoridad paterna es sin duda la confirmación de que el desprecio es la expresión indiscutible de la escurridiza herencia pululante.

Ayudar, Mario quería ayudar y por cierto que lo hace. Si él no entrenara a sus hermanitos para creer en la herencia, si nosotros, no lo esperamos así, si sus padres no continuaran el camino indeclinable a la reproducción infinita de la miseria, la ayuda nunca se concretaría. Pronto se va a escuchar en el aula de la escuela a la maestra decir Mario Díaz-seguro va a ser para el mes de agosto cuando él se sienta listo para ayudar-y nadie va a contestar, señal que ha comenzado la miseria de sus huesos a hacer de las suyas. Seguro va andar por ahí afanando juguetes para sus hermanitos y nuestra lástima se va a convertir en odio.

sábado, 14 de agosto de 2010

Elucubraciones del lenguaje



Un anal izado dirigióse a su anal izante:

-Sospecho que gozáis de mi.

Las manos temperamentales


Quiso hacerla cortita y tiró un me voy que lo sintió medio aterciopelado. Claro, no hay cintura que aguante un jab tan imprevisto. Después dijo, sacáme vos, yo soy una curita nada más. Golpe bajo y el arbitro mirando a otro lado. Con las pelotas hechas pelotas, se retorcía pensando-o mientras se retorcía, pensando. Yo me voy, espero que me saqués de una vez por toda. Lo que sigue a continuación debería llamarse: Guía para saber cuándo pasa el tiempo, porque él, como ya sabemos, retorciéndose de dolor en el piso, busca razones para explicar tanta osadía suya para venir a desafiarlo, a él, conocido en el ambiente como Tableta de dulce de leche por su consabida destreza para endulzar a sus oponentes¿ En qué momento ella pudo lanzar tantos golpes seguidos? Odiaba justificarse cuando perdía, pero el odio recrudecía cuando los críticos pedían explicación por sus tácticas muy poco ortodoxas que lo hacían arriesgar peleas consabidas de fáciles. Llorando, nuestro héroe estaba llorando, grogui grogui cuando recibió un Beso, mi querido, sea feliz, intente. El remate lo dejó relamiendo la lona. Tableta de dulce de leche ni por casualidad fue recordado al día siguiente en la sección de deporte de la Gaceta. La derrota, su derrota, habían decretado por decreto los aficionados, no merecía ser contada hasta que Tableta de dulce de leche logre explicar los motivos por los que la pelea fue tan humillante. Por supuesto que para el derrotado, es decir, para Tabletita de dulce de leche, no hubo humillación alguna, la pelea fue limpia repetía mientras se preparaba para la revancha.

jueves, 12 de agosto de 2010

Autor desconocido

En un estante de Los primos encontré un libro amarillento y breve que se titulaba “Caperucita feroz y el lobo rojo”, de autor desconocido. Lo breve del libro era lo increíble, duraba una oración. Poco importaba el falseo de la historia original;la oración consistía en la siguiente configuración: "vuelta del bosque, el cazador le preguntó si se había encontrado con el lobo rojo, caperucita feroz respondió en medio de un gran bostezo: nunca lo vi, saborearlo me impidió verlo". Para uno de los primos, se trataba de un ejemplar sin valor,pero paradójicamente se negó a vendermelo.El inquietante caso del libro breve y amarillento todavía mantiene en vilo mis últimas noches cuando pienso en lo que caperucita quiso decir con eso de "saborearlo me impidió verlo".De cualquier forma,aunque me encapriche por darle sentido y comparar la historia con la mia propia,el ejemplar sigue en el estante en que lo encontré y con seguridad, uno de los primos se encargó de tasarlo debidamente.

Besos por celular


-Rendí bien

-10 saqué. Te quiero.

-Sí, si, ésa miremos.

-¿Querés que tomemos algo ahora?

-¡Uy!, sí. Los tostados son lo que más me gusta.

-Dale, vení que ya empezó. Te quiero.

-Abrí recién una cerveza. ¿querés o preferís otra cosa?

-Me gusta el olor a queso derretido.

-Sí, mejor que la metáfora son los arrumacos. Quiero.

-Ok, me porto bien entonces.

-Este es un momento que determina mi vida.

-Va a salir bien.

-Gauuu.

-Sí, ahí estoy...bien cerca de vos. Te quiero.

