miércoles, 29 de septiembre de 2010

Lo que Scrat a aprendió del Coyote y viceversa




Alguien dijo por ahí-a ver, alce la voz que no se le oye, por favor-que apasionarse por algo y someterse al antojo del deseo encarnaba otra forma de esclavitud. Por supuesto que no lo dijo Scrat, mucho menos el Coyote. Todos sabemos eso, quiero decir, todos, empezando por mí, y terminando. Lo dijo Benito empecinado en hablar de la libertad. Pasando en limpio, apasionarse no es tan bueno, señores. Entendiendo por señores a Scrat y el Coyote. La bellota y el correcaminos, se merecen estar incluidos además, son parte de la causa. La causa es la siguiente: a estos señores no se les mueve un pelo cuando de alterar el orden de las cosas se trata. Queremos decir-aquí nos detenemos y comenzamos a hablar como se debe-quiero decir, que la bellota y el correcaminos son lo que la suma de los ángulos interiores de un triángulo representa para la trigonometría: pura tranquilidad. Que no se les mueva un pelo, no es caprichoso ¿a quién se le movería algún pelo en el momento de ir detrás de un apetitoso bicho imposible o de un fruto escurridizo igualmente prometedor? He arribado donde quería, engominado por si las moscas, digo que Scrat y el Coyote no tienen por qué razonar en ese momento, lo hacen después de ser aplastados por un yunque o poco después de ser devorado por un hueco sin fondo. Ahí es donde se encuentran estos señores e intercambian estrategias. Benito tiene razón, admiten en ese interregno invisible donde se cruzan estos personajes.
La peor parte le toca al Coyote, el correcaminos se burla constantemente de él y de su inventiva, pero el correcaminos tiene menos. La velocidad del correcaminos es directamente proporcional a la insistencia del Coyote que podemos computarla con ayuda de algún dispositivo capaz de registrar los colosales desempeños de ingenio desplegados por el Coyote (auxiliado por la industria Acme siempre en evolución). El Coyote no puede controlar lo incontrolable, de otro modo, el correcaminos se llamaría banquete del día. Efectivamente, a Scrat, le sucede algo diferente. A pesar de sus despliegues físicos propios de uno de los cuatro fantásticos, Scrat está coaccionado exteriormente por un planeta en deshielo; lo que equivale decir: la naturaleza lo domina. Los riesgos que se corren son primos hermanos, si la Warner BROS quisiera, morir sería una alternativa posible a los yunques y a los huecos sin fondo. Y puedo seguir escarbando, si me lo permiten-no ustedes, sino estos señores. Escarbar de este lado, del interregno que comparto con estos señores y con ustedes. Nuevamente, Benito, sos un ídolo de multitudes, te damos la derecha. Decía, escarbando llegué al anima de la cuestión, mejor dicho, de los dibujitos. Lo que Scrat aprendió del Coyote y viceversa es la siguiente enseñanza: si no hay promesa, no hay fruto ni bicho que nos apetezca. Rima y todo, es un hecho. Por su parte, cabe destacar, el constante desarrollo de la industria de emboscadas impulsadas por el palpitar intranquilo del Coyote, y, la idoneidad no tan sólo atlética de Scrat, sino de permanente desatino para sobrevivir que lo convierte en un perito a la hora de eludir las contingencias más inverosímiles que le toca soportar en su lucha por la bellota. Esta multiplicación de actividad afectiva, hace suponer que no son tan esclavos de lo que les ocurre, y aunque no nos guste, es posible imaginarnos una última secuencia. La libertad es una estrategia del próximo capitulo o de la siguiente parte si es que la hay. Es una emboscada en tiempo real que empuja al Coyote y a Scrat a concluir, aunque ese concluir represente una virtual aniquilación. Lo que estos señores van a aprender, lo cual implica un aprendizaje para mí también es que sin una última secuencia, la bellota y el correcaminos, no significan nada, y aquí es donde Benito no dice ni mu.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Uno

III


Sabía incluso más, era capaz de repetirlo, si no fuera por la Nery que se mantenía íntegra, invulnerable al amor de su marido que se le esfumaba. La indiferencia de la Nery era la inmundicia más inaguantable que uno debía soportar.

María Amalia Molina, conocida por todos como la Nery, mujer interesante para los Barrientos busca mujer interesante con plata y bulba delatora o mejor conocidas-la mujer interesante y la bulba delatora-como qué ganas de culear que hay, se babeaba desde pequeña por los de la otra clase. Los de abajo, esos negros sudorosos, rotosos y malolientes eran sus favoritos, cosa que más de un familiar no dudaba en considerarlo como un precoz espíritu filantrópico manifestándose. Para nada. Nada para a una bulba delatora como la de una mujer interesante frente a un Barrientos busca mujer interesante que ya la había calado el día que fue con su padre a colocar una escalera de cedro para la mujercita de la casa. Los detalles del casamiento y los embarazos subsiguientes se pueden abreviar en una palabra: urgentes. Era una mujer feliz, siempre y cuando, ese Barrientos marido-de la otra clase-le diera su dosis de atención desaguando la baba que a diario la hacía tarársele encima. Estaba enamorada de ese guacho malhumorado que la puteaba con frecuencia cuando lo acorralaba con sus tiernas ensoñaciones. Lo hacía porque su marido le infundaba un poder sobre ella y porque ese poder se expresaba con las groserías más espantosas, a medida de cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Barrientos era un héroe, un malevo por naturaleza, un mafioso peligroso, para la Nery que le profesaba un curioso sentimiento, para los demás, un ratón (aunque después de garcharse a la Nery su situación económica había crecido generosamente, continuaba siendo una rata muerta de hambre).

-Está entrando agua don Barrientos...lluvia de mierda que no para.-

El mozo del bar salió de la cocina blandiendo el secador, y comenzó a combatir el oleaje que ampliaba su costa salvajemente con cada auto que pasaba por la calle anegada. Escupió el escarbadientes que salió rápidamente a flote montado sobre una cresta que lo encalló sobre la pata de la mesa donde estaban Salvador y Barrientos contemplando la escena. -Sabés, te voy a ayudar con la Claudia, aunque no me lo pidás, te voy a ayudar-. Ayuda que una vez él mismo la tuvo, aunque breve y limitada, sirvió para consumar su romance más de lo previsto.

