lunes, 16 de agosto de 2010

Del niño feliz Díaz


Pobrecito el changuito. Desde que sus padres se encargaron de transmitir infaliblemente la herencia enfermante de la miseria a sus huesos, el changuito sólo se ocupa en dejarse llevar. Y no es que el olor a ropa sucia, y a cuerpo sucio afecte en algún sentido la opinión o la certeza sobre su rol en la vida; de ninguna manera, el changuito y nosotros creemos con todo nuestro ser lo que le espera. Dan lástima, él y sus dos hermanitos más chicos a los que les enseña a usar el mouse y el teclado para jugar al Counter Strike.

De su siempre pululante herencia, seguro sentirá que algo bueno hay detrás de tanta obscenidad. Estar a cargo de sus hermanitos que lo siguen a todos lados, es ser el líder del grupo comando que aniquila terroristas. Vaya a saber, la verdad que uno cuando piensa o cuando los ve vagando por la avenida en busca de la monedita para pagar la hora en el ciber, también logra una especie de ignición insobornable que nos alienta a asegurar el desenlace de sus vidas. Van a ser choros.

Entonces todos creemos en la herencia. De hecho y en parte, somos nosotros, los actores de reparto que modelamos y custodiamos de alguna manera esa herencia. Es mejor que sea así y no de otro modo, sino cómo se explicaría que su madre tiene igual habilidad para prostituirse o para punguear que el resto de las madres de la Bombilla pongámosle como caso, porque son de ahí. Ni qué hablar del hijo de puta de su padre golpeador que hace changas para chuparse lo poco que le puedan pagar por cortar el pasto.

Por otro lado, yo no me considero parte de todo ese asunto tan desalmado, yo creo que pueden cambiar, se los dije a los tres mientras buscaba cambio para darles el otro día. Mario, por ser el mayor es el más despierto, es un buen changuito, ese día me miró con su carita curiosa y me dijo:

-¿Tenés algún trabajito para mi?

La verdad que me desconcertó escuchar esa voz de niño a punto de dejar de ser niño tan firme y resuelta. Le expliqué que tenía que ir a la escuela en vez de trabajar, pero me respondió que no alcanza con sólo estudiar, él quería ayudar. Les di las monedas y se fueron caminando, apretados por una conversación que los absorbía del mundo. Seguro hablaban sobre las estrategias que iban a desplegar en el video juego. A esa hora de la tarde su madre le hacía un pete a un tachero por veinte mangos. El tachero se enoja por lo alto de la tarifa y la caga a golpes como para variar.

Mario y sus hermanitos se dejan llevar por la herencia mientras se entrenan en el ciber para ayudar. El desprecio de sus padres por ellos es imperceptible pero eficaz, digámoslo así, creo no equivocarme al afirmar que los changuitos despiertan solos a la mañana, van a la escuela Miguel Lillo, completan el desayuno con pequeñas raciones que le convidan sus compañeritos, vuelven al mediodía y comen el fideo con puré de tomates que les engaña transitoriamente el estomago hasta la noche cuando vuelven a dormir. Terminan de comer, van al campito del barrio juegan a la pelota un rato y regresan al ciber para ayudar. Sólo escuchan a sus padres cuando los mandan a los semáforos para pedir. Esa rutina, lo más alejada de la autoridad paterna es sin duda la confirmación de que el desprecio es la expresión indiscutible de la escurridiza herencia pululante.

Ayudar, Mario quería ayudar y por cierto que lo hace. Si él no entrenara a sus hermanitos para creer en la herencia, si nosotros, no lo esperamos así, si sus padres no continuaran el camino indeclinable a la reproducción infinita de la miseria, la ayuda nunca se concretaría. Pronto se va a escuchar en el aula de la escuela a la maestra decir Mario Díaz-seguro va a ser para el mes de agosto cuando él se sienta listo para ayudar-y nadie va a contestar, señal que ha comenzado la miseria de sus huesos a hacer de las suyas. Seguro va andar por ahí afanando juguetes para sus hermanitos y nuestra lástima se va a convertir en odio.