sábado, 19 de marzo de 2011

Antojos de sol


Era un época de miseria. Que por otra parte no es otra que ésta misma: el sol se hace esperar; aunque todo acabe. Siniestro. Compositor de la espera en algún sitio siniestro (acaso alguien pensó que adolecía de la adolescencia clásica de la falta de aprobación). Puso sé, los antojos de sol y salió a la calle, que no es otra cosa que una interminable expansión de su lengua. Áspera y gris, se endurecía. La miseria a cada paso vestidita de posibilidades, de humanas circunstancias capaces de acabar en el bolsillo-siniestro-de nuestra época de miseria. Ésta. Por otra parte, no es, otra, que esta, misma. Efectivamente, el sol no surge como surge afilado entre las hojas de un bosque solitario, colmado de sombras húmedas.
Primera decepción: la humedad es sola como las mujeres; eventos humanos.
Áspera y gris, la lengua re-cruda rodaba por una de las calles: ansiaba ser extinguida, pero se oyó decir palabras semejantes a puertas vaivén, apoderándose de su concertación. Las puertas aleteaban sin dejar ver de la bocacalle de quién salían.
Segunda decepción: el sol continuaba sin salir, equivalente a pensar que jamás saldrá, es una época de miseria, esta misma, que por otro parte no es otra.
Y de los lánguidos pelos de un goterón, una ventisca, accidental-ningún dios, por más intrépido que fuere, habría sido capaz de prever tal fábula. Así que fue accidental, yo parado inmediatamente delante para atestiguar la puteada más bella que escuchaba en el día. Sentía que el goterón me había vencido, que un comentario tal o cuál, no haría otra cosa que traerme a la cabeza la miseria de esta época. Afuera estaba, sé, mucho mejor, sí, señor. En síntesis, intento contar (ovejas para dormir) el día en que conocí a Lucía, pero me distrajo el asunto de las adicciones. Por suerte, y por invalidez, el cambio promete, aunque todo siga igual, el cambio promete no hablar de Lucía que a esta altura del ovillo, quiero decir el asunto, nada tiene que aportar con sus ojitos de nena bien.
Historia para pendejos se oye de algún lector precavido. Con razón agrego yo, por eso, y por una acción involuntaria como respirar o producir insulina, Lucía desapareció velozmente como el día del goterón que se le escurrió por el pecho. La puteada fue una escaramuza para continuar subsumidos en las enmarañadas breñas de una época miserable e individual.
Tercera decepción: el tema Lucía se agotó después de la puteada.
Ya dije que contaba ovejas, y que me distrajo el asunto de las adicciones. Pero la época de inalterable miseria se sostiene marmórea. Si se me permitiera añadir algo, lo haría sigilosamente, similar a esa corriente eléctrica que emanaba de Lucía. Tenía los kilo watts necesarios para abastecer toda ésta época miserable, por ejemplo. Es todo lo que puedo decir antes de comenzar. La tontería seguirá inconclusa. Sería incapaz de distraerme en este momento: lo juro, Lucía se acordará de mi cuando huela el pasto recién cortado, y tropiece con la cancha imaginaria que trazamos para jugar luego del goterón. Mientras tanto, el asunto de las adicciones no es tema para rehusar, aunque Lucía luche a boca tendida. Pata ancha, y a medirse como hombre.
En rigor, considero lo útil que me sería acudir a los servicios de la tercera persona como para resguardar a la distancia las partes blandas, y no ser un blanco fácil. Conviene aclarar que el que estaba parado inmediatamente delante para atestiguar la puteada más bella que escuchaba en el día no es el narrador, sino, nuestro héroe que en esta página está a pocos pasitos de la tan mentada bocacalle de alguien.
He aquí un buen Hola -aunque un tanto desubicado pero las ganas de llegar a la bocacalle me lleva prescindir de los desvíos sugeridos por la primera persona (del narrador)- la Bienvenida adecuada para continuar tanto dolor.
Sí, a pesar de que todos miran a otro lado, el asunto de las adicciones es el mismo. Las perlas escurridizas-cual goterón mojando el pecho de Lucía-del tango cantando su canción.
Entonces, abriéndose paso a paso, galope a galope, nuestro héroe arribaba a la bocacalle de alguien, y sus puertas vaivén.
Cuarta decepción: las palabras que se dejaron oír en esa bocacalle no eran más que las de una retroexcavadora haciendo marcha atrás.
¡Pip! ¡Pip! ¡Pip! Vehículo retrocediendo.

jueves, 17 de marzo de 2011

La mujer del Pero grullo (nota para el fin de semana pasado)

La he encontrado medio torcida, medio lucida. A mi mujer, La mujer del Pero Grullo, llevaba el hilo de la razón intacta. Su marido, yo, la desvergüenza esta noche, y todas las que pueda, hete aquí. Esposa del caníbal este, va a la playa a depositar el ungüento medicinal para la piel seca. Regresa hecha una sedita mitófoga a la moda, parsimoniosa aleteando lívidamente la noche sin encendedor.

Solución: encender una palabra tras otra.

Decía, esto ya no me seduce, aunque me de con mis gustitos, prefiero pensar que soy yo el de la razón intacta, no mi mujer, La mujer del Pero Grullo. A decir verdad, los años trascurren insensatos, amortizados por la complicidad de las amistades, y de los trozos de piel abandonados en el estacionamiento (playa como le dicen).

