jueves, 2 de abril de 2009

Palabras cruzadas


El holandés es complicado de entender. Dana terminó de confirmarlo, incluso después de arrojarme la jarra de cerveza encima, furiosa. Creo que una breve sonrisa se mezcló entre vagidos y sonidos dignos de una clase de lingüística. El holandés no sólo es complicado de entender, es efectivamente inaccesible, aunque luego de la posible sonrisa haya dicho algo así como argentinie para entrar abruptamente en silencio. Es de esperar de Dana, menos las jarras de cervezas en el pecho que los silencios escarpados que me encantó cuando la conocí en la puerta del museo de la marihuana.
Había llovido toda la tarde y decidí aprovecharla porque se trataba de la última en Ámsterdam. Llevaba pan de anís bajo el brazo que me había regalado Nelson Catrileos, un chileno que conducía un catamarán para un alemán. Los niños vienen con un pan bajo el brazo, me dijo mientras envolvía el pan con papel celofán. Homero Catrileos Searle, el primer descendiente de una casta araucana fabricantes de botes que encalló furtivamente luego de la muerte de Allende, en los Países Bajos. Extraño era, haya escogido a una holandesa menuda y de humor precario para cortar un racha de treinta años de infertilidad, ironizaba Nelson. Me despedí fraternalmente creyendo que nos encontraríamos al día siguiente, como de costumbre en el estacionamiento de bicicletas frente al hostal donde me alojaba. Nelson lloró lamentando la pérdida de nuestras interminables charlas nocturnas sobre política y Neruda, y la falta de revoluciones y la traición del PC al Che en las sierras bolivianas. Se lamentó suspender el castellano hasta nuevo aviso. Puso el pan en mi axila izquierda y me besó tiernamente.
Caminé por la calle adoquinada que tanto me gustaba, pasé por la casa de Ana Frank y me detuve en un kiosco a comprar unos puchos. Un mural de postales y estantes con artesanías fabricadas en serie. Lo que un turista se llevaba como imagen de Ámsterdam, postales, fotografías de los canales y los catamaranes casi siempre repletos. Una pareja de enamorados pide a un peatón-que más adelante se convertirá en testigo accidental del instante fotográfico-en la mejor ubicación posible. Registrar su paso por la cuidad. La mejor ubicación resulta ser la menos atinada. Por impericia o negligencia involuntaria del ocasional fotógrafo, se puede ver en el retrato a la feliz pareja recortada de la cintura hacia arriba, y de fondo, cucarachas flotantes paseando turistas embobados.
Naturalmente, Holanda es conocida por su desarrollo en hidráulica, y el mejor ejemplo de ello, es la misma cuidad de Ámsterdam que tiene tantos canales como calles. Pero esta historia ensombrece a los puentes y las callecitas adoquinadas, a sus angostas casas y a una población simplemente generosa. Lo que menos muestran las fotografías y postales eso me gustaba a mí.
Empezaba llover y la temperatura descendía. Era verano pero siempre fui friolento así que encendí un pucho, guarecido bajo un pequeño toldo para calentarme. Le quité la piel de celofán al pan de anís y corté una rodaja. El primer recuerdo de Ámsterdam es el olor a pan de anís caliente en la casa de Nelson. Sopor energizante al abrir la puerta del departamento. Nelson feliz de hablar español y saber que adhiero al chocolate caliente con pan de anís. Licencia artificiosa de un viajero hambriento. ¿El fragor, sabes lo que es el fragor, argentino? Tacto de la boca. Poco se habla de esas cualidades de la boca. Rugoso, liso, blando, áspero, tierno, firme. Todo lo que la boca siente mientras nos enfocamos en el sabor. Primero lo primero. Lo último en olvidar es el sabor. Eco de lo que estuvo y se fue. Como este pan que se amasa ahora en mis intestinos para ser digerido. El aire caliente que rozaba mi cara y ensanchaba mi pecho me dio el resto de valor para continuar con la caminata. Tacto de la boca. Llegué hasta el final de la callecita adoquinada que se interrumpía con algunas casas angostas como casilleros de un gimnasio. Por unos segundos contemplé la posibilidad de vivir subiendo de costado las escaleras demasiado estrechas para no rasparme los codos, llegar, luego de una jornada cansadora y recostarme gravemente en una litera perfumada. Mecánicamente metí la mano en el bolsillo de la campera para sacar el paquete de cigarros. Un brazo sin fin, delgado y blanco como la rama de un joven eucalipto, reveló públicamente mi desconcierto por los puchos mojados. Me acercó los suyos. Volvió a prolongar su brazo para darme fuego y antes de que el alquitrán camufle el ambiente, el perfume a piel empapada se metió en mis narices. Los nervios típicos de adolescente puesto a prueba. ¿Qué se esconde detrás del sudor? Habló un inglés muy pegajoso, a tal punto que de algún lugar de mi memoria, comenzaban a ensamblarse palabras que había escuchado durante todo el viaje y que nunca entendí, pero en esta ocasión todo lo que me decía cobraba un cierto sentido, no del todo claro, pero que podía distinguirlo como.
