viernes, 22 de octubre de 2010

Carta olvidada en la escuela de Lutería

Van de la mano, una cosa y la otra, y en el preciso momento en que todos se alborotaban por uno de los fuelles rotos del acordeón, yo te miraba indiscretamente. No me alcanzaba sólo Ingrid, así que me las ingenié para saber cómo te llamabas en la niñez, qué nombre adoptabas cuando eras la actriz de moda o de qué manera cedías al silencio sordo del tiempo que era interrumpido por un diminutivo secreto. Desde entonces, todo era impalpable, ráfagas de luces y sombras que irritaban mis danzas insipientes a tu alrededor. Todo era breve, terribles momentos de sed indescriptible. Afuera del aula, las risas iban perdiendo su tenacidad, y se convertían en ruido de mar o en palabras de amor y de olvido, también de nada. Yo soñaba con besos irremediables, y tampoco me alcanzaba; por eso te miraba, te calculaba como se calcula el pestillo y la cuerda de una recta tangente. Poco después, sentados antes de entrar a esa clase insoportable de corcheas y semicorcheas, vislumbré nuestras mañanas y nuestros días separándonos como el silencio permitido a la hora de esperar la entrada de la música; esa tarde, que para mi era tarde de celebración del batir de alas, me hablaste de tu amado. Serenamente, nos igualabas, nos amontonabas por nuestros gustos musicales o el perfume que preferíamos en las distintas épocas del año.
Yo comenzaba a escribir esta carta con el mismo orgullo que me hizo levantar de la mesa rodeada de amigos para ir a odiar a otro, a uno parecido a mi que tenía monopolizado mis esperanzas. Otro, que no era yo, que se parecía a mi tenía tus alegrías y tristezas, conocía el tamaño de tu alma y dormía en ella evocando vaya a saber qué historia en común. Regresé a mi cama, confiado en que mis caserías estaban hechas trisas pero me equivoqué. Luego, al despertar, comprendí que en cualquier momento, por supuesto, un superlativo aseguraría la llegada de la música, la llegada de nuevas épicas metáforas y desolación que nos acercarían nuevamente. Dije, van de la mano, para decir que el íntimo acertijo no es otra cosa que el homenaje que nos estamos haciendo; el rodeo necesario para retomar el ritmo que nos haga felices y encontrarnos. Una gitana y su perfil arman estas últimas noches para mi.

Alejandra en la vía láctea

En medio de la confusión, lo que les quedaba claro a sus hombres era que de Alejandra sólo se podían esperas dos cosas: su insólita complicación para arquear la espalda, y su fervor por la vía láctea-lo más urgente posible. Yo era uno de los elegidos. Digo era porque mi desempeño como hombre de Alejandra proscribió repentinamente como suele suceder con todos. Ninguno, creo que ninguno de nosotros, los que fuimos su panegírico y a la brevedad como por obra de magia, un insulto en su vida, dudamos de si alguna vez Alejandra amó. Era un hecho, pero jamás se nos pasaría por la cabeza que uno de nosotros pudiera conseguir tal estatuto. Nos asumíamos como pasajeros de entrada. Naturalmente, junto con el enorme caudal de preceptos que debíamos aprendernos antes de perderla, tampoco sospechábamos de todos sus hombres. Alejandra era, mejor dicho, es un mujer de muchos hombres. En mi vida apareció casi disimuladamente; para entonces, yo me adjudicaba una incapacidad congénita para el fracaso, así que su llegada a mi fue imperceptible, en medio de una ceguera. Al poco tiempo como cuando nos fijamos en los movimientos que estamos ejecutando al andar en bicicleta y perdemos el equilibrio, también perdí a Alejandra. Pero mi pensamiento no se agotó con la caída, hasta el día de hoy me asaltan los recuerdos, los pedidos, los caprichos de una mujer habituada a vivir según sus antojos y la abnegación de sus amantes. Ese era el primer precepto que debía uno aprender, la capacidad de sacrificio era la clave para que Alejandra se decidiera o no por un hombre. Luego venían otros, como la limitación para las conversaciones, se exigía más acción, menos palabras, chamuye a la basura; se tomaba la palabra en el momento justo, ni más ni menos. Palabras como “chupá pendeja” o “ponéte a cuatro” podían trasformar a Alejandra en una materia en estado de implosión vital...

