jueves, 30 de abril de 2009

El ídolo de las películas



Su paso por el mundo videoclipero inoculó rabias y simpatías. El desenfado y sus imprescindibles espontaneidades despertó una curiosa atracción en los guionistas.

Se podría afirmar, que fue él, motivo de formación de toda la nueva generación de guionistas, y de la suya propia. En las revistas especializadas del asunto, se leían verdaderas confesiones de guionistas y directores que lo habían escogido como musa inspiradora.

En realidad, pocos admitían-como lo hacía Eusebio Plateé-que escribían sólo para él.

Incauto pero sencillamente auténtico, Eusebio Plateé, hacía sonar el teléfono de El ídolo de las películas a mitad de la noche para preguntarle, para cerciorarse, para ser liberado de aquel limbo energizante y soporífero del amor inconfeso. Lo dejaba ir. El ídolo de las películas contestaba desde una distancia de vecinos de balcón las preguntas que Eusebio Plateé diseminaba desde el otro lado. El ídolo de las películas, a veces le devolvía las interpelaciones, otras, se las quedaba rumiando, creando una tensión insoportable pero eficaz, porque ya había aprendido que dilatar una réplica era sinónimo de sagacidad. Otras veces, se olvidada de lo que Eusebio le inquiría y expresaba lo primero que se le venía en mente, cosa que para Eusebio entrañaba una revelación.

Muchas veces pensó sobre la actitud que adoptaban los demás respecto de sus torpezas y su falta de profundidad. Definitivamente-concluía con cierto desgano- los demás saben de mí, mucho más que yo. Y se dejó llevar, confiando que los demás poseían lo que él todavía no había descubierto de si mismo. Así fue, que esa atracción mutua (entre los demás y el ídolo de las películas) se manifestó en éxito de taquilla, al estreno Dos argentinos en busca de una historia.

A partir de esa estrepitosa aparición, El ídolo de las películas comenzaba a ampliar su rango de acción. Pero como todo crecimiento, así como empezó el amor público por él, de igual modo, el rencor y la aversión incluía citas impostergables en los magazines televisivos y en los paparazzis.

Poco se hablaba de su talento, pero eso no quería decir que carecía de él, por el contrario, si había que defender a El ídolo de las películas , se podía empezar precisamente hablando de su talento.

Cuerpo, la película que terminó de consagrar, por un lado a El ídolo de las películas, y, por el otro, a Gaspar Gutiérrez como máximos exponentes del nuevo cine argentino. Lo original de Gaspar Gutiérrez fue, sin duda, la improvisación plena en la narración de una historia. Al igual que en Dos argentinos en busca de una historia, donde el guión era la base experimental, Gutiérrez añadió, incluso, la falta de planificación en los escenarios donde filmar. El argumento debe ser fluido, es el ensamblaje de nuestras propias representaciones y percepciones de la vida, sostenía el director. Así que con la impronta de El ídolo de las películas pautaba dicho argumento sin mucha más importancia que la que se debe tener al despertar o al irse a dormir.

Algunos académicos, en su afán de darle una explicación lógica al asunto, concuerdan que la génesis del nuevo cine latinoamericano se la podía encontrar en la primera escena del film Cuerpo.

Se sabe de este film, que El ídolo de las películas se había esfumado en medio de una grabación. Fue buscado con desesperación por productores, escenográfos, iluminadores, montajistas, colegas, y no aparecía. Hasta que fue localizado en un tugurio besándose con una hermosa transformista. Gaspar Gutiérrez tomó el desatino como un evento excepcional y se le ocurrió que valía la pena registrarlo.

Fue de ese modo donde se registró una escena que luego fue incluida en parte de Cuerpo. Lo demás es historia. Mucho tiempo después, ya en la ocaso del astro, Humberto de la Rosa, su biógrafo, reveló la identidad, hasta el momento vedada, de la transformista más conocida en el ambiente con el alias de cachorrita: Cacho de día, Rita de noche; y reconoció ese día como la antesala a los padecimientos adictivos de El ídolo de las películas. Desde entonces, se lo podía ver buscándose las narices en cuanto espejo encontraba.

Ante tanto despliegue de vanidades y de pasiones clandestinas o desperdiciadas, cabía una sola e ineludible pregunta:¿qué fue lo que realmente cambio en el cine latinoamericano y argentino en particular?