El holandés esta llenos de precipicios, desniveles escarpados, bifurcaciones estruendosas y caminos que se deshacen una vez que se los anda, pero en la voz de Dana esa geografía incongruente y letárgica se tornaba un jardín sorprendentemente balsámico. En el deleite por el silbido de los cipreses y el color de los geranios de aquel delicioso vergel, entramos a un pequeño edificio en donde se podía leer Zelig en letras rojas y verdes, apunto de morir. Antes de que la luz se termine, pude ver unos afiches de las películas que pasarían, se trataba de un ciclo dedicado a Ingmar Bergman. Como para no reírse, la sala tenía el nombre de una película de Woody Allen ,quien en su entrañable Manhathan homenajea a Bergman, menos en una divertida apología ante una cínica intelectual pequeño burguesa que en la fotografía de la pareja de amantes sentados a orillas del río que de fondo tienen un elocuente puente que corona jocosamente la imagen. Por supuesto, la humanidad recuerda Manhathan y desconoce por completo a Un verano con Mónica, con ayuda de la industria de por medio. La vigorosidad de la juventud, y la robustez de la disfuncionalidad. El ímpetu del deseo y la tranquilidad desesperante del amor consumado: aplacado por lo cotidiano. La crueldad infiel realizada, consumada herencia fecunda de infortunios. Mónica era una criatura diseñada para amar a condición de juventud y entrega estival. Mónica era el amor irresistible pero insalvable. Se me vino a la cabeza, fumar y palpé el paquete en el bolsillo de la chaqueta.
Terminó Un Verano con Mónica y sin interrupción alguna empezó Detrás del vidrio oscuro. Puchos mojados. Seguir viendo estas películas seria como intentar fumarse estos puchos mojados. Inútil. Todo indica que es un pucho: el aroma a tabaco, su cuerpo cilíndrico y el lugar donde están alojados, pero están mojados, no se los puede fumar, por lo tanto no son puchos: tabaco húmedo enrollado en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta. ¿Acaso el cine mudo no era cine?. Película original de Suecia subtitulada en holandés. Encenderse un pucho no-pucho. La cámara era un visor para espiar a Mónica en su inexcusable privacidad. Las secuencias se aglutinaban como los ojos de un insecto que zumbaba en la memoria emotiva de los espectadores: que ve y deja ver. Compartíamos el sortílego tacto del sol en el pecho descubierto de Mónica diseminada en la proa de la pequeña embarcación. Ver una película no-película. ¿Fumarse una película seria como ver un pucho sin entender el idioma?.
La familia regresaba a cenar luego de disfrutar una tarde en el mar, de repente, una explosión sorda de viento me arrancó la película de la boca. Dana hacía gárgaras con su saliva. Gire la cabeza para contemplarla y pude ver cómo las sombras y luces la desprendían y la escondían de la butaca. La humedad del ambiente había hecho más agudo el aroma a cuero y el dulzón perfume de la miel. Dana tenía en una de sus manos una pequeña bolsa de papel a rayas azules y rojas con pochoclos. La luz del cinematógrafo seguía en su proeza fortuita de revelar a esta mujer sentada a mi lado. Higos frescos, peras bañadas por el rocío, pezones de almíbar, campo de miel respirando. Al balcón, una teta al balcón.