En definitiva, lo que Alejandra esperaba era cierta ferocidad en sus hombres; ferocidad tanto en la cama como fuera de ella, ferocidad sin ser bestiales ni brutos sino peligrosos.

Lo que aprendí de ella fue sencillamente eso, el peligro. Con sus hombres, Alejandra se acercaba al peligro, lo tanteaba como nos tanteaba a nosotros sopesando nuestras erecciones, y aunque su drama sea un misterio para muchos, Alejandra sospechaba de todos los que elegía. Un buen día eso se descubre y todo termina. La sospecha, el peligro constituían los principios rectores de la vida de Alejandra. Lo que a muchos compañeros de trabajo se daba en llamar como gajos de frutas maduras en las noches eran simplemente unos labios carnosos recubiertos de saliva fresca y húmeda; lo que llamaban “buen para de tetas”, eran vértices del cuerpo de Alejandra que se agitaban sobre el cuerpo de sus amantes cuando los montaba; lo que muchos no dudaban en llamar perfume exquisito, en Alejandra se convertía en brisa suave y cálida de primavera. Alejandra era la tierra y sus finales posibles. Las propiedades elementales de Alejandra consistían en ser más compleja de lo que se suponía, y exigía igual elaboración a todos sus amantes. Muy pocas veces conseguía esa devolución, por lo que se veía en ocasión de hacer alguna concesión a cambio, en ese caso el amante debía mínimamente reconocer la complejidad en ella. Cabía la posibilidad que tantos requerimientos arrastrarían detractores, quienes con todo el rencor que antes fue amor y sus sinónimos, hablaban de una Alejandra ajena, una Alejandra “vulvática”, una Alejandra física. Pienso que no se equivocaron ni siquiera ellos, porque Alejandra era todo eso, era su cuerpo también. Fundamentaban esa opinión en la devoción de Alejandra por la vía láctea, en eso, afirmo yo que me he enamorado de Alejandra, y también la he odiado, se equivocan.

Pasar una noche envuelto por el manto de sudor de Alejandra, escuchar en el momento menos esperado un precario alarido implorando alucinadamente que le entregásemos nuestra vía láctea-que uno no puede más que oponer muy poca resistencia a tan primitivo pedido-era el efecto, no la causa. Para Alejandra, la vía láctea eran mundos probables, universos en que ella se figuraba diferente y poderosa. La vía láctea que conseguía compulsivamente de nosotros sus hombres, para Alejandra lo era todo, incluso, la muerte.

El peligro de esa colectividad de emergencias con olor a semen libraba de toda sospecha a la verdadera Alejandra. Porque lo que la eximía de toda maldad era que soñaba con una galaxia en su panza, una pequeña estrella que ninguno de los dioses que había amado podía proporcionarle.