Por accidente o por esas espontaneidades del comportamiento típico de los talentosos, el modo de filmar cambió por completo, eso es un hecho. El ídolo de las películas tenía y mucho talento, pero lo que impactó realmente fue descubrir un público interesado en un recorte de la realidad ambulante que trazaban dos conjunciones brillantes: la cámara de Gaspar Gutiérrez y la interpretación de El ídolo de las películas. Esta conjunción magistral puede ser considerada como una performance, la misma que podemos rastrear en el teatro, sólo que la cámara de Gaspar Gutiérrez se inscribía en la búsqueda de modos de ver o de observar un fenómenos no ensayado. Así como El ídolo de las películas con el soporte de sus colegas, buscaban el destino del film, la cámara-materializada en un rectángulo determinado-buscaba el suyo propio incluyendo a las acciones de los actores que de a poco, y sólo con la condición de coincidir en el objetivo en común, terminaban contando una historia. Como se ve, la línea que separa el éxito del film o el fracaso era muy delgada, ya que todo podía acabar en un terrible desencuentro.

Cuando El ídolo de las películas en Cuerpo, salta estrepitosamente de un colectivo y se transforma en uno de los tres mil postulantes en un cola para trabajar en una cadena de supermercados (exactamente para ocupar 123 puestos de trabajo), tuvo que detectar instintivamente que Gaspar Gutiérrez desearía lo mismo también.

La cámara es un ojo menos sofisticado, pero que cumplía el mismo propósito: era el nexo entre un fenómeno puro y la penetración del observador desbaratando lo que ve para darle su propio significado.

Hay quienes calificaron este estilo fílmico, como de un perverso juego para evitar contar lo que verdaderamente el cine tenía que contar, otros, las críticas acérrimas, aseguraban que se trataba simple y llanamente de un reality show documentado. Pero el transe en el que estaban sumergidos, ese bálsamo que trasforma el arte en un salvoconducto, a veces doloroso, sin embargo, obligado, los inmunizaba.

La producción fue demasiado fecunda, después de Cuerpo, vinieron: ¿Qué es lo que hay entre vos yo?, El llanto en el verano, Lacán era un embustero y Socialismo en una botella( de un fuerte contenido político). Con ¿Qué es lo que hay entre vos y yo?, Gaspar Gutiérrez sube la apuesta e inaugura el “cine reciproco”. La primera escena se inicia con una sombra del mismo director que se prolonga hasta trasponerse con El ídolo de las películas que abordaba el silencio de una mujer con voz trémula diciendo: “...a dios se lo lleva el viento, debajo de tu tanga. Yo no hablo, sólo repito lo que me enseñaron”. Esta vez, el director se inmiscuía en la narración peligrosamente, pasando de ser un observador pasivo a ser un integrante más de la historia.

Un retazo de sombra, un dedo que pasa vertiginosamente por la lente, un movimiento brusco y breve que indicaba el paso de la cámara de una mano a la otra, eran marcas que convencían al espectador de que Gaspar Gutiérrez no mostraba, sino que se autorretrataba.

Adentro, el desierto dictaba sus propias leyes.

La pena había sido máxima: la muerte misma. La caída de El ídolo de las películas, había significado la derrota y el reconocimiento de su mortalidad. En la clínica, el trance suponía algo menor, casi imperceptible, un halo encubridor que lo protegía y lo redimía de la vida. La contundencia de los medicamentos, la rutina implacable y fría, que lo conducía minuto tras minuto, día tras día, a una dimensión anacrónica-a veces cuando caminaba al lado del enfermero que lo sujetaba del brazo hecho asa, como si de ese brazo o esa asa se sujetara del otro lado un recipiente vacío imposible de contener nuevamente-el tiempo no simbolizaba nada de nada. Una muerte ambulante, un territorio delimitado por paredes blancas y visitas planeadas y anónimas. Muertos, muchos muertos ambulantes, sin destino y sin azar, suspendidos en un letargo devorador que los unificaba sin discriminación. Para el afuera, para médicos y para familiares, la locura era la fuente de la que irradiaba una atracción inaudita, al fin y al cabo, El ídolo de las películas era un hombre que se merecía los mismos castigos. Muerto y librado en esa región desierta , sólo restaba supervisar su no regreso. Se derramaron litros de tinta en explicar lo inexplicable, lo desconocido debía ser descrito, aunque la única referencia posible de ello sean los muertos de los que poco se hablaba. Los muertos no podían revelar la muerte, sólo la auguraban; entonces para soportar la perplejidad y la falta de esclarecimiento emergió la fe coloreada con velas y santuarios improvisados en la puerta del la clínica. La muchedumbre declaró día festivo todos los Miércoles, día en el que se suponía que todo creyente debía cumplir con ver todos los film donde había trabajado El ídolo de las películas. Algunos, los más ortodoxos luego de ver las películas se reunían en los escenarios donde se filmaron para absorber la energía creativa del genio perdido.