La lluvia seguía apelotonando gente y forzando intimidades en los bares. El cambio de aire renovó mis fuerzas para seguir adelante. El gorgoteo rudimentario que había iniciado Dana, cesó. Caminamos ágilmente por una callejuela oscura como si nos conociéramos de siempre y nos bastasen breves variaciones para detectarnos o predecirnos. Rodeamos una enorme construcción color ámbar repleta de ventanas. Le conté sobre el nuevo personaje que hallé esta mañana en el espejo en la punta de mi nariz. Lunar negro. Sonrió, creo que la confidencia le traía alguna alegría. No importó que no me entendiera, Dana ya había comprendido el privilegio de un mundo diferente e inexplorado. Cofi...jaus...iur jaus.
Aparentemente, la eficacia que tenían esas palabras era incuestionable-o mejor decir bir- si bien Dana pensaba distinto, naturalmente, lo cual revelaba que pudiera entrar y salir furtivamente de una jerigonza a otra como si se tratase de un colage.
Dibuje en el aire una hermosa casa de dos aguas exagerando el trazo-aunque aquí sólo bastasen un par para describir una casa o una chimenea, superar esa cifra representaba una extravagancia barroca-para evitar confusiones mezquinas.
Envolvió una de sus fibrosas ramas lechosas en mi brazo y nos condujo de memoria a un bar. Tuvimos que entrar de perfil. El bar era un interminable pasillo con mesas liliputienses de un lado, y una barra custodiada con asientos elevados del otro, que lo ponían a uno a la altura del barman. El rumor del gentío resultaba insuficiente para interceptar los caprichosos graves del cantante de rock de moda que se oía salir del fondo infinito. No voy a llegar nunca. Me meo. Bien Torrente, quién puede afirmar que no se puede aprender de un inepto. Lavarse las manos antes de mear. Tocar lo sagrado. Torrente. Es un regalo. Espléndido. Esplendor. Reluciente. La ineptitud es heredada, Torrente. Pretexto. Luego sigue: moraleja: moraleja. Lavarse las manos después de mear. Espléndido. El grujido del cierre. Regresé dejando atrás la convulsión de una puerta paralelepípeda. Pude ver a Dana de pie conversando en la barra con el barman. Gringo de dos metros con jamones por antebrazos. Hice mi mejor intento por pasar de costado evitando perturbar a los comensales que me miraban tratando de comprender la situación complicada en la que me encontraba. Una mujer rolliza vestida con unos jeans de tiro largo o las tetas llegaban a la cintura o estaba encorvada. Difícil de determinar cuando un irlandés sediento de cerveza y de pelea siente mi codo hincarle súbitamente la nuca como un precario cachiporrazo. Un llamado de atención. El clima se había trasformado drásticamente en un escenario donde las luces apuntaban a mis ojos, encegueciéndome. Un potente silbido cortó la escena en dos. El barman agitaba los jamones de un lado al otro. Me quedé en la mitad menos peligrosa y continué en dirección a Dana. El rock star había sido reemplazado por The Wailers que mecía al bar como una canoa maorí. Dana con una jarra de litro de cerveza de costado, tengo que pasar de costado sin sentir la firmeza de sus nalgas en mi verga. Inexcusable paso al paso. Se siente extraordinario, mejor que los bosques en los que me tuvo toda la tarde, incluso que el pan de anís que me regaló Nelson y los puchos no-puchos que están en mi bolsillo izquierdo. Ocultarle. No, en esta ocasión nos vamos a entender, estoy seguro. El corazón latiendo de las suyas.
Medio paso más y punto seguido, si...Faquíu, man...clarito el punto y aparte. Cebada fría en el pecho bautizando los puchos no-puchos. Las mitades se restituyen y el irlandés resucita su rabia desde su mesa. Un jamón pasa en un santiamén cerca de mi mentón justo cuando emprendía, de costado la salida de ese bar de mierda.