-No, don Barrientos, es mejor que no se meta usted, el problema es mío. Ya que me hace hablar, con la Claudia nos queremos ir de aquí, estoy juntando algo de plata como para aguantar un tiempo a donde vayamos.-

Si, Barrientos comenzó soñando irse a cualquier parte del mundo cuando vio por primera vez a la Luciana. Tenerla sólo para él, agotar lo que les sería permitido vivir del amor.

Creía que un golpe de amor iba acompañado con otro de suerte. Se haría rico y volvería a buscarla para llevársela. Pensaba mal, o evitaba hacerlo lógicamente, el sentido común le hubiera revelado que ya era rico, que lo mejor de la Nery estaba en el banco a nombre de Jorge Barrientos. Pero soñaba, fraguaba de todo para mantener su incuestionable irresponsabilidad. Ni el amor conseguiría doblegarlo.

When Lights goes down i see no reason, for you to cry, we´ve been through this before

Soñaba a la Luciana bajando de la tarima y sentándose sobre un mechudo diluido sobre in every time, in every season, god knows i´ve tried, so please don´t ask for more la silla, ella le mueve las caderas y nada, el tipo estaba completamente dormido, le tira un Can´t you see it in my eyes this might be our last goodbye chirlo cariñoso pero correctivo antes de usarlo a él, a Jorge Barrientos como a un gran Carrie, Carrie, things they change my friend, consolador y permitirle con disimulo, en el permiso susurrado al oído, de tocarle sus, Carrie, Carrie, maybe well meet again somewhere, again muslos estupendamente depilados para terminar organizando con las manos la turgencia provocativa de sus tetas. I read you mind, la Luciana estaba pechugona y había que probar, with no intentions of being unkind, rodearla con las manos, y apretar suavemente para confirmar i wish i could explain It all takes time, a whole lot of patience if it´s a crime, how come i feel no pain la tensión que no es propia de una teta común; Can´t you see it in my eyes this might be our last goodbye entonces Barrientos siente que se le desbarranca el corazón en el preciso momento en que la Luciana, Carrie, Carrie, things they change my friend como a uno más, sin reconocerlo, se levanta y sube nuevamente a la tarima, y enlaza sus musculosas piernas en el tubo cromado que convergen junto Carrie, Carrie, maybe well meet again somewhere, again con su cuerpo desnudo al infinito por los espejos. La velocidad con que aumentaba el deseo de tenerla se podía palpar como cuando se mete la mano en una bolsa de arena y verlo llamarla luego del show, enterarse que no se puede invitar a tomar a las chicas pero que con gusto ella le compraría el ferné que tanto pedía, y entre el pedido y el regreso de La Luciana con el vaso negro y frío, Barrientos vuelve a falsear sus posibilidad y sueña nuevamente con hacerse rico. Voy a hacerme rico, se dice Barrientos, abalanzando el vaso de plástico con ferné en su boca desértica, sintiendo el peso de la Luciana, su carne que se amoldaba a una de sus piernas. Era un derrumbe completo, cantidades de materia que lo aplastaban alertándolo de los peligros, deliciosos y descomunales que jamás disfrutaría, su tiempo había concluido sólo porque él creía en ese desenlace, en ese hipotético final que lo paralizaba a la hora de decir que la amaba como a nadie del mundo, que era capaz de los sacrificios y de las renuncias, de las omisiones y de los olvidos. Sentada sobre su pierna, susurrándole el precio de sus servicios que siempre hay que probar para saber si son buenos, Barrientos se deja vencer, se le agotan las palabras y pide pasar, si, pasa, y cuando está en la habitación se sienta en un lateral de la cama mirando hacía la ventana abierta, la Luciana le avisa que ya regresa, él sigue soñando, se toca para ver si estaba ahí, tadavía dudaba, iba a fracasar frente a esa diosa que pronto lo pondría a prueba; da un zarpazo a sus pantalones y saca de un tirón un toco guita y le entrega a ella que entra a la habitación con un rollo de papel de cocina y un forro en la mano. El sueño continuaba, da un trago al ferné como si fuera un poco de aliento o el narcótico que le haría pasar un mal trance con mayor dignidad y se deja vencer nuevamente al pedido de la Luciana que le pide que se saque los pantalones mientras rompe el envoltorio del forro con la punta de los dientes. Los sueños son así, se consuela Barrientos cuando siente un apretón en sus genitales que lo hace retroceder y caer sentado al pie de la cama, es la Luciana que le pone el forro con la boca, y masajea con la lengua la flacidez desconcertante de la verga de Barrientos igualmente desconcertado pero confiado de que ese cosquilleo feroz que comienza a recorrerle las piernas es signo de un futuro mediato y prometedor.

Barrientos se gastaba una considerable parte de su dinero en verla bailar, en la tarima y sobre él, aunque poco supiera lo que le pasaba a la Luciana por la mente, al escucharlo hablar sin rigor, entre mentiras y verdades, como si entre ellos hubiera un acuerdo que los eximía a ambos de controversias o de súbitas explicaciones. Como la vez aquella que le mintió que viajaba a Francia, y que al retornar la llamaría para que pasasen un día juntos; o la vez que le prometió pagarle un cirujano para que le borre el nombre de Pablo (su padre como afirmaba la Luciana y que llevaba tatuado en el brazo izquierdo). Así se devolvían las mentiras, pintando un óleo que de fondo proyectaba la luz de la verdad, siempre palpitante, insinuándose a borbotones, descomponiendo las cada vez menos eficientes mentiras de los dos. Pronto, con noches y pasadas, Barrientos aprenderá que todo eso, ese orden voluptuoso y enceguecedor del puterio era el orden de todo puterio, y que el comportamiento felino de Luciana estaba sujeto a sus leyes y privaciones.

La Luciana lo apasionaba, por supuesto que era mejor que ella ignorase el asunto, y todas las vicisitudes que ello envolvía, incluso, la dejadez y la falta de perspectiva. Nada importaba más que llegar al fin de semana a mendigar una hora a la Luciana. Tocarla, recorrer escrupulosamente esa porción curva de las caderas que se replegaba cuando mostraba el núcleo ilimitado donde todo acaba. Hasta ahí llegaba el futuro para Barrientos. Salvador entendió que su amor por Claudia, emparejaba la charla, aunque Barrientos y su amor de ridículo futuro, lo superaba considerablemente.