El milagro de un hombre con necesidades.

Prometió regresar y lo hizo un día dando colosales alaridos, reclamando, exigiendo el encendido de las luces de la habitación. La desavenencia cesó con la constelación de tiernas palabras que Paula le imponía desde alguna clandestinidad de la clínica. El despertar, eso que los demás no dudaron en llamar anomalía o milagro, provocó un esfuerzo mayor por retenerlo.

Lo comprendía todo nuevamente, si bien todavía guardaba una frágil disputa con su cuerpo indiferente. Gradualmente recuperaba la lentitud de la organización, dictada desde los estatutos médicos. Recuperó la noción de movilidad y el apremio de sus necesidades.

Paula.

Polígono dorado abierto. La desértica horizontal que lo sostiene. Inscribirse a la silenciosa caída del cuerpo vaciado. Acercó la silla y lo contempló todo: vas a volver atravesado por el tiempo. Elevó sus manos para evacuar ardientes aromas apresados en la noche de su melena.

Ninguno lo quería de regreso. Lo castigaron con el martirio impersonal de repetir hasta el final la misma película.

Nadie podía responder el cómo se produjo en tan corto tiempo tal desarrollo de ingenio y arquitectura. Bastaba con atravesar el umbral débilmente iluminado para suponer años de dedicación y maduración intelectual. La edificación se ubicaba en una zona ferroviaria abandonada. Toda la región que la rodeaba parecía arrasada por una permanente llovizna o por una inundación monstruosa (tal vez un deshielo). La primera vez que El ídolo de las películas entró a la edificación, supo que jamás saldría del lugar. El que construyó el galpón, debía conocer cómo era su cabeza por dentro. Se sabía que las paredes y las puertas separaban un lugar de otro, incluso, determinaba la forma de un lugar, esto, en el galpón no se practicaba. El tiempo y el espacio se representaban de otra manera. Conforme se acumulaban los días de cautiverio, el día del secuestro se disipaba lánguidamente, como las paredes y las habitaciones del galpón que jamás pudo descifrar-o lo que era igual y peor, la lógica dispuesta en el lugar, desaparecía rápidamente en el preciso momento en que aparentaba cobrar sentido. Era como quitar o agregar recuerdos a un sueño para explicarlo.

Entrar y salir de un ambiente a otro, representaba una doble exigencia en el galpón: la de encontrar el cómo acceder a él, y el de familiarizarse al cambio casi siempre abrupto. Pero las ambigüedades, pocas veces eran resueltas para El ídolo de las películas. La única regla que parecía cumplirse, era la alteración constante, y el modo al que se podía llegar a ella, era advirtiendo su ritmo. En un primer intento de fuga, asolado por la desesperación y paralizado frente a un muro que lo rodeaba en todas las direcciones, percibió una breve expansión, como si estuviese dentro de un corazón gigante que acaba de dilatarse para bombear un liquido luminoso. Se dejó arrastrar por esa intensidad arbitraria hasta una especie de humo que se contraía velozmente. Una puerta apareció. Cuando vio su imagen reflejada en el espejo de la habitación a la que ingresó, sintió su propio corazón desbocado, precipitando su espanto. El arquitecto salió a cortarle el paso. Maquinó mucho tiempo ese suceso, pero su mente comenzaba a operar semejante al ritmo que lo sometía en la geografía incongruente del galpón y perdía el hilo de lo pensado.

En su segundo intento surgía Paula, extirpándolo del organismo incomprensible del que era órgano palpitante y moribundo. Su cuerpo quemaba. Deshidratada el alma o el corazón; su respiración irregular, Paula, Paula, Paula.. El arquitecto arrasaba esa intima pausa proponiéndole una libertad alternativa. Abrigado, asilado rudimentariamente en la complicidad de la gente que lo miraba absorta, invocaba un rumor privado en el que Paula irrumpía lánguidamente a beber la limosna que emanaba de sus ojos.

