viernes, 31 de julio de 2009

La niña que se miraba los pies


Aprovechaba el último impulso del columpio para alcanzar el rastro de jazmín que dejaba atrás cada vez que subía al cielo. En cualquier momento escucharía a la abuela Matilde llamándolos a todos como una vieja hechicera profiriendo sus conjuros. La esencia de jazmín que le colocaba la delicada tía Sofía, detrás de sus pequeñas orejas y en el torbellino de cabello rojizo que se le amontonaba en la frente, la abrazaba mágicamente al volver de espaldas; como los rulos movedizos que se internan en los remos.

Y la fuerza que la remontaba hacía arriba crecía y crecía hasta poder verse las puntas de las impecables guillerminas que la tía le había regalado el día anterior: señalar los algodones de azúcar anaranjados que flotaban en las alturas. Las vacaciones de invierno eran la combinación exacta de charlas interminables (por ende sin propósito previo más que el de charlar) y atardeceres en el columpio después de empanzarse con mandarinas.

Pero la llegada de la tía Sofía con el regalo alteró provisionalmente la rutina. Valeria se salteó ir a la casa de Marina, la vecinita hija del capataz del ingenio para no ensuciarse los pies. Conocía a Marina desde hacía un montón de años; juntas se sentaban al pie de las plantas a comer mandarinas y nísperos frescos. Terminaban con la boca y las manos pegajosas por el dulce almíbar de las frutas. Ya cuando la tarde huía, salían en bicicleta hasta la casa de doña Ramona, la señora que vendía bollos y rosquetes recién horneados en horno de barro.

Jugaba con sus pies que se escondían y aparecían en el impulso que la remontaba cada vez más alto. La panza se lo pedía, sabía que era miedo a caerse del columpio, y aunque un fabuloso goce se apoderaba de ella dejándola sin respiración en el mismo instante en el que comenzaba a retroceder, frenó. Desde la casa, se escuchó la voz de la abuela Matilde que la llamaba. Saltó del columpio y caminó contando los pasos hasta la ventana de la cocina. La abuela Matilde calentaba agua y leche para la merienda.

En esta oportunidad iría a comprar los bollos y los rosquetes sola. Lo que debía respetarse de principio a fin era no ensuciarse las impecables guillerminas, por eso planeó sostenerse montada a la bicicleta ida y vuelta. El regreso sería el más agotador, la cuesta que debía pedalear a veces se hacía infinita, en ocasiones le pedía a Marina que caminaran ese tramo aburrido. Se concentró sólo para no aflojar a la vuelta. Salió de la casa dejando las huellas de las ruedas marcadas en la tierra arcillosa inconfundible de Pozo del Alto. Tomó el envión de las primeras pedaleadas hasta detenerse para continuar solo en caso necesario. El descenso era lo suficientemente importante como para preocuparse por pedalear, había que dejarse llevar.

Valeria sentía la intermitencia de su cabello flamear, escuchaba los estallidos que hacían en el ripio de la calle las gomas de la bicicleta, todo marchaba sobre ruedas. Cuando sentía la necesidad de darle mayor velocidad a la bicicleta giraba un poco el pedal y continuaba suavemente. Incluso, podía ver primero el pie izquierdo adelantarse y retroceder hasta dar paso al derecho que lo imitaba resueltamente. Se permitió pedalear más de lo necesario para ver ese espectáculo multiplicarse.

Llegó al alambrado de la casa de doña Ramona que sirvió de freno y gritó como lo hacía todos los días. La bolsa de plástico comenzó a sudar por dentro por el calor de los bollos. Aceleró el tramite haciendo caso a las indicaciones de Doña Ramona: calientitos son más ricos. Usó el alambrado para impulsarse y partir. La rueda de adelante vacila entre unas piedras, y pierde por un instante el equilibrio que Valeria recobra parándose sobre los pedales para cambiar el centro de gravedad. Emprendió el camino de regreso.

