martes, 24 de noviembre de 2009

La milonga

No es que crea en la reencarnación, ni que piense que nací en el sitio equivocado, pero ahora que escribo estas líneas, y se van ordenando las ideas, hasta podría pensarse que se trata del delirio de un loco, o de un sueño. Todo comenzó una noche filosa y espesa como la sangre que se derramó para terminarla. Era tan poderosa esa noche, como tantas otras noches en la que acostumbraba a ir al prostíbulo, empilchado y listo con mi fierro en el cinto a verla a La francesa. Yo ya tenía mi reputación entre los hombres, de milonguero y de malevo cuando de pelar el brilloso se trataba. El finado, antes de pasar a mejor vida, también amontonaba milongas y sombras en su faca. Los hombres sabemos cuando la parca anda rondando, sabemos que ni el arrullo cadencioso de las caderas de La Francesa pueden ahuyentarla. Pero cuando se arma la milonga, la muerte y su arrogante indiferencia pierde fuerza. Y así, al milonguear, en el patio cuadriculado tramamos una especie de tejido invisible con las formas y los firuletes donde la parca queda enredada. Cuando uno termina los aplausos son calculados como el número de compases de las piezas que el compadrito va sacando de las seis cuerdas. Se sofocan tan rápido como aparecieron, y la pausa entre pieza y pieza envicia los corazones y las gargantas igual que la grapa. El finado milongueaba esa noche con La Morocha, la oriental conocida por ser fiel compañera hasta de los malos movimientos, pero esa noche, la parca le sopló al oído que La Francesa debía ser su compañera.
Todos pensaron que se trataba de un simulacro cuando le abrí una mano, yo conocía que el finado un revanchista, herirlo sería sentirle el aliento diario a la parca así que le amagué un golpe a la cara para retorcerle rabiosamente el puñal en el vientre. Limpié el cuchillo con el pañuelo, aventé un vasito para recuperar el aliento: ya me hacía viejo de sólo ver al finado desangrándose en el suelo. He escuchado por ahí, que mi nombre es una leyenda, que algún día alguien me va a enviar una carta, voy a recibirlo en mi rancho y en mi mesa a ese alguien, vamos a contarnos impericias y barbaridades, es posible también que pierda una mano. Dicen además que me van a cantar y a milonguear, que un ciego me va a recordar y un norteño me va a soñar.