-Yo también...me estoy babeando con tus fotos de Bicho de ciudad.

-¿Vamos a dormir?¿puedo ir adelante?

-¡Qué lindo!

-Te quiero mucho, pero mucho ¿entendés?

lunes, 9 de agosto de 2010

Déjà vu

La diciente, con la voz entrecortada-de otro modo dicho, entre sorbo y sorbo. Despertó en el preciso momento en que la vergástula robusta cual sanguinocefalosa, se le escurría entre las manos. Mordiendo el canto del vaso de plástico demostró el gesto fútil con que el sueño la devolvía a la vigila estúpida de sentirse liberada. De nuevo con vaso en la mano me sonrió y cambió de tema como cambió de sexualidad. Un antes y un después, para los legos. Mariela, dulce Mariela podía leerse en un sms enviado por su ex novia que se servía de ese dulce gusto a concha-¡Oh!, dulce crustáceo, Mariela ¿te comiste un Poet? Legos, decíamos que Mariela, era Marielo para Laura (flor de nombre para una gourmet de las crustáceas conchas de barrio sur).
Ni qué hablar de cuando Laura, estrecha mente vaginal (alguien malogró y escribió, virginal pero yo puse las cosas en su lugar), se adentra a esa problemática aspirante favorita de los anales. Porque nuestra dulce Mariela que me sonríe como una caricia en los huevos, le gustaban las tortas antes del sueño ¿Copiado? La tienen adentro, seguro. Exactamente eso que pensaron: váyanse que esto no es para legos. A la mierda. Si, a la mierda fue lo que escuché gritarle a una Laura silenciosa, falsificada por la puerta del baño. Beoda, veo da un golpe tremendo en el marco de la entrada pero el dolor no consigue silenciarla, por el contrario, el ruido se multiplica junto a mis sospechas. Ayer hombre, hoy mujer. Hoy mujer que lucha por desatarse uno de los moñitos de la tanga. Se sienta después de limpiar con papel higiénico el borde del pozo sucio y lleno de cartuchos sangrantes. También de puchos sin acabar. Sin acabar advierte que la observo desde la puerta, me sonríe y cambia mi nombre por el de culiado ¡Vaya modo de llamar a un beodo! ¿no tenés algo mejor que hacer? Mariela, Mariela, dulce Mariela ¿otra vez jugando con el complejo? A la mierda, nos vamos a la mierda de aquí. Medio beodo y medio sobrio, lo cierto es que la parte sobria pensó en subirse a un taxi y hablaba con la parte beoda que ya tenía arrinconada sobre las cuerdas-debería decir, sobre la puerta- a Mariela en el preciso momento en que la vergástula, robusta y sanguinocefalosa se le escurría entre las manos. Mordiendo el canto de la puerta, dulce, sos un dulce, de espaldas, la uncaca se estremecía en el anzuelo. Un antes y un después. El latigazo en la cola iluminó el despertar de Mariela que con beodos ojos contemplaba el reluciente déjà vu que le dedicaba.


*Mariela abandonó la repostería, actualmente dedica su tiempo libre a coleccionar vergástulas rapaces de cualquier intemperie según sean capaces de hacerla cicatrizar los hábitos, de higiene perdidos. (N. de un V.)

**N. de un V. Abreviación de nota de un vergástulo obsedido. (N. de A.)

***N. de A. Abreviación de nota de Alonso

sábado, 7 de agosto de 2010

Historia común, la bomba lacrimógena y lo posible



Todavía es un enigma, pero lo cierto es que pagué los trece pesos que me pidió el del quiosco que está en la vereda del correo, por una revista de cine tres meses atrasada. Quizá, lo más cómodo sería pensar que mi afán por profundizar mis insipientes y, casi siempre vagos conocimientos cinematográficos me hizo meter la mano al bolsillo sin chistar. Incluso, que haber visto la versión televisiva de la revista me impulsó a leer lo que esos tipos raros hablaban entre ellos; o que no entender nada de cine me hizo admitir mi ganas de hacer cine.

Todos esos argumentos eran posibles, pero ninguno sonaba convincente. Es más, los argumentos se multiplicaban conforme explicaba a mis amistades que ahora leía sobre cine. Ninguna historia es eficaz, digamos, narrativamente, si su público la espera, por eso, la educación, esa manera que uno aprende a buscar en ellas, tiene sus límites, uno de ellos es que debe darse a conocer con la condición de concluir junto con la historia. La historia misma debe ir trazando el derrotero para ser “entendida”. En eso radica la sorpresa: la novedad.