Los que conocían a Valeria, vaticinaban profesiones para su futuro afines a su obstinación para sostener sus propósitos. Regresar sin bajar de la bicicleta era incuestionable, siquiera lo pensó. Los Gutiérrez la vieron pasar con las bolsas de los bollos y los rosquetes una en cada lado del manubrio y pensaron que Valeria corría peligro. Don Gregorio que cavaba un cordón cuneta con la azada la vio pasar pedaleando a gran velocidad y escuchó el silbido que hacían las bolsas similar los volantines de sus nietos fabricaban.

Los nietos de don Gregorio vieron a Valeria y comenzaron a silbarle y a decirle las groserías de siempre. Valeria comenzaba a sentir que las piernas le ardían y todavía no cubría la mitad del camino. Algo comenzó a andar mal, no era el ardor de las piernas, ni su corazón agitado, ni la mitad del camino infinito que faltaba y que se había propuesto recorrer sin bajarse de la bici; percibía una bamboleo impreciso, una incomodidad cosquilleante. Se miró los pies y por un momento creyó perder el equilibrio. Detenerse era inexorable, debía parar, no había nada en el mundo más importante que eso.

Bajó el pie izquierdo y el derecho lo dejó en el pedal, el polvo le cubrió el pie. Miró con desagrado el desafortunado suceso: pero la silleta de la bicicleta concentraba toda su atención.

Al llegar a casa el aroma inconfundible del café con leche salió a cortarle el paso. Entró por la cocina y fue a recobrar a sus ahora no tan impecables guillerminas. Pasó por el comedor en medio de barullo de hermanos, tíos y abuelos hablando en simultaneo. En la mesa había torta de chocolate y posillos repletos de miel de abeja. Encontró la gamuza que le pertenecía al abuelo Alberto que nunca conoció en la pieza de la abuela.

Se limpió las guillerminas y se sentó a la mesa a pelear con su hermano menor por una porción de torta. Que se repitan los días, era el mayor de los anhelos de Valeria en la vacaciones. Lo que para los adultos significaba el derrotero interminable de sucesos paralelos, para un niño es un fuente inagotable de sucesos incomparables. Que se repitan las violencias de los descubrimientos, la intranquilidad de las búsquedas, los espantos desconocidos y los furibundos mitos que respetar. La pobreza es no desear que se repitan los días.

Evacuar los más rápido posible la mesa después de llenarse la panza era señal de mala educación y de fruición descarada. El atardecer se repitió pero se alteró abruptamente con la noche y su estrellado techo azul. La tía Sofía transformada en olores nocturnos, en aroma a piel cálida mezclada con perfume y sudor de tarde de tortas de chocolate y ron cubano clandestino. Pero al ver a la tía Sofía mirándose al espejo, se recordó a ella misma descubriéndose en el baño con un pequeño espejito que usaba su mamá para depilarse las cejas. Se miró ahí abajo, donde sintió esa terrible corriente pasar cuando estaba sentada escuchando la tormenta liberar miles de aplausos en el techo de chapa del garaje.

Era la tormenta de Santa Rosa que tanto esperaba angustiada su mamá rezándole a todos los santos que apilaba en el aparador junto al reloj de madera vetusto e inservible. El espectáculo de la lluvia la estimulaba frenéticamente. Todo debía cumplirse según la ceremonia acostumbrada: ubicar la silla de mimbre-que estaba solitaria en el living y que usaban para poner diarios y revistas viejas-en el único lugar de la casa con techo de chapa: el taller del papá donde hacía los trabajos de lutería. El enorme ventanal que daba al fondo de la casa, la arrasaba con el olor inicial de la tierra y el pasto mojado. Con esas fragancias del mundo, Valeria inauguraba su propio cuerpo.