-Vamos, vamos Salvador, ya te he contado que la he pasado como vos, dejáme que te ayude con unos mangos, tomalo como el adelanto de un futuro laburo-.

Los adolescentes rompieron en risotadas y salieron del rectángulo que daba a la calle. La lluvia había parado de golpe. Las ruedas del auto estaban sitiadas por ramas y yuyos. Subieron. Barrientos dio arranque y la correa chirrió agudamente mientras el motor del Ford se sacudía como un titán bajo la tierra. Las calles iban desagotándose ociosamente, podía olerse la fragancia serena de los azares de los naranjos y del pavimento húmedo por toda la atmósfera. Una milicia con secadores en mano expulsaba el agua de las habitaciones de las casas. Personas en los balcones.

-Bueno, decime dónde te llevo, fijáte vos que hace rato que te conozco y no sé dónde es tu casa-.

-España y Necochea-..¡Ah!, barrio Jardín, hermoso barrio...¿sigue estando el mercadito frente a la plaza?-

Llegaron a la intersección de Belgrano y Ejercito del Norte. Barrientos y Salvador comentaron sobre la inundación de la esquina y de los autos que pasaban empujados con dos, tres y hasta cuatro changuitos que los socorrían del naufragio fulminante y peligroso. Barrientos esperó que un Taunus rojo con los vidrios polarizados abriese el camino que él continuaría fielmente. El Falcon chirrió lánguidamente, lo cual significaba que Barrientos pisaba el acelerador más de lo habitual para evitar quedarse en medio del río. Cruzarían sin grandes sobresaltos si no fuera por el poco de vapor que salió del motor, con seguridad se había mojado el múltiple o la salida del caño de escape, que hizo soltar a Barrientos una breve y concluyente puteada al del Taunus que no apuraba la marcha.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Fotografía en movimiento

Va a decir que voy sentado en el mismo lugar que aquella noche, que voy escudriñando a la gente que sube en la misma parada en la que ella subió, pero eso no hace más que alejarnos, cuanto menos, creernos adversos.
Naturalmente algo nos conocemos, digámoslo de este modo: nos intuimos.
Es cómodo anticiparnos-aunque nos equivoquemos muchas veces-a nuestras propias acciones; y así como él se anticipa a que yo lo anticipo a él, me regocijo con antojo sabiendo que lo hago siempre con el ferviente ardor del esclavo que busca liberarse de su opresor.
Escribimos con la misma lapicera y simultáneamente, yo con la izquierda, él con la derecha.
Todo esto es triste porque al conocernos, el único que admira su soledad soy yo. El tipo está solo y como dicen los matemáticos clásicos al final de una demostración, Quod erat demonstrandum: me usa a mi para disimularlo.
Pero yo ya no estoy tan disponible como antes, quiero decir, me aburro fácilmente de su falta de acción y de su postura idiota de coyote soñando con el correcaminos.
Seguramente ahora mismo él piensa, bueno, que yo voy subido al colectivo de regreso a la facultad reviviendo la noche que la vi subir y mirarme de reojo. Vamos a discutir, es decir, discurriremos sobre la fotografía.
Él va a decir que se trata de fotografía en movimiento para hablar de la foto que le tomé con el celular esa noche.
Mientras él arguye una posible trama, yo voy a pensar en esa última afirmación y le voy a preguntar-indirectamente, con eso que le llaman voz interior del personaje-si no es más que una fotografía movida, fuera de foco y de pobre definición dada la calidad del artefacto con la que la tomé.
Entonces sí voy a solidarizarme con su tristeza, porque por equilibrar sus elucubraciones voy a mirar la foto después de veinte días, y yo también voy a sentirme solo.
Y voy a descubrir que me había equivocado al creer que ser un personaje tenía sus ventajas porque un personaje además siente, incluso cuando su “Dueño” está sintiendo lo que escribe.
Prosiguiendo, pasaron veinte días desde esa noche con ella cantando esa canción de Aute, y yo con un cagazo estupendo clavado al asiento del bondi.
Cagazo para hablarla o para cantar con ella, por qué no, total si estaba loca podríamos demostrarles a todos que la locura es relativa, y a veces hasta amigable.
¿Una fotografía en movimiento no sería una película?
Su vuelo poético lo hubiera traicionado, de todos modos, la fotografía, movida porque la tomé en la curva de la Marco Avellaneda y 24 de Septiembre, me recordó que debo mi existencia a esa noche.
Aquí empardamos con el “Dueño”, justo a la altura de esa curva arenosa que me impidió hacer una buena toma.
Siguiendo la línea, daría lo que fuera, hasta permitiría un poco de manipulación de parte del “Dueño”, si es posible, por ver su rostro otra vez. Aunque las burbujas y la falta de luz agotan su figura, la punta de su hombro derecho empalizado por una cascada de cerveza es inconfundible.
Pocos metros después de pasada la curva y la foto, ella va a dominar esa cascada con un firulete y como debieron hacer hace miles de años sus ancestros, recoge su cabello descubriendo sus pómulos triangulares como el de los hombres y mujeres que cruzaron el mar a pie y danzaron de noche el baile de los desterrados.
Voy a soñar, igual que hago en este momento con su nombre, y junto con el “Dueño”, vamos a imaginarnos sobre su vida entera.
También voy a disolverme en un punto y a parte , en el preciso instante en que recuerde que soy un personaje y que debo mi ser a ese colectivo y a estas líneas arbitrarias, incluso al rigor del azar que se limita a mantenerla alejada, improbable como yo que soy un artificio, porque mientras me voy diluyendo, despilfarro la última escaramuza de amor propio que resta, advirtiéndole al “Dueño” de su ineficacia para lograr cruzarme con ella nuevamente y recuperar el rostro que se omitió en la foto movida; le voy a dejar bien presente, que si yo no la encontré, si yo no la vi todavía, es señal de que él en realidad tampoco la encontró.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Lindo, la madre que te parió