Por alguna razón (seguramente torcida pero no menos elegante) mis libros siempre se abren en la misma página. Dicho sea de paso: doble o nada; podría sospecharse que mis libros son libros de una sola página. Y los versos, quizá, mirando el asunto con detenimiento, son los únicos y necesarios.

Aunque sospeche-claro, ya estoy sospechando de este modo de encender una palabra tras otra a falta de encendedor-la verdad, quiero decir mi mujer, se deja ver de frente y de espalda como una pintura cubista. O cubana, si se quiere. Entonces la mierda se palpa, se palpito, se palculo.

Estilos para alterar las prioridades se fagocitan como una historia sin gollete. Un encendedor se ganaría el primer puesto a la prioridad, sin duda. El segundo sería para la borra del café que me prepara todas las mañanas mi mujer, La mujer del Pero Grullo. Pero grullescamente hablando, como dexía, los versos, incómodos versos aquellos, nunca los leí, lo confieso.

Yo, dos veces hombre de mi mujer, La mujer del Pero Grullo, sólo escribo, jamás leeré, no insistan. Cierta grandeza se esconde detrás de tanto despilfarro. Ya lo escribió Dostoiewsky: desear la muerte del Padre vino junto con la modernidad, señores jurados. Antiguamente, el Padre engullía a sus hijos antes de que éstos aprendieran a leer. Todo eso era antes, hoy por hoy: ser el único hijo varón impone proyectos, para ser sinceros.

Es ahí donde aparece con los ojos grandotos el peligro de encender una palabra tras otra. La obra maestra, o creer estar escribiéndola. Una suerte de novela de una sola página lista para absolverme del asesinato.

Entonces la mierda se palpa, se palpito, se palculo. Ser estéril es parte de dicha estrategia, el asesinato si no es total, no se cumple. La felicidad voy a enviársela desde la cárcel afilada en papel picado a los que me leen. Como una piña en la geta.

Toso esto por mi incapacidad para dormir, por no tener encendedor a mano ni a pie. Mañana los changos van a pedirme que le sea infiel a mi mujer, La mujer del Pero Grullo, en una hermosa casa en Tafí del Valle. El paisaje va a jugar a favor (quizá sea de los que hacen el gol en contra, quién sabe). Escribir la obra maestra exige desatención y horrorosa ortografía.

jueves, 3 de marzo de 2011

Altón piruobrero


Mejor sería dejarla ir. Dejar la. Ir por el congestionado aliento. Todo sería mejor. Si la dejo ir cómo cortamos por lo sano. Al fin y al cabo, vagar de prisión en prisión es cosa de locos. Todo sería mejor en una ciudad ordenada. Pensé en cortarle parte de sus ligamentosas piernitas harapientas. Sin duda para algo se inventaron. Los locos como yo. Mejor sería dejarla ir. Dejarla ir. Es que la amo tanto cuando tintinean sus aguachentos lagrimones.
El recuadro destinado a ser una ventana fue una ojiva bermeja y orgullosa. Parecida en su capacidad siniestra de ser otra cosa que ella misma. Los argumentos son disímiles. Mi antepasado gritando cosas de mí desde el recuadro destinado: “Tenía un pene digital, falangíneo...”ortopédico, y a otra cosa mariposa. Mejor sería dejarla ir como quien no quiere la cosa, y a otra pierna: ortopédica. Mariposa. Pero de nada servía enseñarle tigres y movimientos de jaque mate a la pobre. La ignorancia fue creación de mi padre. El muy hijo e´puta. Que en paz descalza. Pulpo en el dedo, rasgándose mi pereza.
Y todos creían que me iba a salvar de la salvación broncínea urdida constitucionalmente. Mejor seria dejarla ir. Sí. El pene digital, muñón novedoso de falta permanente acaparando la savia, aceleración del tiempo. Motivo suficiente para no dejarla jamás. Antes muelto. Quemal acompañado. Mi padre, agricultor indeleble, sembró riquezas estériles en la mar. Mi madre se sorprendió al verme nacer. Todo sería mejor en una ciudad ordenada. Así. Y todo, la culpa es de quien abrió ese adorable boquete en una pared para salir por la puerta sin gol. Piar. La caída fue estrepitosa, sin silla de olvidar.
Entonces la ecuestré. Amé un racimo de manos con cinta de embalar y la puse a ella detrás. Ciudad ordenada, esta. Luego la endrogué con meta soñá y le arranqué el deneí. Fui el rey rojo endrogado en su bosque/movimiento para garchar. Su inocencia era diez veces mayor que mi fiestonga. Años más, años menos. Mejor sería dejarla ir. Pero ajusté una cadena de acertijos venenosos a una silla donde la deposité. Ahí va nuestro futuro me señaló. Un loco. Me volví. Para verla jugar con los deliciosos aromas de los juncos.
¡Oh! Sería tan costoso dejarla ir. En este bosque/movimiento, la tengo atada de pies y palabra. Los locos como yo no tienen nombre aquí. Señor. Ni ella creo yo. Extrovestidos cabalgamos cayéndonos placidamente para repensar la próxima caída. Los andrajos polvorientos nos sedujeron. Hasta que el imbécil me recordó de mi reinado impertérrito. La corona de mi madre reclamaba cuando esta ya no era ni mi madre. Yo a secas, loco de mierda: punto, y(a) parte, recalqué.
Y la dejé ir. A marxlandia a estudiar sobre el peronismo y el rock nacional con escala en Madrid: en alemán. Loco.
¡Ah¡ elamor, la propaganga y agitación. Las asambleas suelen tener ese Altón piruobrero en el mejor sería dejarla ir. La libertá made in ciudá y canpó.