Entonces la construcción cobraba la envergadura de aquella tarde en la que abordaba a una mujer solitaria; y la oscurecía con palabras herméticas, luego ella como si él no las hubiera emitido, como si de la boca de El ídolo de las películas fuera incapaz de brotar un solo signo, ella se aleja del extraño, de reojo tarareando una canción. El galpón tenía esa posición, cuando sentía que aumentaban las vibraciones, la topografía, se adaptaba a la filmación de Cuerpo. El público que espectaba anheloso por la privacidad inconfesa de El ídolo de las películas, sólo alcanzaba la ineficacia fortuita de un varón. Siguió, derramado por la propagación interminable de la mujer que se alejaba hasta plaza Italia. Se puede llamar Rosario, Soledad o Paula, como dice un artesano olor a búfalo que la invita a sonreír. Sonríe, se mueve con vitalidad como si estuviera en un pogo y señala: me pisaron sin permiso . Era una mujer común unos minutos antes, antes de ser pisada, antes de ser abordada. El galpón se reciclaba, tomaba la forma de una noche fría de Junio, en Tucumán, en un bar ruidoso. El ídolo de la películas vomitaba sobre el escote de una mujer con voz de tenor que leía del mapa de su palma un desenlace fatal.

Habían destinado la planta alta del galpón para los escenarios donde filmarían las veces que fuera necesario. Era tan vasta y versátil que en cuestión de minutos, en un abrir y cerrar de ojos-siempre los ojos de El ídolo de las películas-la escenografía pasaba de recrear la plaza Italia de Córdoba a las vísceras ardientes del subte C en Buenos Aires. Y cuando ese ardor que emanaba voluptuosamente de ese túnel salvaje y ambiguo, al verlo descender, anticipándose a los pasos de El ídolo de las películas, lo que ya había visto miles de veces todos los Miércoles de los últimos cinco años; el arquitecto seducido irresistiblemente (por la vida del galpón) cedía al deseo de estar ahí, de pedirle un pucho o preguntarle la hora aunque él mismo supiera que no formaba parte del argumento original. Esa ruptura violaba todo lo previsto, las leyes que comandaban al funcionamiento del galpón y las que mantenían unido al grupo. Entonces el lugar dejaba de latir y El ídolo de las películas se perdía en una contracción estremecedora que lo enceguecía brevemente hasta quedarse solo en la oscuridad.

Esa falla en el universo privado de los ortodoxos se repetía con más frecuencia, a pesar de las constantes disputas y juramentos de los que se tentaban a quebrantar el orden, y al redoblarse, lo que al principio parecía un caos comenzó a alterar la representación, y Cuerpo, esa película memorable que llevó al grupo de los ortodoxos a secuestrar a El ídolo de las películas, se tornó en una permanente búsqueda de escape.

El ídolo de las películas recobró su primera experiencia en la construcción del lugar, recordó que aquella ocasión en la que encontró la puerta de la habitación con el espejo, el terror de estar en un territorio tan abominable precipitó el hallazgo. El atropello criminal que lo arrastró por mucho tiempo a merced de los ortodoxos ahora empezaba a formar parte de su propio dominio. De nuevo cerca de plaza Italia, caminando por la cañada, El ídolo de las películas tantea lentamente el paso de Paula que impelía un aroma a coco rallado en su rastro. Pero, ¿cómo Paula? ¿conocía a Paula antes de verla en la clínica?¿ era realmente Paula la que aparecía cuando él se encontraba abrumado por los espasmos intranquilos del galpón o era su deseo que la representaba bebiéndole sus lágrimas?

Se acercó a ella. La mirada atónita y familiar de Paula que lo desconocía le hizo tragar las palabras que iba a decir. Las entendía, conocía los motivos por los que las dijo tantas veces antes y por lo que no las iba decir más : “...a dios se lo lleva el viento, debajo de tu tanga. Yo no hablo, sólo repito lo que me enseñaron”. Era el pulso de la construcción que no fue creada por él pero que de él dependía su vida. Tragó las palabras y abrazó a Paula, luego la tomó de los hombros y le dijo: vos te llamás Paula. Entonces la fortaleza fabulosa que lo tenía cautivo comenzó a sacudirse en un frenesí bestial; El ídolo de las películas sentía cómo su piel se expandía hasta rozar las paredes del lugar; sentía que la tensión de sus músculos sostenía la firmeza de la habitación que resistía la agitación del galpón. La puerta se cerró y sus ojos le entregaron la imagen gélida del rectángulo con su propia figura, había escapado del arquitecto, de los ortodoxos, de Paula. Gritó enérgicamente, inmensamente y despertó.