Odio el adjetivo lindo. Sencillamente lo odio; pero ese sentimiento, muchas veces insaciable que me posee cuando lo escucho-misma sensación al leerlo-tiene un sentido. Odiar, pero odiar con fundamento quiero decir. Porque cuando se trata de una película de Campanella, podríamos usarlo indiscriminadamente, tantas veces como fuera posible; igual al hablar de la mujer del prójimo o de una constelación con forma de carro de supermercado vista desde el hemisferio norte(claro está, si tenemos la posibilidad de pasar el ecuador). Podemos lindear a nuestro antojo. Pero pasa que cuando se le dice a un artista: lindo lo tuyo, linda película, lindo poema, linda pintura, lindo, aunque no entienda que querés decir, es mejor no resistirse y largar una puteada para sacarse la mufa de esa palabra. Los tiempos han cambiado, al menos así lo creemos nosotros, al menos así intentamos creerlo ¿Cómo lo sabemos? En el Renacimiento, por ejemplo, ya que viene al caso, se usaban muchas palabras que en la actualidad usamos casi impensablemente. Una de ellas: Groppo. Esta palabra era una palabra más bien propia del arte, y sirvió para designar a un conjunto de personas esculpidas o pintadas. Señal que las cosas se habían alterado, es, no sólo la palabra Groppo, sino el modo de percibir el arte o expresión artística porque anteriormente, es decir, en el medioevo el arte estaba “pegada” a las edificaciones. A partir del Renacimiento, las esculturas que formaban parte de las edificaciones se “desprenden” para ser apreciadas en tres dimensiones, de esa posibilidad perceptual es que habla el término Groppo. Para muchos puede pasar desapercibido pero para nosotros que creemos en otras cosas, no. Percibir la obra artística, poder rodearla, caminar alrededor de ella, es ya todo un cambio, incluso, podemos decir, que se ha alterado el modo de concebir el arte. Esta alteración que produce el Groppo transforma la relación de la obra, mediadora del artista y el público en general. Digo en general, porque no hacía falta ser consumidor de arte para estar en presencia de un Groppo. Entonces, vivenciar el espacio de otra manera, ya no desde las cualidades desarrolladas por maestros pintores en dos dimensiones o de las esculturas que de a poco iban apartándose de las edificaciones, era para la época, una suerte de encantamiento. Las reproducciones de los maestros de la antigüedad nos hablan al respecto, nos dicen de lo mucho que encantaba ese estilo 3D ¿En qué radicaba el encantamiento?

No sólo en el talento, la moderación, la simetría, la técnica del artista, sino, en la de la “aparición”. La obra, el Groppo era una aparición, un objeto apreciado como la materialización de lo que en el romanticismo se daría a llamar malamente el Genio del artista. Desde este punto de vista, algo que favorecía a relacionar la expresión artística con algo material, propio del mundo de los hombres y que traía al artista a la tierra, acabaría siendo dominado por el Genio. Naturalmente hablamos de esa división del hombre elaborada por una concepción de la vida individualista, superflua, ambigua, inmaterial y absoluta del Estado burgués que advendría en adelante que consideraba al arte como algo sobrehumano, no como una síntesis singular de un momento histórico de una sociedad determinada. La posición del artista sería la de un semidiós o un demiurgo. Esta visión es la que transita todavía en estos tiempos, es la que lindea todo lo que ve, la que condena a la marginación o al éxito a un artista, es la que sostiene la ideología dominante, voluntaria o involuntariamente. El artista, sea talentoso o no, es la expresión de un tiempo, de una historia determinada, es un hombre que habita en su propio mundo, el de los hombres de donde saca y sonsaca el material para su obra, es un ser viviente, sufriente, sintiente, que come, caga y coge como el resto de sus semejantes. Decir lindo es como olvidarse de todo eso, es omitir el verdadero intento de la obra o expresión artística, a saber: entorpecer, escandalizar, obstaculizar el paso tranquilo y pasivo de una sociedad en descomposición que nos encamina a la barbarie, a la inanición y a la muerte.

Si la obra no consigue interrumpir, no logra entrometerse entre el mundo de los sueños y el mundo posible para nuestra felicidad, no es nada, lo que es igual que decir, es linda. Por mi parte, si alguna vez hice un gesto artístico, me gustaría ser valorado desde mi peso especifico, como ser humano con necesidades, manos para acariciar y trabajar, también con ideología y clase, con ganas de hacerle la guerra a la muerte.

martes, 14 de septiembre de 2010

Sobre una maldición y los conjuros del lenguaje




Ernest Altkirch poco después de un divertido y no menos encantador hallazgo, publicó Maledictus und Benedictus.
A su editor, en un apretada y vigorosa disculpa epistolar, cuenta el rigor de su retrazo. No era para menos, una vez traspasadas las arduas y escarpadas latitudes del laberinto Ético, la controversia se iba disipando en una conjunción que lo desvelaba. Maldito y bendito, sería la combinación de la anatema que abreviaría las áridas constelaciones de lo que hasta entonces se conocía sobre la vida de Baruch de Espinoza. Si acaso, como llegó a arriesgar un arriesgado polémico de su época-Bertrand Russel apresuró en celebrar la salida de esa publicación llamándola el Apotegma espinosiano- las maldiciones y los conjuros del lenguaje han interrumpido su sórdida vocación por el disparate. En adelante, los guardianes de los futuros conjuros se harían llamar psicoanalistas, y conocerán a Sigmund Freud como el promotor de las controversias del porvenir. Baruch, Bento o Benedictus como firmaba sus escritos, revelaría parte del enigma y por qué no, de la actitud asumida por el maldito Espinoza.

Este ábrete sésamo, éste Aleph al infinito espinosiano, prepararía al lector desprevenido y al atento, a la más grandiosa alianza conocida en el siglo XVII. El libro que tardó en confeccionarse toda la era cristiana y un poco más, conocido y temido por cualquier creyente inquieto, el Herem, no alcanzaba para destruir al joven de mayor futuro de la comunidad holandesa de Ámsterdam. El 27 de julio de 1656, el Herem tomaría prestado fuerzas del Antiguo Testamento para aniquilar y mantener vivo a Baruch de Espinoza. La saña versaba de esta manera:



“Los señores del Mahamad os hacen saber que, como ya hace tiempo que tienen noticias de las malas opiniones y acciones de Baruch de Espinoza, procuraron por diversos medios y persuasiones retirarlo de sus malos caminos. Y no pudiendo remediarlo, si no que, por el contrario, tuvieron cada día mayores noticias de las horrendas herejías que practicaba y enseñaba, y de las enormes obras que cometía, teniendo de esto muchos testigos fidedignos que lo depusieron y testimoniaron todo en presencia de dicho Espinoza, a quien han demostrado su culpabilidad; examinando todo esto en presencia de los señores Hahamín, deliberaron con su parecer que dicho Espinoza sea excomulgado y arrojado del seno del pueblo de Israel”