Cargué conmigo la revista por algunos días, esperando otros quince necesarios hasta la salida de la nueva publicación, y compré la segunda. Comenzaba Enero y la revista cumplía sus doscientas publicaciones, la conmoción duró poco, a la primera, que era del mes de Octubre del año pasado, la disfruté como solo un maniático lo podía hacer; para entonces trabajaba en el turno noche, y mientras esperaba por pasajeros en la parada de la esquina de La pizzada o en la San Juan y Rivadavia, leía cada articulo con sumo placer y dedicación. Así que, después de leer los artículos de los fanáticos de la revista celebrando esos doscientos números que escribían como miembros de una secta a la que me estaba afiliando sin pedirlo, volvía a la de Octubre con nostalgia. Desconocía a que correspondía ese sentimiento, nada había perdido, la revista seguía su edición con total normalidad, los artículos que leía y releía hablaban sobre películas que no sabía si algún día podría ver, así que podía considerarlos como pequeños cuentos.

Entonces, la nostalgia estaba mal ubicada. Luego compré la de Febrero, y la de Marzo, al tenerlas y ver que la secuencia interrumpida en Enero seguía su ritmo, pude retomar esa ansiedad subterránea que me impulsaba a comprar la revista cada mes. Entonces, la nostalgia no debía ser explicada, no hacía falta. Con verdadera admiración, me hice un seguidor de Noriega que dice “tontuelos” cada tanto,despues de tendernos una trampa, a Marcos Vieytes y Javier Porta Fouz, de mentes intranquilas(dementes podríamos pensar, memorables también). Tomé a la revista como un libro de cuentos, de paisajes y de historias plagada de personajes ficticios y reales que escribían igual que sus fanáticos los cuentos adornados con fotografías. Y ese universo franqueado por el número de paginas y por la frecuencia de un almanaque infame, comenzaba a tener sentido. Porque todas esas palabras, ese orden cargado de ideas y de atmósferas inteligibles, se materializaban cada vez que algún acontecimiento real los retrataba.

El primero fue el cierre del cine Atlas y la apertura de las salas de cine en un shopping de Yerba Buena; el segundo ver “Historias Extraordinarias” de Mariano Llinás, en el preciso momento en que “El secreto de sus ojos” de Campanella era nominada al Oscar y se llevaba todas las lisonjas de legos comunes y de legos empresarios. Comprendía que todo lo que esos tipos raros hablaban en los cuentos eran verdaderos actos de rebeldía, de resistencia a las fórmulas de cine que aspiran a repetirse cada vez que sea necesario llenar salas, de oposición al Estado que subsidia películas que son evaluadas por un tribunal que da el okey siempre y cuando justifique el “reembolso”, un grito a la desidia y al olvido. Porque cada vez hay menos salas de cines y las entradas son menos accesibles para la gente, porque las películas que “vemos”son pura bazofia manipuladora y dominante.

El sentido de las cosas, de comprar esa revista de locos fanáticos, me hizo ubicar la nostalgia en el lugar que le correspondía, del lado de las auténticas búsquedas, de permanente y casi siempre insatisfechos descubrimientos, de inquietudes y de incomodidades. Ver “Historias extraordinarias”, me tranquilizó y me devolvió mis deseos de ser feliz e insatisfecho a la vez, como esa película que dura cuatro horas, mezclando literatura, música y personas que flotan invisibles por territorios comunes y visitados por todos, pero omitidos como fuentes de relatos. Lo extraordinario, es la sencillez con que se tejen las historias en los lugares que nos enseñan a creer poco interesantes, cuando no, nada interesantes. La epifanía, la celebración a la que invita esta manera de “ver”las palabras y las historias, hace de películas como “El secreto de sus ojos”, una falsificación del mundo y una banalización de las emociones que provoca. No, no son revolucionarios, no plantean el control obrero del ministerio de cultura, ni la destrucción del Estado burgués en manos del proletariado, simplemente ponen en discusión un tema que desde la creación del BAFICI se ha abandonado:¿cómo carajo hacemos arte en un sistema que nos convierte en mercancías?