martes, 19 de octubre de 2010

Chateando la gente se entiende

Eya dice:
el jueves próximo vuelvo de México y vamos a Plaza de Almas
Yo digo:
...y con ésta van tres, y nada, che...vos hacés y deshacés
Eya dice:
tomálo o déjalo
Yo digo:
¿no te digo que te servís sola?
Eya dice:
vos me querés sólo para garchar
Yo digo:
¿cómo vas a ir vestida?
Eya dice:
provocativa, con un gran escote
Yo digo:
doy fe que sos provocativa
Eya dice:
ves, sólo sexo querés de mi
Yo digo:
estoy pasando por una etapa distinta
voy a tener que conocerte antes
Eya dice:
¿querés que vaya así?
Yo digo:
linda fotito
si vas así voy a creer que sólo querés sexo de mi
Eya dice:
vamos a ver...
soy muy exigente
Yo digo:
por el momento tu exigencia me excluye
Eya dice:
porque vos sólo me querés garchar
¿o no?
Yo digo:
estoy confundido
quiero decir, pasando por un momento infinito
Eya dice:
me hacés reír, si querés sexo sólo tenés que decirlo
Yo digo:
¿por qué querés conocerme?
Eya dice:
me parecés un tipo interesante
Yo digo:
¡ah! Claro, entiendo
por eso de la riqueza cognitiva, etc, etc
Eya dice:
además
Yo digo:
¿además qué?
Eya dice:
no sé
no quiero explicarlo..¿vas o no vas?
Yo digo:
llamáme cuando termine mi momento
Eya dice:
me estás jodiendo
Yo digo:
hablo en serio, sino cambiate de ropa
Eya dice:
a veces no te entiendo
capaz que sos un pelotudo que se hace el inteligente
Yo digo:
¿ves que te servís sola?
¿qué es lo que vos querés?
sólo tenés que decirlo
Eya dice:
no sé, qué se yo, tomar algo y si tiene que pasar que pase
Yo digo:
¿qué podría pasar?
Eya dice:
ves, vos sólo querés sexo
Yo digo:
tengo que conocerte antes
¿no te parece?
ya sé cómo resolver el acertijo
el jueves cuando vuelvas de tu viaje tenés dos opciones
llamar o no llamar
si llamás va a ser para preguntarme si me gustaría que fueras sin ropa interior a nuestra cita
si no llamás voy a pensar que sólo querés sexo conmigo.

martes, 12 de octubre de 2010

De generación


La Pip que lo parió, dijo el más Pip del barrio, sin advertir que le iban a romper el pip. Dicho y hecho, le abrieron el Pip a más no poder. Pero le gustó al más Pip del bario, así que hizo de esa negligencia una módica vida. De más está hablar de los autores intelectuales, y los no tanto, de la devoción por el Pip del más Pip del barrio. Porque éstos Pip de Pip que con tanta frecuencia se paraban en la esquina a drogarse y a manosear a las pendejitas Pip que se dejaban Pip por una tarjeta para el celular, jamás se imaginarían- pongámoslo de éste modo: la corteza cerebral de éstos individuos indeseables, se asemejaba a la de un Bonobo en etapa de gestación, así que de imaginación ni hablar-transformados en autores, y mucho menos en intelectuales (siguiendo el hilo conductor que indica este camino). En el barrio a eso le dicen PIP, o su equivalente en la jerga futbolera PIP. De todos modos, los muchachos de la esquina, convertidos en el hazme reír de los vecinos, es decir, se les Pip de risa, despertaban la admiración (les Pip las medias) de la nueva vanguardia artística. Romper el Pip se puso de moda, pero rompérselo al más Pip del barrio entre todos, era el pináculo al que aspiraban –alternando siempre entre pegamento y pináculo, pináculo y pegamento. Luego, por puro aburrimiento, romper el Pip perdió su atractivo (si bien la verdad fue otra, siempre vinculada a la desidia que suele existir entre el pináculo y el pegamento) hasta que el más Pip del barrio, harto de ser desatendido en sus necesidades más elementales, y digamos de paso que sus necesidades se reducían a una sola: que le rompieran el Pip la mayor cantidad de veces; propuso una tregua. A cambio, la sublimación. Vector abstracto y puesto en práctica con muy poca frecuencia que introdujo lo que se dio en llamar “Pip en la cara”, incluso conocido “la mejor crema para la piel la obtengo de mi Pip” (según un vecino entrado en años, ilustre viejo de Pip, me contó que en sus años mozos, de muchacho de esquina, esa práctica poseía diversos sinónimos, todos ellos extraídos de la esfera de las gomerías y del hurto de combustible).
Por supuesto que este abrupto y desentendido cambio generó controversias. Los detractores más acérrimos objetaron tal afirmación por carecer de sustento científico, en su lugar propusieron la práctica irrestricta del Teto, o en su defecto, del Sifón. Ésta última solución fue aplaudida por los de la otra vereda, siempre sintiéndose excluidos por los muchachos de la esquina. Todo cambiaría a partir de esa escisión en el barrio. Las mujeres de la otra vereda disfrazadas de Madre, y las que se disfrazaban de Padre para cruzarse a jugar con los muchachos de la esquina adoraban las concupiscencias permitidas en el reglamento de estas novedosas prácticas. Los pies y las manos eran el lenguaje común entre estas gentes. Sin embargo, muy a pesar de haber pasado semanas de abstinencia esperando una resolución favorable, el más Pip del barrio se las ingenió para conciliar a los detractores-teniendo en cuenta que sumaban adeptos día a día-y a los tradicionales muchachos de la esquina que se aburrían con facilidad. Así fue que nació nuestro juego favorito: todos contra todos. Hoy en día, el más Pip del barrio es admirado por todos nosotros, sin reserva, gracias a él cultivamos el gustito porque nos rompan el Pip una que otra vez, siempre y cuando se nos permita Pip a diestra y sinietra. Es posible añadir una enseñanza adicional a ésta historia común: por accidente descubrimos el Pip por nuestro Pip diario, también por accidente nos desilusionamos del Pip que nos Pip los que nos entregan el Pip incondicionalmente.