Dieta de una mujer enojada

Escuché por ahí que del dolor físico sólo se puede esperar que cese: es verdad. Porque ayer a la noche, cuando acomodaba el desorden que dejaron los chicos en la casa y me puse a leer uno de tus libros favoritos-uno que hablaba de muerte y de personas que reaparecían días o miles de años después-como si la emoción que me dio recordarte a través de ese aristócrata francés llamado Quentin Favrelou, como si recuperar la certeza de que podías algún día regresar te hubiera despertado ese vigor que tanto me sedujo cuando te conocí, fuera sufuciente motivo para comenzar a hacerme doler. Al principio, adjudiqué, por la fuerte sacudida, y la zona en que lo sentí, que se trataba de una patada. Ciertamente, no había otra posibilidad, porque el intenso dolor dio paso una sensación de mucha sed. Arrojé el libro sobre el sillón del living y fui a la cocina a beber litros de agua, pensando que alguna especie de viaje agotador me deshidrataba. Los viajes siempre fueron una molestia para nuestro matrimonio, sin duda, preferías tus llamadas misteriosas a media noche o las reuniones con tus amigos entre velas y ese humo desagradable que le llamabas incienso. Cuántas veces quise que fueras con los demás maridos! Hasta hubieras sido mejor si esperabas los domingos para ir a la cancha y volver enojado si tu equipo perdía. Todo lo hubiera soportado con agrado. Pero no, te apasionaba la magia, el insondable universo de lo parapsicológico, el Tarot, las runas, la quiromancia, la alquimia y por si fuera poco, las lecturas de textos sagrados apócrifos cifrados por monjes herejes o por monjes enloquecidos por el encierro y la hambruna de un medioevo hambriento, lo cual me daba igual a mi. Salí de la cocina y retomé tu libro, todavía sentía la patada en el hígado como una punzada placentera e incómoda que se propagaba suavemente en mi mente. Me senté a leerlo pero a la medida que avanzaba sobre sus paginas mi atención se perdía vaya a saber por dónde, pero lo cierto es que me acordé el día que te presentaste en la puerta de mi casa, lindo y perfumado, despertando la envidia y las ganas a las chismosas del barrio, porque venías a ver a mi. Estabas tan lindo ese día, para mi esa fue la primera vez que te vi, si hasta hice un escándalo a mis padres para que consiguieran una cámara de fotos para guardarme ese hermoso recuerdo. Y cuando me libré del libro y sus incomprensibles paradigmas para buscar la foto, el dolor que se había extinguido se multiplicó de una manera insoportable. Casi diría que lo puedo comparar con el nacimiento de la Paulita que tanto trabajo me dio. El dolor proveniente de mi espalda ascendió brutalmente hasta anclarse en mi boca irradiando un calor inaguantable . Sentí mis encías derritiéndose. No había duda, se trataba de un manotazo tremendo, como si me arrancaran una lonja de piel por dentro. Fui al baño y oriné sangre espesa, como la tuya, querido. Sí, eras vos querido que te hacías entender a tu manera. Tan brutal que no se podía esperar de otra persona. Me hiciste retorcer en el sillón. Te odie tanto anoche, querido, que si se abriera ante mi la posibilidad de hacerlo de nuevo, lo haría. Pero ese odio fue posterior al dolor, en ese momento de tormento, sólo pedía que te detuvieras: ¿me escuchabas, querido cuando te lo pedía por favor? Nunca me escuchaste, eso es seguro, ni cuando te pedía plata para comprarme mis cositas, ni cuando te decía que teníamos que ir a pasar el fin de semana con mis padres en la Garganta del Tigre; y cuando el Esteban tenía paperas te conté que no iría a la escuela por una semana, tres días después en el almuerzo me preguntaste porqué el nene no iba a clases, así nos comunicábamos nosotros, o era el modo que tenía para descifrarte en tu casi siempre taciturnidad como dice el francés anticuado ese que leías. El dolor ya me resultaba familiar ahora que lo veo. Creo que hacerlo, formaba parte de un compromiso ineludible para nuestros destinos, si hasta creo que me lo querías contar cuando te desgarrabas la garganta dando alaridos porque te molestaba la torpeza con que te mutilaba el brazo derecho. Querido, anoche me hizo enojar la patada y el manotazo que me diste, ¿acaso yo no te escuché cuando me pedías que la terminara?

sábado, 21 de noviembre de 2009

La biografía del eximio mártir

Es de esperar que al evocar una pagina y el recurrido aleatorio del hueco formando el arbitrio de una biografía igualmente insospechada, ahí donde se podía leer(ya no se lee más)el derrotero amoroso y porqué no, y porque no, “dotado de un exquisito y siempre insatisfecho anhelo por lo estético, se rindió sin demasiado esfuerzo a los (hueco de la pagina 102)caprichosos y periódicos de sus amantes pero sus fervores pasaban menos como simples exploraciones metafísicas que de un homosexual rebelándose a lo que negaba su propia sexualidad. Sus escritos de entonces no carecían de esa...”, y ahí el enigma accidental de un descuidado lector nos devolvía a nosotros, religiosos permanentes, onanistas literarios orgullosos, un significado inconfeso de la biografía-reímos mucho cada vez que podemos al reconocernos como los únicos capaces de descifrarlo-y el hueco descubre de la pagina 104 el novedoso orden de la pagina 102: largos y gruesos como espátula al revés. Nos tropezábamos, caíamos como insectos envenenados al suelo después de razonar el hueco de la 102, y con la fruición que nos caracteriza, entre otras cosas, lentamente avanzábamos en ese orden hipnótico al hueco de la 103 o el enigma traído de la 104 que completaba la fórmula siguiente: “El lenguaje es una encrucijada, un dilema material que supone con frecuencia la manifestación del ser hombre. Luego de está definición que le abrió las puertas de la academia y le valió el reconocimiento de su público, se quedó por completo(hueco)producto de la fama repentina que lo condenó paradójicamente como un puto cocainómano”,y el hueco, lascivo e incongruente(consistente en con la bragueta vacía tan propia para la década del ochenta que nada parecía haber modificado el relato original. Pero nosotros los que nos manchamos las manos eyaculando sobre sus hojas amorfas, sabemos bien que esa biografía de fracasada publicación nos reveló el misterioso hueco que creíamos inexistente, a pesar de no saber todavía para qué carajo está, en las ceremonias que celebramos en su honor(del eximio mártir, por supuesto)sólo el que se mancha la mano puede hablar o conjeturar la precaria interrupción.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Tito "pantorrilla" Flores y los libros de los traductores

