miércoles, 8 de septiembre de 2010

Uno

II

El agua cubría los cordones de la calle y con cada auto que pasaba las olas progresaban hasta la entrada del bar. La lluvia se hacía poderosa y la charla se apagaba. O se iba caminando, o pedía una cerveza como para atenuar la munición de Barrientos. Ya lo había escuchado de boca de Camilo, su padrino de casamiento que le diagnosticaba una enfermedad típica de verano y le prescribía otra minita como medicamento. La sabiduría popular es irrefutable, repetía Camilo tirado en el sofá cama, mientras, Salvador calentaba con un sol feo: un clavo saca a otro, posta. Para la tercera cerveza los paréntesis que se habrían y cerraban entre las posibilidades del Santo de mantener la categoría y la manipulación del INDEC en los índices de inflación, no interesaban demasiado, incluso cualquiera podría suponer que acordaban escudriñar un poco en sus cabezas antes de retomar la conversación.
-Don Barrientos, no sé para usted pero para mi que ser mujer no le da derecho a cagarnos del modo en que lo hace, o va a decirme que desde que está en el gobierno la cosa ha mejorado algo-...Cuando la atmósfera del bar se había asimilado al violento estallido de los goterones en el toldo, una especie de arrebato experimental de algún melómano enfermo: de música y de animo, los gritos y corridas de una parejita de adolescentes los trajo de nuevo a la conciencia de naufragio. Los adolescentes sonreían y hablaban en voz alta, tan alta que retumbaba en todo el bar. Todos miraron como si de una aparición o de una visión se tratase. La adolescente con el jeans arremangado hasta las rodillas y con las zapatillas en las manos besaba a su enamorado, y entre beso y risa, chapoteaban en el agua que ya cubría toda la vereda. Los adolescentes eran estúpidos, reían por cualquier motivo, se notaba cómo la lluvia les causaba un hondo deleite; poco se entendía lo que articulaban para comunicarse, para ellos bastaba sólo con articular, mirarse y bautizarse cada vez que se nombraban. Definitivamente estúpidos, como se sentía Salvador cuando despertaba últimamente pensando un nuevo plan para encontrarse con Claudia. Era un estúpido exigido, a pesar de que la situación lo hacía sentirse más inteligente, un importante estadista preocupado por el devenir de los sucesos, el sentimiento de saberse dominado por el amor lo avergonzaba. Una cresta oscura comenzó a crecer en la bocacalle, dos bolsas plásticas, gordas de basura que se chocaron en un vertiginoso remolino improvisaron un dique. De un salto, el adolescente enamorado ahora ninja sudaca, pateó fuertemente las bolsas. Tripas de cáscaras de naranja, pulmones de botellas de champú, bilis de palitos de yerba usada, páncreas de servilletas de cocina, restos de comida hechos corazón. El dique quedó desecho y una mancha aceitosa formaba una larga tira multicolor. Todo al río Salí, caviló Barrientos evocando la inquebrantable queja de su esposa por el olor a podrido que entraba por la ventana en el verano. El lamento era lo menos perturbador, lo intolerable, lo que a su entender correspondía a una exoneración dudosa, lo cual significaba peligro permanente y cuidados por un sorpresivo castigo que nunca llegaba, era que desde que se enteró de su infidelidad, la Nery, su esposa, esa mujer aburguesada que le dio tres hijos y cuentas bancarias, nada había dicho ni hecho. Claro que sabía lo que representaba un encajetamiento con una pendeja. Lo sabía, y todavía adeudaba el escarmiento por conjurarse a una eternidad moral con testigos en el civil, y con dios de juez, que no pudo sostener. Vivió la trasformación de la Nery en una mujer de iglesia, yendo y viniendo de procesión en procesión, de virgen en virgen, encendiendo velas a las estampitas que se acopiaban frente a lo que antes fue un toilette como una farsa para distraerlo. Barrientos no dudaba de que la omisión de la infidelidad respondía a la elaboración de una terrible venganza, de hecho, ya había empezado a considerar a la Nery como a un verdugo que disfrutaba prolongando la agonía al torturar. La agonía, su propia agonía se apoderaba de los sueños, de los momentos antes de dormir esperando un zarpazo bestial que quitase de sus mentes las sospechas y las decepciones, que materializase el odio escondido y que colmase la necesidad de culpa, pero fundamentalmente de castigo. Barrientos creía que el castigo le devolvería algo de fe, esperaba firmemente la redención de la dignidad que le otorgó el delito irresistible de amar a la Luciana.