Una ambulancia bifurcó el ritmo de la habitación, Pearl Jam socorrido y sacado por la ventana la devolvía al latido ensordecedor de su corazón. La tía Sofía, se volvió enojada por el atropello y subió el volumen del grabador. Miró a Valeria y con una sonrisa en la cara le pidió que le alcanzara la ropa interior que estaba en su cama. Valeria obedeció.

Al regresar con la ropa en la mano el cuerpo desnudo de la tía Sofía la encandiló. De espaldas, con el cabello suelto que le cubría las escápulas pero que dejaba al descubierto los hombros puntudos y amplios que las horas natación en Valladares había amasado; un canal alargado y suave se interrumpía en los grandes gajos carnosos de la cola. Valeria se acercó estimulada por la visión y vio algo nuevo, algo que su espejo no le había revelado aún: vio el pubis velludo de la tía Sofía. Corrió la mirada rápidamente para que la tía no viera su interés y se sentó en la cama.

-Esa canción habla de un chico que pierde a su novia en un accidente de autos, él le pide a Dios que le de la oportunidad de despedirse de ella con un beso ¿No te parece una linda historia, Vale?

Valeria no contestó, Valeria era sólo Valeria y nada podía quebrantar su intimidad en ese momento. La tía Sofía la dejó como se quedó: sola, apretando las impecables guillerminas para no dejar escapar la corriente que venía de ahí abajo.

viernes, 24 de julio de 2009

Una mujer (con flequillo) desnuda y en lo oscuro

Había dicho que no le importaban los firuletes ni las resistencias aparentes, ella había elegido bailar a mi lado lejos de cualquier arbitrariedad de la suerte. Se acercaba-me cercaba mejor dicho, porque de a poco cerraba una espiral trazada de antemano a mi alrededor-como una fiera servida a la saña de la casería
Una vez excluido de los onanistas literarios sospeché que la vida tomaría otro rumbo, lo cual en parte fue cierto, como lo demuestra la visita de Natalia a mi casa. La parte que continuaba siendo igual era aquella de “... Te voy a coger con las palabras y después te voy a coger de verdad...”, que las dije confiado como un nene en el poder de las mismas-razones o pezones en todo caso. Comenzó a estridular, frotándose las rodillas pensando que se trataba de un engaño. Me levanté del sofá y le dije que le contaría lo que pasaría antes de que suceda y me fui. Pasaron los meses y ni una palabra, mi aspersión como profeta o como amante se torno un fracaso rotundo. Me resultaba cómoda la idea de que si no había palabras significaba de alguna manera una mala cogida; con eso me consolaba y apartaba las demás posibilidades (todas vinculadas al honor). Poco a poco, la perdí de vista y la tristeza de no poder cogerla ni con mis palabras se fue desvaneciendo. Sin darme cuenta de nada, al poco tiempo ya estaba en la secta de los onanistas literarios, cultivando el fanatismo inexplicable por el eximio mártir. Natalia surgía así, así tan irreprochable como mi tiempo de reclusión: tan familiar y tan demandante que sabía que debía cancelar mi deuda. Como dijo otro eximio pero no-mártir, la aritmética de la realidad sea sume. Dicho y elevado a la categoría de emergencia comencé a escribir recuperando la esterilidad anterior.