Julio Alberto Flores mejor conocido por pantorrilla o Tito, según la estación del año-sus amigos acostumbrados a verlo llegar, con su sonrisa inmóvil, casi cínica y sudorosa, a los domingos de bochas descubriendo sus gigantescos gemelos bajo sus famosos pantaloncitos cortos tipo inglés, no dudaron en motearlo acorde a la ocasión-conoció en la fiesta de carnaval de Febrero del 46´ a Graciela Estela Mamani de Peres. El romance, furtivo y escandaloso duró escasos tres meses con sus respectivas e incesantes idas y vueltas propias de las indecisiones de un amor sin futuro. Los enterados, con los pulmones vacíos esperaban un desenlace fatal cuando don Peres, respetable comerciante textil de Tucumán, hijo directo y dilecto de un israelita millonario que prestaba su jubilación a la causa de un primo suyo-que acabaría en el gobierno y como primera medida masacraría a miles de palestinos-recibió la noticia. Tito Flores, pantorrilla para los amigos más cercanos, se armó de valor y de maletas y con ayuda de los enterados, quienes intentaban recuperar la respiración, interrumpió sus investigaciones científicas(como les llamaba él) para desembarcar en un pequeño pueblito de pescadores en el sur del Brasil. Doña Graciela Estela Mamani de Peres, bibliotecaria-conserje-profesora de folklore-directora de ceremoniales del museo Iramain después de meses de ignorar el paradero de su romeo recibió un paquete misterioso. Misterioso y todo el paquete jamás fue abierto, se desconocen los motivos por los que doña Graciela se negó a hacerlo. En Febrero de 2005, con ayuda de los estudiantes de museología y de los estudiantes de la facultad de artes, Graciela Peres(de ojos azules como su padre Tito pantorrilla)recuperó el abandonado museo al que su madre le dedicó toda su vida. Como advertirán los que hasta aquí llegaron, la historia va a sufrir un giro esperado porque el paquete que ahora está en manos de Graciela(h)será abierto. Lo esperado del giro es que dentro se puede encontrar unos cuadernos con anotaciones confusas y unos diarios íntimos que de alguna manera, si uno les dedicaba un poco de atención, organizaban las confusiones haciéndolas perfectamente razonables. De los diarios Graciela(hija)descubre que los ojos azules que intentó adjudicárselos a una herencia de otro continente se correspondían a los de un Tal Alberto Flores hijo de Carlos Argentino Flores y de Ana Sime. De la educación de este señor, Graciela(hija de pantorrilla) se remonta hasta la reforma universitaria del 18´ en la provincia de Córdoba donde estudió derecho y algo de filosofía. El árbol genealógico, magistralmente delineado llegaba hasta la tercera generación anterior al narrador. Por el lado paterno, los Flores oriundos del sur de Madrid, llegaron a la Argentina sin tradición y sin dinero; del lado materno, el apellido Sime tiene mayor importancia por su ambigüedad. El narrador, con vagos recuerdos intenta ilustrar su infancia con un payo de ojos azules y lengua mota-en este tramo el narrador suspende el avance para agregar que por un tiempo pensaba que su abuelo, el payo, tenía problemas de habla, lo que lo llenaba de vergüenza cosa que se solucionó al descubrir que en Rusia se habla ruso. Luego de esas vaguedades, el narrador pantorrilla intenta explicar la profunda influencia del payo sobre su interés por el conocimiento científico y describe un manuscrito que nunca llegó a la imprenta de la visión de su abuelo sobre el lenguaje. También cuenta que la primera lectura que hizo del manuscrito lo llevó a pensar que se trataba