jueves, 26 de marzo de 2009

La caja infinita

Jorge cerró el libro, y la breve descarga le devolvió lo que su memoria le había vedado. La historia junto con la dedicatoria final, versaban su nombre completo. El olvido-había aprendido ya-era la representación más flagrante de la densidad del tiempo. Pero esta flagrante omisión respondía a otra situación. Lo primero que se le vino a la mente fue atribuírselo a la edad y a la lejanía-se cumplían dos meses que el único contacto con su madre era epistolar. Allí, aislado, en ese estado salvaje que le concedía la agitación inusitada que lo hizo sucumbir, y que pensó jamás ceder ante ella del modo en que lo hizo, lo condujo a una casa en el paisaje impresionista de las sierras de Calamuchita. Luego, con un poco más de pensamiento, se dijo que se trataba de un plan menor pero incuestionablemente eficaz.¿Era tan poderoso haber sido dominado un instante todavía vago de determinar,por esa esfera increíble?. Sin duda alguna, Jorge cubrió sus ojos oscuros con sus párpados y trató de imaginar el cuerpo interminable de Beatriz, y reconquistó sus propias palabras, al pie de la tumba: Formidable. Sí, formidable. Beatriz apareció con una caja forrada con un lienzo teñido de color rojo intenso. El perímetro completo de la tapa estaba cubierto por un precinto de seda tornasolado; a cada lado del cuadrado que formaba el precinto, se podían contar tres pequeñas inscripciones que a Jorge le costó determinar. Los doce símbolos estaban tallados sobre la madera y resaltaban sus bordes con un color rojo, superior al de totalidad de la caja. Jorge Luis doblemente desafiado por Beatriz Helena, el imponente deseo de mirarla llegar siempre resplandeciente y lujuriosa; y por una respuesta tan inmediata como la compunción que le seguiría.- ¿decime qué tiene la caja?. Carlos Argentino, rompió el silencio infinito que sucedió a la replica de Jorge Luis, con el taco del zapato.-¿no te dije, che, que es mejor no recibir sorpresas divinas?.La popular indiferencia hacia Carlos Argentino Daneri, era algo inadmisible de rehusar. Y Jorge Luis, aunque poco partidario al sentimiento público la consintió sinceramente.El sortilegio de sus párpados culminó frugalmente la imagen difusa que conservaba Borges de Daneri. Su voz languideció tímidamente en los tirantes de quebracho que sostenían el techo de la casa. La joven asistente que minutos antes le había leído el cuento arrastra sus pies por la sala anunciando su presencia.-En el baúl donde guardo los libros de mis ancestros vas a encontrar una caja de madera. La necesito.Haber vivenciado el Aleph, y visto desde su posible falsedad, la convergencia de todos los puntos del universo, haber visto al universo mismo desde todos los puntos posibles, haberse visto, claro, treinta años atrás, y también muchos años después, ciego y cerrando un libro, y evocando el dominio conjetural de un esfera de unos pocos centímetros de diámetro, tendría que cobrarse la precariedad de su propia fatalidad.Lo conmocionó la misteriosa distancia que mantuvo todo este tiempo de la caja, pero lo estremecía menos que saber que nunca la abrió.El movimiento aparente del tiempo-pensó para si Jorge Luis Borges esa misma tarde-se ha burlado de mi y me ha confiado la más siniestra de las presunciones. Recordar tiene su costo.Las pequeñas dosis de Beatriz que se filtraban en su memoria eran como partículas de arena que avanzaban hasta tornarse totalmente abrumadoras. Tanto el Aleph como el cuento eran las puertas para llegar a Beatriz Helena Viterbo, para entonces ese universo que tardó en ser dilucidado por Borges, el universo capaz de encantar y de amenazar, jamás fue librado de la caja de madera.Recordar tiene su costo. No tuvo que pensarlo y la asistente se disipaba en un lugar de la habitación. Acompañó con los dedos la caja que se deslizaba entre sus piernas. Sintió la abominable sensación de ser el único en reconocer aquel cubo de madera. La caja permaneció cerrada más de treinta años y su contenido ya no significaba nada. Beatriz Helena Viterbo desapareció algún día de algún año indistintamente a Carlos Argentino Daneri y sólo Borges entendía la banalidad de la caja. El costo consistía en ser él quien conmemorara los días ocultos de amor. Jorge Luis Borges, el notable y delicioso escritor tomó el libro que estaba sobre la mesa y recorrió con las yemas de los dedos una superficie imperceptible, no pudo evitar pensar en cosas triviales. La esfera se cobró su precio en la memoria desgastada de Borges. Dentro suyo permanecía Beatriz y la red de palabras obscenas con su primo, estaba Borges mismo intentando recordar su propio rostro despues de abrir la caja en una casa en las sierras de Calamuchita.