“Según la decisión de los ángeles y de acuerdo con el fallo de nuestra sagrada comunidad, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Espinoza. Ante nuestros sagrados libros, con los seiscientos trece mandamientos que están escritos en ellos, lo excomulgamos con la excomunión con que Josué anatemizó a Jericó, con la maldición con que Eliseo maldijo a sus hijos y con todas las maldiciones que están escritas en la Ley.
¡Maldito sea de día y maldito sea de noche! ¡Maldito sea al acostarse y maldito sea al levantarse!¡Maldito sea al salir de su casa y maldito sea al regreso! Que Dios jamás lo perdone; que la cólera y la ira de Dios se enciendan contra este hombre y le envíen todas las maldiciones inscritas en el Libro de la Ley. Dios suprima su nombre de la tierra y para su derrota lo expulse de todas la tribus de Israel, con todas las maldiciones del Cielo, como están señaladas en el Libro de Ley”

De este modo se iniciaba el anatema más conocido de la modernidad. El destinatario: Baruch de Espinoza. El caso es que sin el propósito de ir detrás de los consabidos biógrafos y eruditos que ya hablaron-y aún lo hacen-sobre éste filósofo, lo que nos trae a su historia personal, es precisamente el Herem que lo hizo tan célebre como su Ética. Contaremos que Baruch estuvo presente cuando se leyeron las páginas de lo que resultaría ser una suerte de vaticinio o de pronóstico como los que dan los meteorólogos o bien, por qué no, para los que creen en él, como los demográficos augurios del destino. Sin esperar demasiado, nos encontramos con la principal fuerza motriz de tanta desidia: la fe. Naturalmente, todo ese panteón al que fue expulsado Baruch, es sin lugar a dudas ese territorio arduo y de relieve escarpado, muchas veces confuso que es el lenguaje ¿de qué otro modo se llevaría a cabo con la eficacia con la que se elaboró, si no es a través de un lenguaje compartido?¿acaso sería posible el Herem sin la fe de su validez y de su inhumana ejecución? Poco tiempo después de recibir esta maldición y luego de salvar su vida que fue amenazada por un fanático que por poco se la quitó, Baruch decide rendirse ante el vigor de su comunidad que lo odiaba lícitamente y se muda a otra ciudad. De hecho, para quienes creen que también se rindió al Herem, Baruch continuó con su vida batallando contra la fe que lo condenaba. Terminó sus días de tísico postrado en la cama que se ubicaba cercana al taller en que pulía cristales para lentes. Paradójicamente, el hereje, el excomulgado el que no era ni cristiano ni judío, la no persona a la que fue condenada, dedicaba horas de su vida a mejorar la visión de los mismos hombres que lo odiaban. Pero no se limitó sólo a este ámbito de la visión, también se encargó de elaborar su propio contra conjuro que le valió el reconocimiento de las mentes más brillantes de la época-aunque fuera publicada póstumamente se conocían sus ideas desde mucho antes- incluso, el contra conjuro fue el más poderoso remedio para tan grande enfermedad.
Y es precisamente aquí donde me interesa la historia de Baruch, me voy a detener en la confección de esta cura para su espíritu, en esta magnifica creación del lenguaje y del pensamiento; de sus firuletes arabescos y plantaciones florales que adornan y perfuman la mejor defensa que un maldito puede realizar mientras la vida y su intelecto se lo permitan.

Veamos lo que el filosofo uruguayo Pablo da Silveira nos tiene para decir sobre maldecir:

“Maldecir a alguien era aborrecerlo y al mismo tiempo condenarlo, negarle el perdón en esta vida y en la próxima, execrarlo ahora y para siempre. Maldecir a alguien era cortar todo lazo con él y dejarlo a solas con su desgracia irreparable. Era empujarlo a un abismo sin fondo, era matarlo y por pura crueldad dejarlo vivo.”

Voy a empezar de atrás para adelante, en esa última oración me detengo para pensar la contracción que abriga, ese absurdo de matar y dejar vivo por puro goce. Baruch fue expulsado de la comunidad judía de su ciudad natal, la cual tenía ordenes expresas de cómo manejarse ante tamaña situación:

“conjuramos que nadie tenga con él trato hablado ni escrito, ni nadie le haga favor alguno. Que nadie esté con él bajo el mismo techo; que nadie se le acerque a menos de cuatro codos de distancia; que nadie lea ningún papel hecho o escrito por él”


de ahí que ninguno que se digne ser un buen hebreo tenga en mente transgredir esta Ley, lo contrario significaría correr con igual suerte que el maldecido. El conjuro consistía precisamente en quitarle a Baruch lo que nos hace humanos y nos construye: la mirada del otro y toda posibilidad de mirar a otro. Este aparente juego de palabras lacaniano, no es sino más que el ámbito material del lenguaje. La muerte significa ser ignorado completamente en el mundo de los hombres-acaso el único que conocemos. Esta indiferencia total no solo consiste en quitarle el saludo, evitarlo a él o a cualquiera de sus escritos, sino fundamentalmente, el favor. Una vez instalado en la comunidad judía local y en toda Holanda el Herem, no tener el favor significaba ser arrojado a la sobrevida[1]. El joven de promisorio futuro, a pesar de la ayuda de sus amigos, también en muchos casos en igual situación, terminará sus días en la miseria.
Tengamos en cuenta que estamos en el siglo 17, lo cual comprendía que la religión mantenía en el mundo una hegemonía realmente poderosa. Por esta razón, la eficacia del Herem, fue más allá de la sinagoga que lo elaboró, llegó incluso hasta la mismísima iglesia católica. Los pormenores fueron configurando esa sobrevida que fue armando según las posibilidad se lo permitían, sus amistades, quienes a su modo también era considerados malditos (ateos, protestantes, o simplemente científicos que cedían ante las argumentaciones de Baruch posiblemente más científicas que ellos mismos) sostendrían ese pequeño ghetto de excomulgados, execrados y maldecidos. Sobre esta sobrevida, Baruch fue engendrando su contra conjuro, su propia bendición, su apertura al mundo que culminaría en el materialismo de Marx y d Engels también malditos y perseguidos con un Herem llamado Estado burgués. Ese engendro llevaría el nombre Ética, y sería una majestuosa visión del pulidor de cristales de lo que conocemos y de cómo conocemos. Ese laberinto[2] infinito perfectamente delineado por Baruch debería cumplir con el siguiente requisito:
-Ser más poderoso que el Herem.
¿Cómo lograrlo? Dominando las armas de sus enemigos mejor que ellos mismos. Si en alguien habría que pensar para tal empresa, Baruch era el indicado ¿Quién mejor que el damnificado para defenderse? Y más teniendo en cuenta el temor que despertaba en sus adversarios que ya lo conocían lo suficiente desde muy joven. El odio que despertaba en su comunidad y en toda la comunidad religiosa que tenía conocimiento de su paradero advertía una fuerza que hasta la actualidad sigue siendo envidada y combatida con todas las fuerzas posibles: la fuerza de la conciencia.

