lunes, 4 de octubre de 2010

La tarde del sábado

Con una seguridad envidiable-también escalofriante-Guada interrumpió mi historia de la rubia de ojos verdes que dejé con el vaso de agua en la mano para decirme que esa era la casa de Silvana. La casa se parecía a las que hay en serie en el barrio Gente de Prensa. En el garaje había un juego de jardín de buena mano, amarillo, cerca, una bicicleta antigua y oxidada; el árbol del frente le garantizó que era la casa de Silvana. Yo no estaba muy convencido, mientras Guada tomaba sus fotitos, intenté recuperar de mi memoria lo que sabía de Silvana. Lo primero que se me vino a la mente fue que era de una familia judía y cosmopolita. Pasó toda su infancia conociendo los lugares más turísticos de la Argentina; en su adolescencia, claro está, supervisada por algún familiar mayor y conocedor, inició sus viajes por Europa y algunos países del norte de América del Sur, en especial Brasil. Estudió en la Escuela Vocacional Sarmiento y como buena sarmientina cumplió con todos los preceptos de su formación con orientación en Ciencias Sociales. Practicó Voley, y sin duda, fue ahí donde nuestros destinos se cruzaron por primera vez. Se enamoró un par de veces, las suficientes para aprender de sus gustos por los hombres altos, desgarbados y enamoradizos (ahí encajo nuevamente yo); también reconoció que se aburre de ellos con facilidad si es que no le proponen nuevas necesidades. Se recibe en tiempo y forma de Psicóloga y comienza a trabajar en un consultorio de la Clínica privada de un tío suyo, neurólogo. Un día, precisamente el 31 de agosto, aproximadamente a las 21 horas, Silvana, decide pasar por el supermercado para hacer unas compras. A eso de las 21:23 horas sube al colectivo con un par de bolsas en cada mano, saca boleto, camina por el pasillo, intercambia una fugaz mirada conmigo-aquí nuestros destinos se cruzan por segunda vez-se apodera de la situación y se sienta cerca de mí. Hasta ese día, y hasta el día de hoy no sabía su nombre, fue Guada la que me dijo que se llamaba Silvana por el momento.
Terminó de sacar sus fotos, y le hice esas observaciones, le señalé cuál era la casa de Silvana, la de la esquina, o la que estaba en frente, cualquiera de las dos era la más apropiada para encontrarla. Consideramos un par más y retomamos el camino de regreso. Pasamos por una Quiniela custodiados por la mirada inquisidora de una vecina, paramos en el almacén de la esquina y vacilamos si preguntar por el paradero de Silvana al almacenero. Decidimos no encontrarla de ese modo. Cruzamos y llegamos a la parada donde bajaría Silvana esa noche del 31 de agosto sin que yo la abordara para nada. Luego de sacar algunas más, Guada rompe su silencio y dice: quizá todo lo que estamos haciendo es para encontrarla, la vamos a encontrar.
Lento, como para variar, horas después, sentado en mi Rémington de algoritmos, pensaría que ya la habíamos encontrado: Silvana está entre nosotros, ya no es una fantasía sólo mía.