de una novela de ciencia ficción como las que se publicaban regularmente en la revista Sur a la que estaba suscripto, pero no, el payo hablaba en serio, quería reducir al lenguaje lo más posible para hacer que la gente común pensara lo menos posible. Tito Flores, maquinó sus contradicciones y la viabilidad de la locura de su abuelo, viejo reaccionario se dijo y continuó con la narración. Graciela(hache)estaba hipnotizada menos por lo inverosímil del asunto que por hallar entre esos papeles un retazo de su propia historia. Progresó hasta uno de los diarios que se titulaba”De los traductores”. El diario estaba dividido en cuatro partes las cuales se unificaban con una quinta que imponía una pregunta, según Tito pantorrilla, contundente: ¿se puede traducir? La verdad es que lo confuso de las anotaciones se mantenía, incluso se advertían digresiones filosóficas que evitaban el rigor científico auto impuesto desde el comienzo. Para Tito, el trabajo estaba logrado, de hecho el arribo a tan comprometido interrogante(el: ¿se puede traducir?)abrigaba en si mismo toda la argumentación. Graciela, dubitativa hija a esta altura del cuento, bibliotecaria-conserje-profesora de folklore-directora de ceremoniales del museo como su madre no podía admitir tal falseo porque además de ser bibliotecaria-conserje-profesora de folklore-directora de ceremoniales del museo como su madre, también era traductora y conocía bien las “transparencias” del lenguaje común a todos los idiomas del mundo. Clausuró hasta la inauguración del museo cualquier intento por abrir de nuevo los papeles de su sospechado padre, se negó a pensar en ellos también. Pero como nosotros somos casi dueños(el casi es tan sospechoso como la sospechosa paternidad de Tito, lo ponemos en duda en si mismo)de lo que nos interesa saber de esta historia vamos a decir lo que Graciela(hache sospechosa de T.)se negaba a saber. La hipótesis principal de pantorrilla es que todos los libros traducidos a otras lenguas no era más que híbridos de los libros verdaderos. Esta controversial apuesta, Tito pantorrilla la justificaba con la afirmación-cara para tan solitaria aventura-plagiada de un joven JLB de la revista a la que estaba suscripto, que en un rapto de vehemente juventud señaló que jamás se podría comparar la lectura en el idioma original del Ulises de James Joyce ni con la más “fiel” de las traducciones; y añadía infinidad de párrafos de la obra para compararlos con las posibles variantes en el español hablado en el Rio de la Plata que nunca se ajustaban al sentido originario. Luego de desvariar rabiosamente sobre semiología* concluía con un “el idioma es una isla que solo la visitan sus propios habitantes”. Naturalmente nosotros, casi dueños de este cuento podemos razonar lo que el propio Tito Flores, (a) pantorrilla no pudo razonar, y es que el payo de ojos azules lo influenció mucho más de lo que él mismo admitió. Hasta podemos agregar que este relato, en realidad traducido por Graciela, hija de Tito, es una sarcástica versión argentina de “El estallido debajo de los libros” de un célebre cuentista húngaro de principios del siglo XIX.

* Una sección dedicada a la fundamentación matemática acerca de la proliferación de las publicaciones que se encargaba de explicar el porqué de tantos libros en el mundo, dejaba caer por su propio peso la siguiente afirmación: porque aumentan las traducciones. Otras sección estaba destinada a justificar el porqué no se hacen traducciones de traducciones, pero esta parte permanece inacabada hasta el día de hoy.