Es aquí en donde Baruch concentra todos sus ataques. Sus batallas habían despertado con los interrogantes que suscitaban temas puramente teológicos como los milagros, las contradicciones en la interpretación de las sagradas escrituras, pero culminarían en un tema que adoptaría la ciencia moderna. Darle un sentido geométrico a la explicación de la naturaleza y a la ética, para Baruch implicaba hablar de la libertad. Y se toma a él mismo como modelo para explicarlo, la Ética, es su ética, la que él vivió desde que su conciencia lo impulsaba a buscar respuestas diferentes a las establecida, y que padeció una vez leído el Herem. Lo que aleja al conjuro de Baruch del de sus adversarios es que contiene la explicación de este último, lo que lo emparenta es su creencia, es el sometimiento de esta explicación a Dios. Dicho de otro modo, en el contra conjuro de Baruch, la voluntad de los hombres está sujeta a leyes, estas leyes pueden ser explicadas conociendo sus causas, estas causas son siempre una necesidad eterna y absoluta. Por ese lado comprendemos el porqué su descreimiento de Baruch en los milagros, siendo que para entonces la ciencia experimental había comenzado a dar sus primeros pasos; pero por otro lado, el contra conjuro se somete a las misma leyes que lo maldijeron. La necesidad eterna y absoluta, es el resto y la fuerza motriz que moviliza al Herem y la Ética. Dije al principio que la fuerza motriz de todo este asunto era la fe para afirmar que tácitamente Baruch, en su combate se confiesa también creyente de una verdad suprema, no logra superar-aunque en la práctica lo haya logrado en cierta medida-la fe que lo excomulgó con la fuerza del Herem y del Antiguo Testamento. La eficacia de los venenos y de los antídotos del lenguaje consisten en creerlos, en habitar en ellos como se habita en una casa o en nuestras propias mentes, incluso, advertir que de sus leyes son absolutas e indestructibles y no podemos construir otras leyes capaces de contrarestarlos. Todo lo que existe es por una necesidad, por una causa que lo generó, el hombre es parte de la naturaleza y por lo tanto también es una necesidad sujeta a leyes, estamos aquí en presencia de uno de los gérmenes del materialismo, pero sus límites son precisos; el hombre no es libre, ciertamente, está determinado por relaciones de producción que las contrae necesaria e involuntariamente[3], pero para Baruch, está sometido a Dios, el único ser verdaderamente libre, escaparse del Herem es lo mismo que negar esa afirmación, es un ataque a su propia defensa.
Vemos pues, que para Baruch, la necesidad universal equiparado con ese dios tan particular que sólo a él le corresponde la libertad, lo encamina paradójicamente a la solución a un importante problema: la libertad y la necesidad. Como hemos dicho, el Herem para Baruch representaba la Ley, aunque fuertemente cuestionada desde su posición empírica y racional, esta Ley continuaba siendo una extensión de la necesidad universal a la cual todo lo que existe-incluso el hombre y la sociedad-está sujeto a ella. Desde esta perspectiva, luchar en contra del Herem y elucubrar un contra conjuro para elevarse espiritualmente significaba luchar por su propia libertad. Libertad que manifestaba límites precisos, libertad a la cual teníamos acceso a través de la conciencia de la necesidad: ser maldito, vagar con posibilidad de ser aniquilado en alguna calle de la ciudad es parte de una necesidad a la que sólo podemos someternos; aquel que no logra entender que hay una necesidad superior a nuestros deseos es esclavo, por el contrario, aquel que acepta que lo sucedido es necesario, es libre. Sin duda alguna, la modernidad iba en boca de Baruch de Espinoza. Resta decir que muy a pesar de ella, la eficacia del contra conjuro se igualó al anatema que lo desató todo, incluso, que dio lugar al desarrollo de la mente más brillante de su época; y que hubo a partir del descubrimiento de su libertad una escisión implacable: por un lado, el hombre racional, iluminado y conciente de su responsabilidad moral que se somete, porqué no, a una esclavitud conciente; del otro, el hombre práctico que se alista a las filas de Jan Witt con los orangistas para cambiarlo todo, el hombre que propone la instauración de una democracia( por cierto, se trataba de la democracia burguesa) capaz de permitir que la filosofía-filosofía espinosiana-pudiera cultivarse con libertad. Esta escisión va a ser resuelta no sin antes pasar por el tamiz hegeliano de la historicidad de la necesidad, hasta arribar a la más acabada de las formas de pensar la realidad, es decir, el materialismo dialéctico de Marx y Engels que dará los pasos necesarios que no pudieron darse anteriormente.
[1] El siglo 20 recientemente pasado conoce algo muy similar, sólo que no se trata de una persona, sino de una isla llamada Cuba.
[2] Así le llamó Jorge Luis Borges en su poema titulado "Spinoza".
[3] Prólogo de la "Contribución a la critica de la economía política". Karl Marx.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Fe en el caos

Primer dato curioso: Recuerdo, canción de un cantautor español que cuenta la historia de un hombre que cree encontrar a un viejo amor en el subte, pero se equivoca.

Segundo dato curioso: Inducido por un imprevisto decidí viajar en colectivo

Tercer dato curioso: nunca había utilizado el colectivo para ir a trabajar.

Cuarto dato curioso (este dato de tinte novelesco): corrí para alcanzar el colectivo.

Quinto dato curioso: ella iba en el mismo colectivo.