viernes, 8 de octubre de 2010

Documento 1


En la punta del ovillo hay una gotera. Una gotera dije, que no es cualquier gotera, señores. Estamos en presencia de una gotera envidiable, de esas envidiables goteras que escapan a manuales y a impermeables. Al principio, principalmente hablando, principiamos que nos encontrábamos frente a un coloso que daba la talla en lo que usualmente se principia como un inédito; nada más alejado de la verdad que ansiamos tanto como buscamos. Todos conocíamos la mitología, sencillamente porque nosotros la escribíamos a raja tabla-ella también nos escribe, sigilosamente hablando o escribiendo. La gotera es parte de éste cielo raso, más raso que el raso de los cielos nuestros. Y así en la tierra como en el cielo-raso-convivíamos, de hecho, convivimos actualmente con nuestra gotera. Párrafo aparte se merece la otra punta del ovillo.

De vez en cuando somos capaces de discernir –nótese bien ese de vez en cuando-lo que nos entrega la gotera. En momentos como esos consultamos al mejor de nosotros y lo asediamos con interrogantes, más para distraernos de nuestra existencia que para descubrir la verdad de la gotera. Pienso que nos sería ventajoso conocer la causa en épocas de intensa lluvia, en ocasiones en que poco podemos hablar ya de una gotera; ni los baldes que utilizamos frecuentemente para retenerla nos bastan; como dice nuestro hombre sabio: se ha operado un cambio de calidad. Y la gotera ya no es gotera, es tormenta. Tememos mucho llegar a esa instancia tan poco producente, por eso hemos desterrado de nuestro vocabulario la palabra gotera, y en los manuales donde registramos todos nuestros pobres descubrimientos sobre la vida y sus atributos, arrancamos la página en la que hablamos de la construcción y/o uso de los cielos rasos.