Ser, estar, tocarse, tocar, las formaciones de la vida: los músculos de la mandíbula empezaron a temblar, a esa altura si no paraba de morder el aire, me destrozaba la dentadura. Como quien pone las manos al caer le cruce el cuerpo y comencé a morderle los costados, hizo el intento de quejarse o se quejó. Un cosquilleo en las encías recorría toda mi boca, mi lengua se ahogaba de saliva: estaba preparado para devorarla. Natalia se colocó de frente y me mostró sus tetas como las tildes de la palabra éléve. El calor de sus nalgas caldeaba mis huevos al bajar del mástil la abanderada. Aplicada, estudiosa de sus tiempos la veía olvidarse de mí. La saqué para que tomara un poco de oxigeno y aproveché para agradecerle a su ceñida ciudad por darme albergue.
Por poco me arranca los pelos de la nuca en el momento en que un grandioso espasmo la dejaba sin piernas. La sensación de que vivía la mejor cogida de mi vida me invadió en el momento en que la veía sonreír con los ojos entreabiertos-verla mirar la ola pasar. Me agradeció pasando su mano por mi frente. La ola pasaba lentamente, cambié de forro y se la metí sin permiso. La puse a cuatro patas; todavía tenía cruzada la tanga sobre una nalga, pude deleitarme con el hermoso culo que tenía Natalia, único motivo por el que me mantuve tanto tiempo paralizado. La ola crecía y crecía y ni señal de llegar a la costa. Culiado, metéme más fuerte: las delicias del alma, Natalia, no sabés cuánto te amo, décilo de nuevo para que muera contento. La levanté rápidamente del sillón y la desparramé en la mesa donde comimos, dijo: llenáme, llenáme y no pude contener la felicidad.

El andar torpe del camello hizo que mis bolas chocaran contra la punta de la silla. Desperté con dolor y con sed. Agarré un vaso de la mesa y fui a la cocina a tomar agua. Me tiré nuevamente en la cama y me puse a repasar lo sucedido. Una mujer desnuda y con flequillo tendida a mi lado, como quien mira sin mirar en esta noche disimulada por el alcohol y de despilfarro. Encubierta detrás de la barrera azabache dosificaba la luz y su voz. Me proponía la misma clandestinidad, una manera respetable de no mostrarle quién era yo, más por asegurarle una serenidad ilusoria que por falta de interés. Se desperezó como un gran felino para pedirme que encendiera la computadora.
-Prendé la compu y abrí el archivo que se llama “Paradoja de un mentiroso”.
Estaban todos los pormenores, desde el mismo día en que nos conocimos, incluso el día que le propuse cogerla literariamente. A las semanas, vi a Natalia en el Hiper, estaba tan linda que hasta me olvidé lo que había pasado. Hablamos un par de minutos, antes de continuar con su carrito me dijo: ... ¿viste que no pude escribir todo lo que pasó?
Regresé a mi casa totalmente afligido por no hallar lo que faltó escribir; pensé llamarla y preguntarle pero deseché la idea inmediatamente. Quería verla, no podía seguir mintiéndome, quería repetir la sorpresa pero algo me detuvo; algo como un rencor desmedido por llevarse una parte de mi, por desbaratar mi costumbre de pisotear el pasado y aunque la maldije con toda sinceridad comencé a contemplar que no se merecía otra cosa que pleitesía: la elegancia con que me anticipó descubrió mi fatal simplicidad. Cuando al fin pude perdonarla por lo que me hizo recordé lo que faltaba escribir, y sentí que me había encomendado a mi devolverle a nuestro encuentro su indiscutible naturaleza. Lo que faltó escribir fue llenáme, llenáme; lo único que no pudo anticipar de ninguno de los dos.