Disfrutar una película de cuatro horas, es renegar de directores como Campanella o como David Fichner (El curioso caso de Benjamín Button) que someten al publico a las formulas efectivistas que reclama el mercado; es vislumbrar que existen otras maneras de hacer arte, en este caso, cine argentino, y que es posible.

viernes, 6 de agosto de 2010

Las últimas horas de La Maga


Murió la Maga, lo indica todos los relojes que se derriten en los bolsillos de quienes esconden la noticia. Luego de su complicado nacimiento-¿era justo materializar dos siglos de sueños y experiencias en una sola figura ambulando por las calles parisinas?-y tras tantas barricadas, es importante destacar que para que se cumpla el debido duelo vamos a tener que ver nacer a la Desigual. Porque su nacimiento, tan mitológico como fue posible, fue completamente gobernado por la tarea titánica de la Historia que modelaba su carácter y su agonía. Y en ese mundo inverosímil, pegajoso, capicúa y casi mágico como su nombre, la Maga nos va relatando la vida contaminada de la mujer, de la pequeña burguesía titubeando cuando no hay que titubear.

Versados en esconder relojes, hay quienes resisten parafraseando en las esquinas de los barrios, en los puentes de cualquier ciudad por menos parisina que se parezca, a las salidas de los cines o en un parque revolviendo un basural. Naturalmente parafrasean, porque la Desigual ya había empezado a vomitar tapas de libros y pancartas a favor de la libertad de sus presos políticos y de sus desaparecidos. También hay quienes( estos son los más atroces porque se confunden entre los amigos de la Desigual)parafrasean a la Maga y su imprevisibilidad con el solo afán de negar a la Desigual que en alguna mente ya se organizaba líricamente para constituirse como la mujer luchadora que lucha por una salida socialista de la Historia.

Contradictoriamente, estos parafraseadores, con los relojes quemándoles las bolas, admiten indirectamente que la imprevisibilidad romántica de la Maga, es lo más previsible posible, al punto de llegar a afirmar secretamente que lo que la hace insoportable a la Maga es ese desdén por el desorden-orden diseñado junto a Oliveira, nigromante etílico de su propia muerte.Era justo el nacimiento de la Maga, como lo es en la actualidad hablar de la Desigual que nació casi junto con ella. La Maga se arropa todavía con telas confeccionadas por un sistema que la oprime hasta someterla en la locura imperecedera de lo análogo que la consiente sólo con la condición de su indeterminación. La Maga, o la mujer, a partir de entonces tiene que flotar, caminar de costado, aparecer y desaparecer, ser asible e inasible simultáneamente, juntar cintas para atarlas en los picaportes de las puertas, tener sexo sin culpa y aniquilar a su única prole, amar a un energúmeno que acepta igual que ella la ley que los inmortaliza.

En cambio, la ley que inmortaliza al mundo Rayuela es la que niega y silencia la existencia de la Desigual; es más, esta ley hasta llega a confundir palpitaciones de un miembro amputado con latidos de un corazón. La Maga murió, y junto con los relojes derretidos, la Desigual tiene que decirlo, gritarlo enérgicamente para el mundo, para que su mundo se imponga como la cosa más necesaria de la Historia. Caerán los parafraseadores, caerán los mentirosos, caerán los falsos ídolos que confeccionan sus altares en grandes editoriales y que escamotean el nacimiento de la mujer más bella que hasta la fecha se tiene conocimiento.

La Desigual le debe a Penélope de Homero, a Margarita de Fausto, a Eloísa y a Ofelia, a Nélida de Manuel Puig y a Ema Bovary de Flaubert, le debe a la propia Maga, pero fundamentalmente le debe a la Historia de los hombres que fue el crisol donde se fundía con revoluciones, guerras, utopías y luchas políticas para levantar un tálamo posible donde poder desarrollarse y gritar.