A los 31 años de mi hermano Diego Carrazán.

jueves, 9 de abril de 2009

El día había empezado con un chaparrón. Estela.

Manteca crepitante fundiéndose en la sartén. Aplausos intermitentes .Cascada de olores. Pan tostado y miel. Garganta del diablo. Café y canela en el ambiente.

jueves, 2 de abril de 2009

Palabras cruzadas


El holandés es complicado de entender. Dana terminó de confirmarlo, incluso después de arrojarme la jarra de cerveza encima, furiosa. Creo que una breve sonrisa se mezcló entre vagidos y sonidos dignos de una clase de lingüística. El holandés no sólo es complicado de entender, es efectivamente inaccesible, aunque luego de la posible sonrisa haya dicho algo así como argentinie para entrar abruptamente en silencio. Es de esperar de Dana, menos las jarras de cervezas en el pecho que los silencios escarpados que me encantó cuando la conocí en la puerta del museo de la marihuana.
Había llovido toda la tarde y decidí aprovecharla porque se trataba de la última en Ámsterdam. Llevaba pan de anís bajo el brazo que me había regalado Nelson Catrileos, un chileno que conducía un catamarán para un alemán. Los niños vienen con un pan bajo el brazo, me dijo mientras envolvía el pan con papel celofán. Homero Catrileos Searle, el primer descendiente de una casta araucana fabricantes de botes que encalló furtivamente luego de la muerte de Allende, en los Países Bajos. Extraño era, haya escogido a una holandesa menuda y de humor precario para cortar un racha de treinta años de infertilidad, ironizaba Nelson. Me despedí fraternalmente creyendo que nos encontraríamos al día siguiente, como de costumbre en el estacionamiento de bicicletas frente al hostal donde me alojaba. Nelson lloró lamentando la pérdida de nuestras interminables charlas nocturnas sobre política y Neruda, y la falta de revoluciones y la traición del PC al Che en las sierras bolivianas. Se lamentó suspender el castellano hasta nuevo aviso. Puso el pan en mi axila izquierda y me besó tiernamente.
Caminé por la calle adoquinada que tanto me gustaba, pasé por la casa de Ana Frank y me detuve en un kiosco a comprar unos puchos. Un mural de postales y estantes con artesanías fabricadas en serie. Lo que un turista se llevaba como imagen de Ámsterdam, postales, fotografías de los canales y los catamaranes casi siempre repletos. Una pareja de enamorados pide a un peatón-que más adelante se convertirá en testigo accidental del instante fotográfico-en la mejor ubicación posible. Registrar su paso por la cuidad. La mejor ubicación resulta ser la menos atinada. Por impericia o negligencia involuntaria del ocasional fotógrafo, se puede ver en el retrato a la feliz pareja recortada de la cintura hacia arriba, y de fondo, cucarachas flotantes paseando turistas embobados.
Naturalmente, Holanda es conocida por su desarrollo en hidráulica, y el mejor ejemplo de ello, es la misma cuidad de Ámsterdam que tiene tantos canales como calles. Pero esta historia ensombrece a los puentes y las callecitas adoquinadas, a sus angostas casas y a una población simplemente generosa. Lo que menos muestran las fotografías y postales eso me gustaba a mí.
Empezaba llover y la temperatura descendía. Era verano pero siempre fui friolento así que encendí un pucho, guarecido bajo un pequeño toldo para calentarme. Le quité la piel de celofán al pan de anís y corté una rodaja. El primer recuerdo de Ámsterdam es el olor a pan de anís caliente en la casa de Nelson. Sopor energizante al abrir la puerta del departamento. Nelson feliz de hablar español y saber que adhiero al chocolate caliente con pan de anís. Licencia artificiosa de un viajero hambriento. ¿El fragor, sabes lo que es el fragor, argentino? Tacto de la boca. Poco se habla de esas cualidades de la boca. Rugoso, liso, blando, áspero, tierno, firme. Todo lo que la boca siente mientras nos enfocamos en el sabor. Primero lo primero. Lo último en olvidar es el sabor. Eco de lo que estuvo y se fue. Como este pan que se amasa ahora en mis intestinos para ser digerido. El aire caliente que rozaba mi cara y ensanchaba mi pecho me