Valoramos los intentos de nuestros jóvenes, siempre sumidos en lo que llamamos rebeldía o actuación, indistintamente. Actuando, nuestros jóvenes se interesan mucho por arrancar las hojas destinadas a descubrir Las elucubraciones del lenguaje, pero las que despiertan una pasión incontenible son las Breves enseñanzas sobre nuestra existencia.
Que ese movimiento en nuestras vidas se alterase, es casi impensable, pero uno nuca sabe; en el manual todavía figuran páginas que hablan de “cierto escandaloso paso tuberculoso y anonadado, anulado, y demás sinónimos”, ahí donde años anteriores figuraba una palabra que daría cuenta de una “cierta cohesión o alianza entre dos extremos que se unen interrumpiendo el paso natural de las cosas.
Nuestro hablar se complica con cada página que vamos arrancando, se intrinca cada vez más. Por eso hemos decidido organizarnos en lo que respecta a la amistad. Como dije, nuestro hablar es demasiado intrincado, por lo que toparse con un amigo y sentarse a hablar, nos puede llevar incluso días enteros, y eso es contra producente, hasta me animaría a decir, destructor. Ante tamaña amenaza, decidimos regular nuestras charlas, o erradicarlas definitivamente de nuestras actividades diarias. Dado que nadie se opuso a la regulación, por unanimidad comenzamos a elaborar nuestro mito colectivo, así surgió la gotera, el más elemental de nuestros mitos, por lo tanto, el más poderoso. Recordemos el nulo, el tubérculo de los extremos que se alían para interrumpir el transcurrir natural de las cosas.

Estas palabra son el nulo, señores. Increíblemente, para poder contarles sobre él es que tuve que transgredir, dividirme, extremarme y aliarme con vaya a saber qué misterioso territorio que me permitiese detener el suceder de las cosas que nos dan la vida. Por supuesto, el mito también es el nulo, pero un nulo incapaz de permitirnos retratar, manifestar, testimoniar, y demás sinónimos, los misteriosos terrenos que permiten detener el suceder natural de las cosas que nos dan la vida. Pensándolo de otra manera, el nulo hasta puede convertirse en un pasatiempo completamente destructivo y arrebatador.

miércoles, 6 de octubre de 2010

En la pagina 33

El animal remoto salta de una página
La que me recuerda el diminuto instante de un cumpleaños
Tenaz ardiendo en versos que aún no son palabras
Y en los ojos esquivos del animal
Recostado ya como un flor seca en medio del libro
Mi rostro se lava de las cosas que me faltan

En la pagina 33 me siento bello
Además un poco más viejo
Y un poco al pedo
Se trata de ella múltiplo de la otra
Esa crítica celebración percibida lejanamente por un ateo
Esas manos apretadas entre entrepiernas balbuceante
Sin la innecesaria contundencia de mi sexo
Ellas
Sobrevivientes de huesos arrancados
Van escribiendo importancia donde no está

Yo
Viejo
También innecesario en partes soy feliz
Casi feliz descansado desde mi biblioteca
Pensé en mí cuando era gigante
Como lo son ellas dos intercambiando ráfagas de viento

Es que el animal remoto es ese casi olvido que nos marca
Una risa de descubrimiento imprescindible
Esa noche que se anuncia
La que parece haber sucedido en la basteza de años anteriores
Una caricia que se nos escapa es
Y que escapa prometiendo nunca más regresar.

martes, 5 de octubre de 2010

Aprendiendo a decir nunca se dice


Presiento. Que una lúgubre gota amarillenta va a sacudir estas calles. No es para nada despreciable, y como dicen los que saben: es mejor, siempre es mejor. Un algarrobo, a continuación el imperio de Kant. Algún robo o posición de decúbito preparada para no golpearse las costillitas escurridizas de niña polimorfa. La fuerza de un hombre es proporcional al paisaje de la poesía innecesaria de la falta de contacto. Alguien me espera, y no es que quiera abrevar, mejor dicho, abreviar la incontinencia de la falta de contacto. Que una lúgubre gota amarillenta va a sacudir estas calles, no es para nada despreciable, mucho menos si se trata de un robo de algo del imperio reluciente de Kant. Porque muchachita, si, si, a usted me dirijo ¿por qué no mira el espejo, suyo, y no el de otro? Se lo digo así: deje de mirar el espejo de los demás y mírese usted que ya hay demasiada poesía, incluso aburrida. Si no me cree, vaya uno a saber, la gota lúgubre se lo va a reprochar, ni qué hablar del imperalisto. Usted, si, si, usted misma es insoportable cuando me pinta de ese modo ¿en algún momento, usted tuvo oportunidad de todo lo contrario, pero me pregunto si quería estar en esa cama?