(Las revoluciones no se hacen de la noche a la mañana, pero si pueden comenzar de la noche a la mañana)

jueves, 5 de agosto de 2010

Botellazo en el mate

Nadie más apropiado para apodarse Botellazo que este tipo. Pero había que tratarlo con pinzas, eso lo sabíamos nosotros, los que nos considerábamos sus amigos, entre los que estaba Bumbuna, el bautista que le dio ese indiscutible título de hombre a tener cuidado. Los que no lo conocían, lo mejor que podían hacer, era sospechar que botellazo, ante cualquier duda, como principio indefendible-en el barrio a eso le llamamos cagazo-se merecía respeto. Acostumbrados a decretar asuetos, huelgas que nunca se cumplían, yutas colectivas a las que sólo respondíamos los cuatro: Bumbuna, el Héctor, Botellazo y yo a quien los changos conocían desde siempre como Magu; nos reuníamos en la puerta de la nocturna a deliberar el motivo: el motivo siempre de respeto tanto como Botellazo, una vez determinado, no había objeto, nos embarcábamos hasta con viento en la proa, locual significaba, amonestaciones o pedidos de expulsión. Era común ver llegar a Botellazo rumiando, seguramente estuvo haciéndolo toda la tarde en su celda mientras picaba carne para empanadas, en el bar donde trabajaba picando carne para empanadas, y planeando el motivo que nos comunicaría esta misma noche, apresurado, pero lo diría, y lo diría mal, entre dientes, y se le queda enroscado en la punta de la lengua; porque se trataba de un motivo inobjetable, en palabras (las únicas que hizo entender). De todas maneras, terminaríamos en el pool de la Rioja. Ahorrémonos preguntas molestas, de paso, les ahorro un mal momento por si algún día corren la suerte (porque es posible que salgan a correrla para safar) de conocer a Botellazo. Botellazo fue bautizado en la clase de Lengua. Al profe no se le ocurrió mejor tarea para la casa que pedirnos que seleccionemos un escrito cualquiera de nuestro agrado para compartirlo en el aula. Ese día, Botellazo -todavía conocido con el mismo nombre que figuraba en su DNI, es decir (debería decir, es llamarlo) -Ramiro Valquiria llevó un texto sobre Jauretche inundado de esa palabra que ninguno conocía y que a él le producía un efecto edificante, que lo extasiaba alegremente cada vez que la pronunciaba. Sin duda, nosotros éramos unos ignorantes, pero el único capaz de comprender a Valquiria esa noche además del profe, era Lautaro Rodríguez, su némesis. Botellazo, al referirse a Rodríguez usaba palabras como el coso, hojota (en el caso del contexto futbolístico), el dueño de la pelota (también en un contexto futbolístico o cuando se abría una partida de truco y Rodríguez acostumbrado a los tiempos de ajedrez con su abuelo se tomaba el tiempo que le apetecía, que por cierto lo deschababa como un angurriento), y después de esa noche, claro, Botellazo tenía razón, dicho a su modo (sic.) lo tenía calado, los oligarcas usan el mismo perfume. Pormenor que ninguno de nosotros comprendía ya que Rodríguez oligarca o no usaba perfumes sofisticados que le traía su abuelo de Alemania. Ustedes deben estar suponiendo ya, que Rodríguez llevó un poema que hirió la sensibilidad peronista de Valquiria, y que éste lo interrumpió con improperios (como se dice en mi barrio: lo putiaba) y con un botellazo le propinó seis puntos en la cabeza al dueño de la pelota-o deberíamos decir, de la botella. Oportunidad para ser expulsado de la nocturna por agitador y por violento, ah!, pero ¡Perón, Perón qué grande sos! Valquiria fue incorporado a las filas militantes de justicialistas del movimiento. Si llegaron a suponer todo ese asunto complicado, debo decir, son unos admirables hijos de puta, jamás se me ocurriría contarle esto a gente tan inteligente. Sin embargo, me queda un pequeño consuelo: la botella ¿de dónde salió? Y como gente inteligente (si Botellazo los conociera les llamaría oligarcas de mierda) de abundantes supuestos, dirán cosas como que era de suponer en una escuela nocturna en la que sus alumnos en su gran mayoría son adultos y bla bla bla; y vuelvo a decir, son unos admirables hijos de puta, agregando un pequeño detalle: la botella, la botella se la dio el profe de Lengua, compañero que llenó personalmente la ficha de afiliación de Botellazo al partido.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Furia de la noche en que la policía saqueaba la pinturería que se incendiaba