dio el resto de valor para continuar con la caminata. Tacto de la boca. Llegué hasta el final de la callecita adoquinada que se interrumpía con algunas casas angostas como casilleros de un gimnasio. Por unos segundos contemplé la posibilidad de vivir subiendo de costado las escaleras demasiado estrechas para no rasparme los codos, llegar, luego de una jornada cansadora y recostarme gravemente en una litera perfumada. Mecánicamente metí la mano en el bolsillo de la campera para sacar el paquete de cigarros. Un brazo sin fin, delgado y blanco como la rama de un joven eucalipto, reveló públicamente mi desconcierto por los puchos mojados. Me acercó los suyos. Volvió a prolongar su brazo para darme fuego y antes de que el alquitrán camufle el ambiente, el perfume a piel empapada se metió en mis narices. Los nervios típicos de adolescente puesto a prueba. ¿Qué se esconde detrás del sudor? Habló un inglés muy pegajoso, a tal punto que de algún lugar de mi memoria, comenzaban a ensamblarse palabras que había escuchado durante todo el viaje y que nunca entendí, pero en esta ocasión todo lo que me decía cobraba un cierto sentido, no del todo claro, pero que podía distinguirlo como.
El holandés esta llenos de precipicios, desniveles escarpados, bifurcaciones estruendosas y caminos que se deshacen una vez que se los anda, pero en la voz de Dana esa geografía incongruente y letárgica se tornaba un jardín sorprendentemente balsámico. En el deleite por el silbido de los cipreses y el color de los geranios de aquel delicioso vergel, entramos a un pequeño edificio en donde se podía leer Zelig en letras rojas y verdes, apunto de morir. Antes de que la luz se termine, pude ver unos afiches de las películas que pasarían, se trataba de un ciclo dedicado a Ingmar Bergman. Como para no reírse, la sala tenía el nombre de una película de Woody Allen ,quien en su entrañable Manhathan homenajea a Bergman, menos en una divertida apología ante una cínica intelectual pequeño burguesa que en la fotografía de la pareja de amantes sentados a orillas del río que de fondo tienen un elocuente puente que corona jocosamente la imagen. Por supuesto, la humanidad recuerda Manhathan y desconoce por completo a Un verano con Mónica, con ayuda de la industria de por medio. La vigorosidad de la juventud, y la robustez de la disfuncionalidad. El ímpetu del deseo y la tranquilidad desesperante del amor consumado: aplacado por lo cotidiano. La crueldad infiel realizada, consumada herencia fecunda de infortunios. Mónica era una criatura diseñada para amar a condición de juventud y entrega estival. Mónica era el amor irresistible pero insalvable. Se me vino a la cabeza, fumar y palpé el paquete en el bolsillo de la chaqueta.
Terminó Un Verano con Mónica y sin interrupción alguna empezó Detrás del vidrio oscuro. Puchos mojados. Seguir viendo estas películas seria como intentar fumarse estos puchos mojados. Inútil. Todo indica que es un pucho: el aroma a tabaco, su cuerpo cilíndrico y el lugar donde están alojados, pero están mojados, no se los puede fumar, por lo tanto no son puchos: tabaco húmedo enrollado en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta. ¿Acaso el cine mudo no era cine?. Película original de Suecia subtitulada en holandés. Encenderse un pucho no-pucho. La cámara era un visor para espiar a Mónica en su inexcusable privacidad. Las secuencias se aglutinaban como los ojos de un insecto que zumbaba en la memoria emotiva de los espectadores: que ve y deja ver. Compartíamos el sortílego tacto del sol en el pecho descubierto de Mónica diseminada en la proa de la pequeña embarcación. Ver una película no-película. ¿Fumarse una película seria como ver un pucho sin entender el idioma?.
La familia regresaba a cenar luego de disfrutar una tarde en el mar, de repente, una explosión sorda de viento me arrancó la película de la boca. Dana hacía gárgaras con su saliva. Gire la cabeza para contemplarla y pude ver cómo las sombras y luces la desprendían y la escondían de la butaca. La humedad del ambiente había hecho más agudo el aroma a cuero y el dulzón perfume de la miel. Dana tenía en una de sus manos una pequeña bolsa de papel a rayas azules y rojas con pochoclos. La luz del cinematógrafo seguía en su proeza fortuita de revelar a esta mujer sentada a mi lado. Higos frescos, peras bañadas por el rocío, pezones de almíbar, campo de miel respirando. Al balcón, una teta al balcón.