II

Está decidido, sé que luego de acabar de escribir esto, voy a tener que destruirlo: nadie puede leer este relato. Tengo mis motivos para pensar así, y son los mismos que me impulsan a escribir. Porque claro, al enumerar las concomitancias que me llevaron a subir ese colectivo, y organizarlas de manera favorable es como trazar un modelo matemático de mi propio destino. Y es que todo destino, sea lo que sea lo que se considere como destino tiene algo de inoportuno e ineludible.
Pero viéndolo más detenidamente, veo que el modelo es demasiado precario por la simple razón de que no puede predecir-si es que se llegara a la conclusión de que es un modelo matemático-un suceso venidero. Y es aquí donde interrumpo mi paso y acepto la destrucción del relato al final. Pero voy a intentar ordenar los sucesos para delinear debidamente mi presunto modelo.
Desde acá veo que los hechos más curiosos cobran mayor importancia cuando los ordeno en función de lo que me interesa: el encuentro con ella en el colectivo. Sin ella, este relato no existiría, no valdría la pena decir nada. Y ,aunque el intento fuera con resuelto interés destructivo, eliminar esta narración afirma el primero de los principios: sólo tienen valor los acontecimientos que provoca una posterior contingencia.


III
Lo más lógico sería pensar que psicológicamente me preparé para subir al colectivo, que lo que deseaba era encontrar a ese amor cantado por el cantautor español, subido en él. Este es un argumento difícil de rehusar, hasta podemos incluir aquí el segundo principio que rige el modelo: soy yo el que le otorga valor al suceso, dicho de otro modo, el orden se corresponde a mi interés. Segundo principio. Se podría cuestionar éste principio diciendo que está primero que el primero y que el primero es el segundo. No, un accidente no depende de nuestra valoración psicológica, ocurre independiente de ella.
Este es mi destino transitorio porque lo que ocurra o no dentro del ordenamiento convenido por mi interés personal es lo que rompe con el caos previo al suceso mismo.

IV

Yo veo el futuro, me precipito frugalmente sobre lo que va a pasar, incluso sea un desenlace fatal; mientras que ella sólo va ver el pasado, va a mirar hacia atrás y va a ordenar todo a partir de nuestro encuentro en el colectivo y va a entender forzosamente que tuvo que pasar aunque en un orden aleatorio y accidentado pero inexorable.


V

Si sólo tienen valor los acontecimientos posteriores, el modelo o cualquier modelo naufragaría en frivolidades si no hay una participación consciente.

VI
Si las cosas se repiten, hay que aprender cómo se repiten, incluso, mirándola a través del vidrio del colectivo preso de una ensoñación literaria, ensayo una tentativa de nombre, y nada de nada, no se me ocurre ningún nombre, hasta me parece estúpido pensar en algo que sólo puedo tener acceso preguntándole. Pasó, y me sentí parte de una canción o de un manuscrito, o como una mosca atrapada en una telaraña. Era yo y esa tela pegajosa que uno razona simétricamente pensando que se trata de algo dispuesto para uno, maquinado para uno, si uno se suma a esa vocecita minúscula que brota suavemente de su boca. Giró su canto hacia el pasillo para que lo atrapase yo que estaba anclado a uno de los asientos de atrás. Me até a esa hilera vacía cuando la vi subir y escoger ese asiento, justo delante de mí. De ahí en más, la telaraña. Poco después, en medio del remordimiento por no haberla hablado voy a recordar la canción que con mi pésimo oído no pude desentrañar a tiempo.
Cantaba:

“...quiero que no me abandones,
amor mío al alba, al alba al alba...”

no me bajé del colectivo, no la abordé con ningún discurso torpe para parecer dominado por una batalla interna desatada sólo para conocerla: hasta ahí duraba la telaraña. En adelante, es decir, ahora mismo el caos completo me tiene aquí parado, calculando las probabilidades de que descendiese donde la vi bajar esa noche con las bolsas de supermercado. Y buscarla de este modo, me parece tan estúpido como me parecía hallarle un nombre sin preguntarle. Buscarla es más estúpido. Debería desistir de este asunto, a esta altura cada vez más incómodo, porque pensándolo bien va a pensar que estoy loco, aunque mis argumentos
sean totalmente racionales y tenga por lo menos dos principios irrefutables que me condujeron hasta ella. He cambiado, la eventualidad de aquella noche, es esta misma noche, en esta parada de colectivo de la que solo yo puedo testimoniar. Desde esta perspectiva, lo estúpido pierde firmeza. Estoy convencido que ella entendería eso, sin duda le interesaría conocer el motivo por el que la telaraña dejo de ser telaraña por un instante para convertirse en ese colectivo. Con seguridad lo entendía antes que yo porque cuando tarareaba su canción, mirándome de reojo me lo advertía, me invitaba a cantar junto a ella, a deslizarme por algún intersticio y filtrarme de mis propias preocupaciones; me proponía una escaramuza. Por el segundo principio deduzco el tercero que depende exclusivamente del factor tiempo. Conocerla ahora para mi es importante, representa un enigma vital; estar parado aquí esperando la ocasión para tejer nuestra telaraña común ha alterado mi propio ser, ha producido una sublevación al caos anterior en el que me había comportado establemente como si se tratase de la mismísima muerte. Esta rebelión se inició luego de concluir otra rebelión, luego de haber fulminado las trabas que me impuse para no hablarla en ese momento. Entonces, el modelo quedaría de este modo:

-Contingencia
-Interés
-Revolución

viéndolo ahora con mayor claridad, comprendo que las cosas tienen su tiempo justo, las cosas en la vida; incluso, hallarla nuevamente forma parte de un modelo que vamos diseñando en la medida de nuestras posibilidades, de nuestros propios principios rectores que se arman y deshacen simultáneamente. Diría que perder fe en el caos, en los desordenes que vivimos al que nos sumimos pasivamente es un paso a la vida, a los ordenes que nos permiten vivenciar cuando es oportuno y en la medida que corresponde, de hecho, mientras mi corazón ha comenzado a palpitar en señal de que ella está a punto de bajar del colectivo, estoy listo para recibirla yo con una nueva canción.

Marta

A la tarde, frente al parque
Marta se muestra en su peso específico
Y no es que hablar de peso signifique
Una piedra o una manzana
Sino el valor terrestre de sus achaques y sus infiernos personales

A la tarde, Marta comprende al amor tullido
Critico prescripto que la molía con verbos y adjetivos
Porque lo específico de su peso
Le dio alas y escudo para decretar huelgas y ataques
Al opresor tan bien educado de frente pequeña y ojos confusos
Que sale de la casa tirando pedos molesto

Marta, tragando viento contento, respira
Y me llama Danielo como lo hace cuando la felicidad le hace cosquillas
Y me hereda las sandalias voladoras marca Perseo
Ráfagas de porvenir y una lámpara para alimentarme
Los días de liberación como éste en que Marta
Por fin respira viento contento y frutal
Y sonríe.