Viernes 22 de julio. El escarabajo empieza a estridular sobre la mesa. Es la una de la noche, no se me ocurre quién puede ser hasta que leo en el display del escarabajo: Hugo. Primo querido, vení que te estoy esperando en el centro. Forcé una fantasía extemporal la cual iba acompañada con la pregunta de si se incluían mujeres junto a las cervezas que me ofrecía. Subí al taxi para comprobar que todavía estaba bajo el efecto analgésico de haber concluido la preselección del material para mí primer libro; la droga me hizo olvidar los 3° bajo cero que se sentían a esa hora. De acuerdo a mis deseos por manifestarle al mundo la hazaña, ese cruce épico de decirle al mundo-licencia expresiva que poco tiene que ver con la realidad suponiendo que si el libro sale, el mundo puede quedar reducido a unos cuantos amigos y aventureros capaces de comprarlo-que yo, Daniel Alonso, soy escritor; volviendo a lo que quería contar, consideré a Hugo como el primero en conocer la noticia. Al bajar del taxi, mi fantasía de las mujeres esperándome detrás de las cervezas, se esfumó inmediatamente al ver a Hugo sentado solo en una mesa, en un bar por la 25 de Mayo igual que perro malo. Nos saludamos, nos abreviamos con risas y cerveza nuestras aventuras del verano pasado; yo en Santa Fe, él en Chubut. Propuse irnos de ese bar desolado que se agotaba en medio del olor a frituras y los gritos de un grupo de cincuentones medio escabiados. Mientras Hugo pedía con su cara de ladrillo a la vista la cuenta, yo le exploraba disimuladamente el culo a la moza. Me sorprende esa última afirmación, porque lo que menos pude hacer fue disimular, de todos modos, la moza ni se fijó en ese pequeño desliz. Redondo y firme culo. Con seguridad cuando se escribieron las sagradas escrituras-no hablo de Cortázar ni de García Márquez, sino del antiguo testamento-al referirse a la manzana, al pecado y al describir la hermosa ciudad de Sodoma, un culo así atormentaba al escribiente. Próximo destino: Pangea literaria. El fuego de las poesías que llevaba enrolladas en la carpeta bajo mi brazo más las birritas que tomamos me renovaron el animo ¿Frío? Tengo entendido que en primavera el clima es cálido, que las playas pueden quemar los pies si uno no se cuida, que el carnaval nos espera a unas cuadras de aquí con guirnaldas y agua perfumada. Lo único que mantenía en vilo la noche, lo que no podía quitarnos el vacío absoluto de gente en Pangea, era que tomaríamos unas birritas más y nos encontraríamos a las 3 y media con la moza en la puerta de Jazmín de Luna junto a una amiga de ella para ir a un after. Con el hocico listo como dice la canción de los Redondos, comencé a contarle a Hugo sobre el libro. Ningún método mejor para hacerlo que leerle algunas de mis poesías, de narrarle las historias que se escondían(siempre quiero creer que se esconden lo suficientemente bien) detrás de cada una de ellas y del libro en conjunto. Creo que me apasioné un poco, porque recuerdo que le dije con un poco, si lo confieso, el melodrama había empezado, con un poco de lágrimas en los ojos que si no publicaba ese libro me moriría, o en su defecto, me enfermaría, lo cual a esa altura, supongo, el alcohol me aseguraba que eran destinos equivalentes. El rigor de las teorías sobre la infancia nos importaba una mierda, Hugo escuchaba a su primo querido, había abandonada la cara de ladrillos a la vista para mirarme como espiando una ventana para ver si había alguien en casa. Yo te voy a ayudar. Y ya iban 3. Tres, la pócima artística de alguna manera resultaba ser como una especie de reivindicación imperiosa para todos los lograban escucharme.

