martes, 24 de noviembre de 2009

Dieta de una mujer enojada

Escuché por ahí que del dolor físico sólo se puede esperar que cese: es verdad. Porque ayer a la noche, cuando acomodaba el desorden que dejaron los chicos en la casa y me puse a leer uno de tus libros favoritos-uno que hablaba de muerte y de personas que reaparecían días o miles de años después-como si la emoción que me dio recordarte a través de ese aristócrata francés llamado Quentin Favrelou, como si recuperar la certeza de que podías algún día regresar te hubiera despertado ese vigor que tanto me sedujo cuando te conocí, fuera sufuciente motivo para comenzar a hacerme doler. Al principio, adjudiqué, por la fuerte sacudida, y la zona en que lo sentí, que se trataba de una patada. Ciertamente, no había otra posibilidad, porque el intenso dolor dio paso una sensación de mucha sed. Arrojé el libro sobre el sillón del living y fui a la cocina a beber litros de agua, pensando que alguna especie de viaje agotador me deshidrataba. Los viajes siempre fueron una molestia para nuestro matrimonio, sin duda, preferías tus llamadas misteriosas a media noche o las reuniones con tus amigos entre velas y ese humo desagradable que le llamabas incienso. Cuántas veces quise que fueras con los demás maridos! Hasta hubieras sido mejor si esperabas los domingos para ir a la cancha y volver enojado si tu equipo perdía. Todo lo hubiera soportado con agrado. Pero no, te apasionaba la magia, el insondable universo de lo parapsicológico, el Tarot, las runas, la quiromancia, la alquimia y por si fuera poco, las lecturas de textos sagrados apócrifos cifrados por monjes herejes o por monjes enloquecidos por el encierro y la hambruna de un medioevo hambriento, lo cual me daba igual a mi. Salí de la cocina y retomé tu libro, todavía sentía la patada en el hígado como una punzada placentera e incómoda que se propagaba suavemente en mi mente. Me senté a leerlo pero a la medida que avanzaba sobre sus paginas mi atención se perdía vaya a saber por dónde, pero lo cierto es que me acordé el día que te presentaste en la puerta de mi casa, lindo y perfumado, despertando la envidia y las ganas a las chismosas del barrio, porque venías a ver a mi. Estabas tan lindo ese día, para mi esa fue la primera vez que te vi, si hasta hice un escándalo a mis padres para que consiguieran una cámara de fotos para guardarme ese hermoso recuerdo. Y cuando me libré del libro y sus incomprensibles paradigmas para buscar la foto, el dolor que se había extinguido se multiplicó de una manera insoportable. Casi diría que lo puedo comparar con el nacimiento de la Paulita que tanto trabajo me dio. El dolor proveniente de mi espalda ascendió brutalmente hasta anclarse en mi boca irradiando un calor inaguantable . Sentí mis encías derritiéndose. No había duda, se trataba de un manotazo tremendo, como si me arrancaran una lonja de piel por dentro. Fui al baño y oriné sangre espesa, como la tuya, querido. Sí, eras vos querido que te hacías entender a tu manera. Tan brutal que no se podía esperar de otra persona. Me hiciste retorcer en el sillón. Te odie tanto anoche, querido, que si se abriera ante mi la posibilidad de hacerlo de nuevo, lo haría. Pero ese odio fue posterior al dolor, en ese momento de tormento, sólo pedía que te detuvieras: ¿me escuchabas, querido cuando te lo pedía por favor? Nunca me escuchaste, eso es seguro, ni cuando te pedía plata para comprarme mis cositas, ni cuando te decía que teníamos que ir a pasar el fin de semana con mis padres en la Garganta del Tigre; y cuando el Esteban tenía paperas te conté que no iría a la escuela por una semana, tres días después en el almuerzo me preguntaste porqué el nene no iba a clases, así nos comunicábamos nosotros, o era el modo que tenía para descifrarte en tu casi siempre taciturnidad como dice el francés anticuado ese que leías. El dolor ya me resultaba familiar ahora que lo veo. Creo que hacerlo, formaba parte de un compromiso ineludible para nuestros destinos, si hasta creo que me lo querías contar cuando te desgarrabas la garganta dando alaridos porque te molestaba la torpeza con que te mutilaba el brazo derecho. Querido, anoche me hizo enojar la patada y el manotazo que me diste, ¿acaso yo no te escuché cuando me pedías que la terminara?