A M.F.C.

Carta del por-venir

Aproveché para escribir mientras no estás. Se que te hubiese gustado estar, aquí presente, mirándome escribir para vos, recostada en la cama de arena imaginaria en la que se trasforma nuestra cama cuando queremos. Pero no estás, y es mi oportunidad para hablar de vos o lo que es lo mismo, del día en que me di cuenta que estaba siendo feliz. Como sabés, la trama literaria ha cambiado, y por proximidad, las cartas-¿viste que cada vez se escriben menos cartas?-también tienden a cambiar. Entonces, comencé a ser feliz la noche que te abracé fuerte, y vos me preguntaste y yo respondí: “ nada, nada, no pasa nada... estaba soñando”, y regresaste a vivir a tu mundo interior que el despertador se encargaría media hora después de quitártelo. Fue la lluvia, ¿recordás?, comenzamos creyendo en la lluvia antes que en nosotros mismos, antes de creer en la posibilidad de medir el tiempo de otra manera, porque ya hacía rato que venía demasiado acelerado, como decías tan lindo. Ahora que recuerdo, era mediados de Marzo o principios de Abril cuando me mojé frente al enorme vidriado de tu trabajo, esperándote. Fuimos al Hiper a ver una mala película, no recuerdo bien cuál pero me dejó un mal sabor en la boca, y como si hubiésemos atravesado un peligro colosal, salimos aferrados el uno con el otro. La lluvia, ¿recordás?, ya creíamos en ella y nos mojamos sin cuidado camino a casa. Amor mío, algodón de azúcar, bichito de luz, todavía no estaba conciente de que ya estaba siendo feliz, y tuviste que rodar en la cama para hacérmelo saber. Nos sacamos la ropa húmeda, y perfumamos la habitación con olor a piel fresca recién caída del cielo. ¡Ay!, amor mío, eso era un hogar, y afuera la lluvia seguía con la rutina. Nos abrigamos en nuestro sexo hasta el descanso donde solíamos parar para contarnos nuestro día. ¿Te acordás que vos te dormiste escuchando ...

En realidad, amorcito, la lluvia me es completamente indiferente, pero lo que odio con sinceridad, es mojarme. Y ese día, esperándote, los componentes para pasarla mal, se multiplicaban, si hasta tardaste más de lo usual. Como te decía, odio mojarme, pero pude admirarte al verte empapada a la salida del Hiper; ahora entiendo lo que intentabas explicarme cuando me contabas de que existían instantes perfectos. Nadie más que yo podía desearte mejor en ese momento. Yo estaba a tu lado. Si te vieras con mis ojos, mi vida. Todavía tengo grabado en la memoria tu pelo mojado que caía como hilos de agua terrosa sobre tus hombros: ¿te dije que me encantan tus hombros?.

Porque fueron parte de tus hombros los que se desnudaron cuando rodaste en la cama destapándome. Sí, fue ese suceso ordinario que me develó la felicidad. Vida mía, cómo explicarte que ya estabas en mi. Tomé aire como para poner en claro que me correspondía la mitad del cobertor que te habías enroscado en el cuerpo, pero no pude, estaba confundido, y una sensación energizante se apoderaba de mi. No pude resistirme, sentía el corazón con su calor palpitándome en la cara, y te abracé para que supieras que la mitad que me correspondía era tuya, y que estaba siendo feliz.

Bichito de luz, no te enojes si estás enterándote de mi mentira...¿has visto?, me pasó de todo esa noche, y no estaba soñando. De hecho, mientras hago un poco de tiempo te escribo para calmar mi ansiedad adolescente; hoy es nuestra primera cita, y acordamos que yo pasaría a buscarte al trabajo, después, con seguridad vamos a ir a ver una película que a vos te gusta y todavía no me enteré; a la salida te abrasaría con fuerza. Quedan unos minutos. Afuera, la lluvia con la rutina. Me voy a mojar, aunque me enoje.