Un acto de rebeldía, ir en contra de las coreografías de la música pop, de los libros de escritores best seller de la feria del libro o del griego. Mi primo me dijo que el mundo estaba dominado por los coreógrafos de baile. Habló de una teoría y de un sistema infalible para derrocarlos. Jenny, la francesa de un metro ochenta que atiende el bar, comenzaba a hablar el idioma universal de los bares que cierran las puertas. Arrimaba mesas, apilaba sillas, nos sonreía y de reojo miraba cuánto le quedaba a la botella. Antes de irnos, Hugo asumió como mi representante. Llegamos a la puerta de Jazmín de Luna y la moza ni pintaba. Me pica el bagre, escuché decir y cuando miré Hugo estaba en el drugstore de la esquina comprando birras. Entramos, teníamos media hora para estar ahí adentro, cosa que me parecía un poco extraño, porque desde ahí, por más lindo que sea el culo de la moza, no se lo vería. No indagué mucho, las poesías se me alborotaban en la boca, el dueño del drugstore y su empleado con cara de tarro aplastado, sonreían y aplaudían menos las poesías que el entusiasmo que ponía para leerlas. Comencé a leer “Frutas secas” y la sirena de los bomberos tapaban el gusto por el café y la noche con una desconocida. Giré la cabeza y pude ver al dueño del drugstore bloqueando la entrada con una reja. Alto taquito, quiero ver el incendio. La pinturería de la esquina se incendiaba como en las películas, nada más que los bomberos eran tercermundistas, flacuchos y perezosos. Dos semanas después saldría en toda la prensa del país el motivo de aquella pereza. La policía estaba saqueando los tachos de pintura que no se habían quemado. Antes de regresar, busqué entre el tumulto de gente a la moza y a su amiga, pero una mujercita me miró como si me conociera así que me acerqué. Nuevamente en el drugstore, le conté a mi primo de otro after, de una mujercita que me acababa de invitar, y del plantón que nos dio la moza. Mi representante me dijo con sabias palabras(hasta ese momento): ¿qué te hace pensar que esa mujercita que vos decís, no nos hace la pera como la moza? Andá al baño y vas a ver.

Hugo, mi primo, tiene un sólo riñón, el que le falta se la donó a Cacho, su hermano mayor, por eso cuando dijo: Andá al baño y vas a ver , tan ajena a la oración anterior, pensé que estaba alucinando, pero no, cuando le pedí que repitiera lo que había dicho, repitió exactamente lo mismo. Por supuesto que me ajusté a las leyes de la gramática y de la noche, y todo gracias al dueño del drugstore que se acercó y puso su mano en una de mis piernas. Agarré la carpeta con las poesías y saqué una al azar, salió “Fresas, frambuesas, bollos, papilla”. Dije: andan caminando las ganas todas de hincarle el diente a la mejor amiga de la mujer que me gusta...el dueño del drugstore que hasta ese momento era el dueño del drugstore, con vos de dueña del drugstore poseída por el demonio de Moria Casan me habla de matemática, habla de la ecuación estudiante de psicología igual a reprimidos, dice que ella, perdón, él como psicólogo, nos conoce a todos, que basta de poesía, y como madre que envía a sus hijos a la cama porque la noche está avanzada ya, me invita al depósito para conocerlo. Entra, y hace gestos de mimos con la luz apagada, yo sigo leyendo esa poesía que me trae mala suerte, interrumpo y miro la cara de Hugo que había cambiado la cara de ladrón de hogares a la de estafador. Hugo, minutos después en el taxi, alentado por mi enojo me cuenta que cuando me había ido a ver el espectáculo sanjuanino de la pinturería, le pidió al dueño del drugstore su opinión sobre mis poemas, el dueño del drugstore le confesó saber poco y nada de poesía, pero que estaba dispuesto a ayudarnos si lo ayudábamos a él. Le ofreció cerveza y pidió una entrevista conmigo en el baño. El resto de la historia no es difícil de conocer. Mi representante, con la cerveza a mano, me había conseguido mi primera participación artística. Insultado por el caché, salí del lugar pensando en que acaba de vivir la primera frustración camino a la publicación de mi libro, de mi salvación, sin embargo, había sido testigo del efecto alucinógeno que se libera al destapar el deseo envuelto en papel una madrugada cualquiera.

martes, 3 de agosto de 2010

Apuntes sobre "La paja, en el ojo ajeno..."