La lluvia seguía apelotonando gente y forzando intimidades en los bares. El cambio de aire renovó mis fuerzas para seguir adelante. El gorgoteo rudimentario que había iniciado Dana, cesó. Caminamos ágilmente por una callejuela oscura como si nos conociéramos de siempre y nos bastasen breves variaciones para detectarnos o predecirnos. Rodeamos una enorme construcción color ámbar repleta de ventanas. Le conté sobre el nuevo personaje que hallé esta mañana en el espejo en la punta de mi nariz. Lunar negro. Sonrió, creo que la confidencia le traía alguna alegría. No importó que no me entendiera, Dana ya había comprendido el privilegio de un mundo diferente e inexplorado. Cofi...jaus...iur jaus.
Aparentemente, la eficacia que tenían esas palabras era incuestionable-o mejor decir bir- si bien Dana pensaba distinto, naturalmente, lo cual revelaba que pudiera entrar y salir furtivamente de una jerigonza a otra como si se tratase de un colage.
Dibuje en el aire una hermosa casa de dos aguas exagerando el trazo-aunque aquí sólo bastasen un par para describir una casa o una chimenea, superar esa cifra representaba una extravagancia barroca-para evitar confusiones mezquinas.
Envolvió una de sus fibrosas ramas lechosas en mi brazo y nos condujo de memoria a un bar. Tuvimos que entrar de perfil. El bar era un interminable pasillo con mesas liliputienses de un lado, y una barra custodiada con asientos elevados del otro, que lo ponían a uno a la altura del barman. El rumor del gentío resultaba insuficiente para interceptar los caprichosos graves del cantante de rock de moda que se oía salir del fondo infinito. No voy a llegar nunca. Me meo. Bien Torrente, quién puede afirmar que no se puede aprender de un inepto. Lavarse las manos antes de mear. Tocar lo sagrado. Torrente. Es un regalo. Espléndido. Esplendor. Reluciente. La ineptitud es heredada, Torrente. Pretexto. Luego sigue: moraleja: moraleja. Lavarse las manos después de mear. Espléndido. El grujido del cierre. Regresé dejando atrás la convulsión de una puerta paralelepípeda. Pude ver a Dana de pie conversando en la barra con el barman. Gringo de dos metros con jamones por antebrazos. Hice mi mejor intento por pasar de costado evitando perturbar a los comensales que me miraban tratando de comprender la situación complicada en la que me encontraba. Una mujer rolliza vestida con unos jeans de tiro largo o las tetas llegaban a la cintura o estaba encorvada. Difícil de determinar cuando un irlandés sediento de cerveza y de pelea siente mi codo hincarle súbitamente la nuca como un precario cachiporrazo. Un llamado de atención. El clima se había trasformado drásticamente en un escenario donde las luces apuntaban a mis ojos, encegueciéndome. Un potente silbido cortó la escena en dos. El barman agitaba los jamones de un lado al otro. Me quedé en la mitad menos peligrosa y continué en dirección a Dana. El rock star había sido reemplazado por The Wailers que mecía al bar como una canoa maorí. Dana con una jarra de litro de cerveza de costado, tengo que pasar de costado sin sentir la firmeza de sus nalgas en mi verga. Inexcusable paso al paso. Se siente extraordinario, mejor que los bosques en los que me tuvo toda la tarde, incluso que el pan de anís que me regaló Nelson y los puchos no-puchos que están en mi bolsillo izquierdo. Ocultarle. No, en esta ocasión nos vamos a entender, estoy seguro. El corazón latiendo de las suyas.
Medio paso más y punto seguido, si...Faquíu, man...clarito el punto y aparte. Cebada fría en el pecho bautizando los puchos no-puchos. Las mitades se restituyen y el irlandés resucita su rabia desde su mesa. Un jamón pasa en un santiamén cerca de mi mentón justo cuando emprendía, de costado la salida de ese bar de mierda.