jueves, 17 de marzo de 2011

La mujer del Pero grullo (nota para el fin de semana pasado)

La he encontrado medio torcida, medio lucida. A mi mujer, La mujer del Pero Grullo, llevaba el hilo de la razón intacta. Su marido, yo, la desvergüenza esta noche, y todas las que pueda, hete aquí. Esposa del caníbal este, va a la playa a depositar el ungüento medicinal para la piel seca. Regresa hecha una sedita mitófoga a la moda, parsimoniosa aleteando lívidamente la noche sin encendedor.

Solución: encender una palabra tras otra.

Decía, esto ya no me seduce, aunque me de con mis gustitos, prefiero pensar que soy yo el de la razón intacta, no mi mujer, La mujer del Pero Grullo. A decir verdad, los años trascurren insensatos, amortizados por la complicidad de las amistades, y de los trozos de piel abandonados en el estacionamiento (playa como le dicen).

Por alguna razón (seguramente torcida pero no menos elegante) mis libros siempre se abren en la misma página. Dicho sea de paso: doble o nada; podría sospecharse que mis libros son libros de una sola página. Y los versos, quizá, mirando el asunto con detenimiento, son los únicos y necesarios.

Aunque sospeche-claro, ya estoy sospechando de este modo de encender una palabra tras otra a falta de encendedor-la verdad, quiero decir mi mujer, se deja ver de frente y de espalda como una pintura cubista. O cubana, si se quiere. Entonces la mierda se palpa, se palpito, se palculo.

Estilos para alterar las prioridades se fagocitan como una historia sin gollete. Un encendedor se ganaría el primer puesto a la prioridad, sin duda. El segundo sería para la borra del café que me prepara todas las mañanas mi mujer, La mujer del Pero Grullo. Pero grullescamente hablando, como dexía, los versos, incómodos versos aquellos, nunca los leí, lo confieso.

Yo, dos veces hombre de mi mujer, La mujer del Pero Grullo, sólo escribo, jamás leeré, no insistan. Cierta grandeza se esconde detrás de tanto despilfarro. Ya lo escribió Dostoiewsky: desear la muerte del Padre vino junto con la modernidad, señores jurados. Antiguamente, el Padre engullía a sus hijos antes de que éstos aprendieran a leer. Todo eso era antes, hoy por hoy: ser el único hijo varón impone proyectos, para ser sinceros.

Es ahí donde aparece con los ojos grandotos el peligro de encender una palabra tras otra. La obra maestra, o creer estar escribiéndola. Una suerte de novela de una sola página lista para absolverme del asesinato.

Entonces la mierda se palpa, se palpito, se palculo. Ser estéril es parte de dicha estrategia, el asesinato si no es total, no se cumple. La felicidad voy a enviársela desde la cárcel afilada en papel picado a los que me leen. Como una piña en la geta.

Toso esto por mi incapacidad para dormir, por no tener encendedor a mano ni a pie. Mañana los changos van a pedirme que le sea infiel a mi mujer, La mujer del Pero Grullo, en una hermosa casa en Tafí del Valle. El paisaje va a jugar a favor (quizá sea de los que hacen el gol en contra, quién sabe). Escribir la obra maestra exige desatención y horrorosa ortografía.