Cama despeinada, labios suavizados y empalizados, recursos. Libros, y más libros entapiando la rusticidad de la falta de contacto. Su vuelo es leve, su contacto es leve ¿se lo dijeron alguna vez? Alguna vez, alguien se lo diría de esta manera. Aburre. La cama inoxidable en la que me montó, también aburre ¿y a su cama, cuándo piensa invitar?

Veo que las fieras y los celos son su reinado en expansión: niña juguetona, deje de tocarse si no convida. Entre, salga con vida pero a mi no me llore, el triciclo sólo lo manejo yo.

Se ha ganado un rival temible. Apunte, tire, tiré tiros, bang, bang y no atiné, el blanco se hizo mucho menos al centro y fue a parar. Insisto, si tenemos que hablar de tregua, va a tener que invitar a su cama, de lo contrario va a continuar cansada y sedienta.

lunes, 4 de octubre de 2010

La tarde del sábado

Con una seguridad envidiable-también escalofriante-Guada interrumpió mi historia de la rubia de ojos verdes que dejé con el vaso de agua en la mano para decirme que esa era la casa de Silvana. La casa se parecía a las que hay en serie en el barrio Gente de Prensa. En el garaje había un juego de jardín de buena mano, amarillo, cerca, una bicicleta antigua y oxidada; el árbol del frente le garantizó que era la casa de Silvana. Yo no estaba muy convencido, mientras Guada tomaba sus fotitos, intenté recuperar de mi memoria lo que sabía de Silvana. Lo primero que se me vino a la mente fue que era de una familia judía y cosmopolita. Pasó toda su infancia conociendo los lugares más turísticos de la Argentina; en su adolescencia, claro está, supervisada por algún familiar mayor y conocedor, inició sus viajes por Europa y algunos países del norte de América del Sur, en especial Brasil. Estudió en la Escuela Vocacional Sarmiento y como buena sarmientina cumplió con todos los preceptos de su formación con orientación en Ciencias Sociales. Practicó Voley, y sin duda, fue ahí donde nuestros destinos se cruzaron por primera vez. Se enamoró un par de veces, las suficientes para aprender de sus gustos por los hombres altos, desgarbados y enamoradizos (ahí encajo nuevamente yo); también reconoció que se aburre de ellos con facilidad si es que no le proponen nuevas necesidades. Se recibe en tiempo y forma de Psicóloga y comienza a trabajar en un consultorio de la Clínica privada de un tío suyo, neurólogo. Un día, precisamente el 31 de agosto, aproximadamente a las 21 horas, Silvana, decide pasar por el supermercado para hacer unas compras. A eso de las 21:23 horas sube al colectivo con un par de bolsas en cada mano, saca boleto, camina por el pasillo, intercambia una fugaz mirada conmigo-aquí nuestros destinos se cruzan por segunda vez-se apodera de la situación y se sienta cerca de mí. Hasta ese día, y hasta el día de hoy no sabía su nombre, fue Guada la que me dijo que se llamaba Silvana por el momento.
Terminó de sacar sus fotos, y le hice esas observaciones, le señalé cuál era la casa de Silvana, la de la esquina, o la que estaba en frente, cualquiera de las dos era la más apropiada para encontrarla. Consideramos un par más y retomamos el camino de regreso. Pasamos por una Quiniela custodiados por la mirada inquisidora de una vecina, paramos en el almacén de la esquina y vacilamos si preguntar por el paradero de Silvana al almacenero. Decidimos no encontrarla de ese modo. Cruzamos y llegamos a la parada donde bajaría Silvana esa noche del 31 de agosto sin que yo la abordara para nada. Luego de sacar algunas más, Guada rompe su silencio y dice: quizá todo lo que estamos haciendo es para encontrarla, la vamos a encontrar.
Lento, como para variar, horas después, sentado en mi Rémington de algoritmos, pensaría que ya la habíamos encontrado: Silvana está entre nosotros, ya no es una fantasía sólo mía.