martes, 14 de julio de 2009

El arte perdido y devuelto de encontrarle la quinta pata al gato

Le rendíamos culto viendo quién la hacía llegar más lejos; el que se manchaba la mano era el que hablaba primero. Onanismo literario empedernido y altruista. En el estudio de un eximio mártir, su biógrafo, encontró el hueco del escándalo. En el estudio de un eximio mártir, en la gaveta de su escritorio predilecto, su biógrafo, encontró el hueco del escándalo. En la pagina 103 punto seguido se alcanzaba a sospechar la travesía descuidada de un forastero o el arrebato turbado-como estábamos nosotros para entonces. Para entonces, mi querido eximio y mártir, dónde entrábamos nosotros en la justificación de ese hueco enigmático de la pagina 103 o de la 102 (llegado el caso, se hallaron dos huecos, uno de cada lado, según del lado que se lo mire). Reírse del accidente era como meter el dedo, un deleite insignificante y vanamente alentador. En la pagina 102 punto seguido se podía interrumpir la lectura regular para avanzar a un relleno inesperado- proveniente de la pagina 104 -y deliberadamente (o de la 101 si leíamos desde la pagina 103)incluso, atropellar un paréntesis inconfeso de la vida de nuestro mártir y eximio*: el azar le devolvía al arte lo que a nadie le pertenecía. Pero nos reíamos desconsoladamente, casi con dolor de panza y al borde de algo que ninguno pudo describir. Sólo podía hablar el que se manchó la mano, pero esa, esa era otra historia. Alguien dijo sabiamente- ocre o que dijo, ya no sé si sabiamente o si dijo, pero era seguro alguien, en fin-que entre la literatura y las eyaculaciones siempre hay un hueco que no se sabe para qué carajo está.

*. A su debido tiempo, se contará sobre las tribulaciones que engendraron diferentes versiones de la biografìa original de nuestro eximio mártir. Tómese nota:es posible también que no digamos ni una sola palabra del asunto.

viernes, 10 de julio de 2009

Mal visto( y el chiflete huidizo)

Bien dicho: sos un inconsciente, cuando éstos hablan de mi y de mi acuciosa obstinación. Lo que ocurre es que no entienden el sistema, tampoco hago mucho por advertirles, es mío y en todo caso: no es mío. Pero lo mejor del asunto, es que lo creen mejor que yo. Lechugón, arrecho o cuanto adjetivo se materialice en alguna reunión, siempre es necesario dejar a mano migajas para no perderse, escamotear el asunto es parte de la fe. Sublime y porosa, anticuada y repetitiva; va a reiterarse incesantemente hasta que la acepten, sin embargo no va a acabar. Como un hueco en la pared que chifla un ventilete de la puta madre(sublimé). Las putas también chiflan, y aunque los amigos se retuerzan de envidia por mi devoción fortuita y fugaz por Luciana, la de caderas anchas que me la chupaba como si fuera un caramelo de miel, el ventilete me regocija de puta madre. El amigo, bien: caramelo de miel de hule. Nada como esperar con la puerta entreabierta, y claro está, con algo de sencillo en el bolsillo y en los labios. Una concha es una concha, mejor saberlo de este modo: la fuente para arrojar el sencillo y pedir deseos, tres o ninguno, da igual, siempre la fuente. El amigo, bien, dicho de otro modo, la verga( es un decir); de un modo o de otro, el dicho de El amigo es siempre el mismo, y si no lo escucho vayan sabiendo que se va a hacer escuchar, no entiende de resignación, es sólo un decir. Los amigos tienen que creer en mi derroche como se cree en la ineficacia de los forros y los barbijos, en eso radica la ciencia, por el camino inverso. Los barbijos y los forros tan solemnes, cumplen lo que los amigos vienen a esta vida: su eficiencia es ser ineficientes, todo lo demás esta mal dicho. Mal dicho, o intento de decirlo. También mal visto. Porque fijense cómo me pongo cuando veo a esa morocha del cara-libro, se derraman los más deshonestos pensamientos en el suelo; ella es nadie por lo que es del que la diga mejor; camina como Helena desnuda augurando los peores males y las más desdichadas batallas. De las tetas ni hablar, el que escamotea, el asunto-y el hablar-mis amigos, no soy yo, sino El amigo. Bien. Estamos a salvo, gracias al desdichado perseguidor de chifletes. Voy contando el sencillo, la puerta está entreabierta mientras cuento, ya estoy en la mitad de la sorpresa y la mano de El amigo me toca el hombro y me apura, están renovadas las ganas que se saciaron ayer de mala gana. ¿Salimos a buscarla?, pregunta el mal visto. Mal visto: principio de toda cura, demandada simulada: inutilidad breve y descarada. Mal visto, mal dicho.

Para los amigos y para el chiflete de este invierno.