El culo cerrado como boca de gallo animaba la velada. Las casitas prefabricadas temblaban ante la profecía incongruente de Heraclítoris que comía con la boca abierta. Todo el mundo se escondía escondiendo en sus polimorfos ataúdes sus sonrisitas de soñadores de papás fritas. Heraclítoris convocaba a la cena nupcial al dedo mayor entre los demás, o a la trementina alevosa de una lengua extranjera. Las casitas prefabricadas se arreciaron desapareciendo de la galera paralelepípeda en que se abrigaban. Las casitas prefabricadas: premio a la trayectoria de la paja. Semiótica también, diosa pagana mitad antro mitad universidad, cabalgando a piernas sueltas pide que la atiendan como a Heraclítoris. Porque, ¿por qué, señora culta no me han de estremecer con algo parecido a lo suyo? Preguntó lícitamente con cara de pan rallado y caramelo de goma, Semiótica. En el ojo ajeno, el perro familiar, rojo perro tucumano se retorcía las tripas riendo al compás de su encomiable modo de hacerse llamar, incluso, llamarse a sí mismo, a través de un espejo partido al medio como una vagina adulterada.
-La dirección es lo que cuesta. Dijo el padre nuestro de cada noche.
-Un kilo y dos pancitos. Retrucó Carlitos Balá como una bala, totalmente confundido de relato.
-Pregúntenle a la sabia Heraclítoris, que bien sabe sobre los ríos que la atraviesan en noches como estas.
Osvaldo Lamborghini, animal defectuoso por donde se lo mire, aún a seis pies del punto de referencia desde donde hablábamos, resucitó entre los muertos. Media hora después, regresó con una oración secreta que solo yo pude contársela a todos: Ante la duda, cojan, cojan

domingo, 1 de agosto de 2010

Wong Kar-Wai


Basta escuchar “vas a soñar conmigo”para intuir que vamos a ser inducidos por fuerzas ajenas, sin embargo matemáticamente sabidas. Pero eso no es lo más arbitrario de asunto, devorar con deleite escópico cada recuadro que vemos pasar perezosamente es nuestro destino. Porque es lo que se nos impone desde algún lugar, menos desde el director que el de décadas de lecturas del realismo mágico. Las imágenes discurren en un tiempo donde la cotidianeidad queda calculada por relojes que marcan la lógica de los sin apuro, la temporalidad privada de los personajes que deambulan por pasillos, callejuelas o que se postran en una cama deshecha por el amor repentino, alentados por un diminuto ventilador. Ese mundo, ese universo en apariencia letárgico, precisa de quien vea y descifre lo que los personajes proponen con sus vidas siempre insatisfechas. Por esos canales se filtra el realismo mágico y los tangos o boleros siempre presentes. Lo que se precipita en ese goteo incesante y casi imperceptible, es el tiempo en su plenitud abrumadora e implacable; siempre vamos ver relojes, calendarios, rúbricas en primera persona de los años que han transcurrido, pero ese, ese no el tiempo, todo lo contrario, superar esa sórdida escaramuza nos introduce a la dimensión que luego nos va a pertenecer hasta el final. Wong Kar-Wai, inaugura el libro-imagen, y como si diéramos vuelta la pagina, una imagen se vierte sobre la anterior desparramando en su recorrido semicircular el aroma cifrado del lenguaje y sus arrebatos de furia. Porque lo primero que hay que aprender-lo que ya aprendimos-es la metáfora del libro en mano: los parapetos escogidos por Wong Kar-Wai para introducirnos a su territorio son las ventanas, las puertas, el recorte de un espejo, el gentío ardiente e inexplorado que nos alertan, nos advierten que somos espectadores. Y palpitamos ansiosos. No obstante eso, el frenesí romántico no se detiene en esas geografías arquitectónicas, vemos la pasión pictórica de El Beso de Klimt repetirse; sólo pasa ante nuestros ojos como el tiempo, camuflado atmosférico permanente que extirpa de lo ordinario lo que contiene de extraordinario. No hay héroes ni antihéroes, en ocasiones los personajes son conceptos que pululan gravemente por el espacio y colisionan estallando hasta generar nuevas constelaciones: los conceptos se convierten en deseos, en los nuestros propios, en los más íntimos e incomunicables. Ya no el espacio físico, sino el del lenguaje donde se inmiscuyen las violencias intolerables, los vaivenes imprevistos de la inconsistencia humana, la rigurosidad del azar en la vida. Todo lo que hacemos cuando vemos a Wong Kar-Wai es desear, es latir junto al libro que se abrió curiosamente y estremecernos al vislumbrar el final que nos libera y nos cautiva. El amor en Wong Kar-Wai es fervor en inquebrantable falta, es color y la falta de él también, es ciudad, es puerto. La lluvia que gotea en la pantalla de un foco que ilumina una callecita es la nostalgia de ese amor inaccesible, es el mito que el romanticismo no logra arrancarse y que es el mismo que lo hace agonizar. Todo lo que de la topografía del tiempo y el espacio nos había encantado, con el mito del amor acaba dilapidado a expensas del colosal capricho que mueve montañas-y páginas de libros.