A mi madre.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Uno

II

El agua cubría los cordones de la calle y con cada auto que pasaba las olas progresaban hasta la entrada del bar. La lluvia se hacía poderosa y la charla se apagaba. O se iba caminando, o pedía una cerveza como para atenuar la munición de Barrientos. Ya lo había escuchado de boca de Camilo, su padrino de casamiento que le diagnosticaba una enfermedad típica de verano y le prescribía otra minita como medicamento. La sabiduría popular es irrefutable, repetía Camilo tirado en el sofá cama, mientras, Salvador calentaba con un sol feo: un clavo saca a otro, posta. Para la tercera cerveza los paréntesis que se habrían y cerraban entre las posibilidades del Santo de mantener la categoría y la manipulación del INDEC en los índices de inflación, no interesaban demasiado, incluso cualquiera podría suponer que acordaban escudriñar un poco en sus cabezas antes de retomar la conversación.
-Don Barrientos, no sé para usted pero para mi que ser mujer no le da derecho a cagarnos del modo en que lo hace, o va a decirme que desde que está en el gobierno la cosa ha mejorado algo-...Cuando la atmósfera del bar se había asimilado al violento estallido de los goterones en el toldo, una especie de arrebato experimental de algún melómano enfermo: de música y de animo, los gritos y corridas de una parejita de adolescentes los trajo de nuevo a la conciencia de naufragio. Los adolescentes sonreían y hablaban en voz alta, tan alta que retumbaba en todo el bar. Todos miraron como si de una aparición o de una visión se tratase. La adolescente con el jeans arremangado hasta las rodillas y con las zapatillas en las manos besaba a su enamorado, y entre beso y risa, chapoteaban en el agua que ya cubría toda la vereda. Los adolescentes eran estúpidos, reían por cualquier motivo, se notaba cómo la lluvia les causaba un hondo deleite; poco se entendía lo que articulaban para comunicarse, para ellos bastaba sólo con articular, mirarse y bautizarse cada vez que se nombraban. Definitivamente estúpidos, como se sentía Salvador cuando despertaba últimamente pensando un nuevo plan para encontrarse con Claudia. Era un estúpido exigido, a pesar de que la situación lo hacía sentirse más inteligente, un importante estadista preocupado por el devenir de los sucesos, el sentimiento de saberse dominado por el amor lo avergonzaba. Una cresta oscura comenzó a crecer en la bocacalle, dos bolsas plásticas, gordas de basura que se chocaron en un vertiginoso remolino improvisaron un dique. De un salto, el adolescente enamorado ahora ninja sudaca, pateó fuertemente las bolsas. Tripas de cáscaras de naranja, pulmones de botellas de champú, bilis de palitos de yerba usada, páncreas de servilletas de cocina, restos de comida hechos corazón. El dique quedó desecho y una mancha aceitosa formaba una larga tira multicolor. Todo al río Salí, caviló Barrientos evocando la inquebrantable queja de su esposa por el olor a podrido que entraba por la ventana en el verano. El lamento era lo menos perturbador, lo intolerable, lo que a su entender correspondía a una exoneración dudosa, lo cual significaba peligro permanente y cuidados por un sorpresivo castigo que nunca llegaba, era que desde que se enteró de su infidelidad, la Nery, su esposa, esa mujer aburguesada que le dio tres hijos y cuentas bancarias, nada había dicho ni hecho. Claro que sabía lo que representaba un encajetamiento con una pendeja. Lo sabía, y todavía adeudaba el escarmiento por conjurarse a una eternidad moral con testigos en el civil, y con dios de juez, que no pudo sostener. Vivió la trasformación de la Nery en una mujer de iglesia, yendo y viniendo de procesión en procesión, de virgen en virgen, encendiendo velas a las estampitas que se acopiaban frente a lo que antes fue un toilette como una farsa para distraerlo. Barrientos no dudaba de que la omisión de la infidelidad respondía a la elaboración de una terrible venganza, de hecho, ya había empezado a considerar a la Nery como a un verdugo que disfrutaba prolongando la agonía al torturar. La agonía, su propia agonía se apoderaba de los sueños, de los momentos antes de dormir esperando un zarpazo bestial que quitase de sus mentes las sospechas y las decepciones, que materializase el odio escondido y que colmase la necesidad de culpa, pero fundamentalmente de castigo. Barrientos creía que el castigo le devolvería algo de fe, esperaba firmemente la redención de la dignidad que le otorgó el delito irresistible de amar a la Luciana.

Mala poesía

Busquen y van a encontrar
Que cuando dije:

Me hizo real, en el entretiempo ese, seductor y algo voluptuoso de matar el tiempo

Lo dije pensando que ella revivía lo que yo mataba
Murmure :

Los días ya no me persuaden

Cuando me hizo saber que ya no era su farsante predilecto
Escribí:
Algún día vamos a probar esa calabaza
Nos deslizaremos por su jardín
Perfumados con saliva de sueños hacia Ese verde
Que huye de nuestras risas
Para hablar sobre nuestro hallazgo
Y de nuestro permanente desencuentro
Busquen y van a encontrar que conté a varios sobre Caperucita Feroz y el Lobo Rojo
Sobre sus Manos Temperamentales
Y sobre el cuervo que antes le picaba su cerebro violeta
Que convertí en cartero al mozo del café
Con una carta que ella nunca buscó
Le dediqué una novela
Un poema que ella hizo canción
Pero nada de eso bastó
Faltaba algo más
Algo así como un poema
Un poema que sin embargo
No era para ella
Que no era para nadie que dice así:
Andan caminando las ganas todas
De ensartarle el diente

A la mejor amiga de la mujer que me gusta

Y como por obra de un Barba Azul cualquiera ella habló:

No me lastimó, me dio asco, tengo el ego heridísimo

No me busques más, vos rara vez sabés escribir.
Yo con esa lava que ardía en mi cara
Aprendí que era poeta
En defensa
Ciego palpando la falta de todo
Escribí:
Esa moral te hace tonta
Te afea
Ciego le repartía:
Beso, querida
Gracias por el fuego.