viernes, 22 de abril de 2011

Un volcán

El sol tintineaba en el aire. El sol babeaba en el cerebro de todos con sus tentáculos afilados. El sol era una piedra. El sol era miles de piedras en su volcánica piel canela. Y todo no terminó tan mal. No, no tan mal. Notan mal. En rigor, iban floreciendo las intenciones a medida que el sol con sus inten-tacúlos provocaba una imagen en todos. Ella cruzó la avenida atravesando anillos concéntricos repletos de labia almibarada. Ella vulcanizó su piel viviente y llamativa pronta, prontísima a la mía. Canela, ella con sus corpúsculos y grumos de lava hirvientes empalizando el pedestal llamado cuello. El sol era un volcán esa mañana, no tan mal, libre de todo sufrimiento. Un mar ruidoso, de irreprimible lozanía erupcionaba de esa piel canela. La respiración de la luz que imita el aire crujiente del sol. Yo vi, yo escuché el sonido del sol estallando en los poros de la piel. El mar mediterráneo rompecabezas de sus labios hedía, sí, hedía a saliva a lava a manía y a rechazo. Mi cuerpo ya había encontrado un compás. De música. Por eso me alegro que se haya sentado delante de mi. El sol seguía hurgando. El sol seguía ronroneando. El sol seguía fulgurando en una interminable red de melanina, y sus colores castaños. Esta mujer joven con sus tetas firmes. Es mujer, es hija, es madre. Voluntaria, es una mujer voluntaria. Y oí, mortales palabras sagradas de mutuo conocimiento que rompían las cadenas. El sol tenía palabras. El sol trinaba en mis tímpanos con esplendoroso amor. Esto sí que es amor: reconocerse por una ley. El sol era una ley. Y yo seguía siendo un volcán. Un volcán de lava temblorosa como la de sus labios. El sol inmemorial se enfriaba. El sol contemplaba la lava apaciguarse en una horizontal de letras con mi nombre. Mi nombre salió empapado por el mar en disonancia ardiente. Dos cosas aprendí de ese viaje. Dos.

jueves, 21 de abril de 2011

Leche

El abuelo secaba las balas del .32 en la ventana del jardín. Y ahora puedo contarlo, no como un logro, pero contarlo. Hubiera querido sacarle más provecho al abuelo. Yo también quería mis balas así que le hice caso al Loco Emilio. Mis balas con pólvora de la buena serían fabricadas por mi, y se las regalaría al abuelo para que las pusiese junto a las de él. Era claro que el Loco Emilio se las traía. Los changos se burlaban de él por su infatigable amor por la paja, pero paraban bien las orejitas cuando el Loco les decía que no había mejor paja que la que uno, embriagado por la necesidad de hundir el choto cual agujero se presentara; uno, en ese estado bien podía agarrar un bife, tajearle un orificio acorde a la necesidad de roce que uno ande teniendo, y listo: a gozar. Los padres desconocen a los locos como el Loco Emilio, por eso nosotros poníamos en práctica clandestinamente sus conocimientos, no vaya ser que alguien abra la puerta del baño y haga preguntas de autoría. Yo le creí al Loco Emilio, por eso puse al sol los saquitos de té la Virginia. Para entonces, como todo niño de diez años no sólo la paja me entusiasmaba, la ciencia era mi devoción. Así que estaba decidido a iniciar mi carrera con una pequeña producción de pólvora. Quizá, si el abuelo me hubiera explicado más acerca de la vida la ciencia para mi no significaría nada, lo juro, pero del ridículo no safé.
Así que para navidad tuvimos que conformarnos con las balas del abuelo que disparaban para cualquier lado. El tanque de agua es un ejemplo de las balas del abuelo, y de la eficacia del Poxipol un 25 de diciembre de.

Veinte años después el Loco Emilio pasea su perro por el barrio, sin dejar de lado sus anteriores vocaciones. El abuelo ya no está, y en el estuche en que guardaba las balas, ahora yo guardo el Omega de 1900 de plata y oro que me dejó. Calculo que con los nervios del viaje le di demasiada cuerda al Omega, porque no anda ni para atrás ni para adelante. Eso sí me lo advirtió, pero me olvidé porque andaba pensando en el viaje, y en Mariana que ya venía aflojando, así que gire y gire la hermosa perilla de plata hasta que no se pudo más.

Voy con mis libros y el Omega a Santa Fe, yo le decía a Mariana por teléfono, a una Mariana que no paraba con los consejos y las confusiones. Yo no la escuchaba mucho, me parecía complicado darle cuerda al reloj y atenderla, así que le corté. El abuelo me hubiera hecho ver que debía abandonar mi compulsión por hacer pólvora con saquitos de té, hubiera sido mejor para mi tan deseada carrera científica. Pero ya no estaba el abuelo para aconsejarme, y yo no tenía a nadie que me detuviera. Embalé los libros, algo de ropa, fui a buscar los euros que Yann me había mandado de Francia, y soñé con sorprender a Mariana; nos soñé caminando por la Ayacucho en dirección a la librería.
Las plazas de Santa Fe no son tan buenas como las de Tucumán, al menos las que pude visitar cuando estuve ahí. La mejorcita era la que está cerca de la casa de Mariana. Cruzamos por una de sus diagonales cuando fuimos para la inmobiliaria a dejar el depósito del alquiler. Había una hilera de álamos en una de las calles laterales, los demás lados estaban protegidos por robles y eucaliptos. Parados en cada esquina los postes de luz pintados de dorado eran tan gigantes y viejos como los árboles. También nos imaginé en esa plaza tomando mates en primavera con los chicos.


-Y uno no puede andar por ahí quejándose de la falta de dinero. Las cosas de uno cada vez son más complejas (sabía de contrabando eso), pero pensándolo bien, dan ganas de terminar.
-Avisáme cuando terminés. Cuando termine el séptimo quizá te doy alguna señal, me decía Mariana convertida en una mesa ratonera con la espalda plana y brillante. Sólo su cuerpo brutal, y su delicado invento vaginal estaban al alcance de mis manos, y juro que a partir de esa noche, termino lo que empiezo.
Como dije, me había curado, terminar fue ver desde lo alto del cielo una catarata hundirse en un pozo ciego, estricto como la espalda de, etc, etc.
Me pregunto qué habrá sentido Lamborghini la primera vez que escuchó: Mariana, vino a Tucumán a terminarlo todo con su técnica renovada de caníbal militante de la teoría humanística de Carl Rogers, inundando a diestra y siniestra mi pieza, mi cama que se quedará sin pata a partir de esa noche: dame tu leche.

Es terrible terminar en esa nocturnidad, tan perdido el mar en mi barco, porque salvo en las intervenciones en los congresos, o en el mach point, la leche empequeñece, disminuye considerablemente mi actitud alfa de nunca acabar. Esto me recuerda a una charla que mantuvieron dos reclusos del penal de Villa Urquiza, sobre el lugar que debían ocupar en la biblioteca los libros de Puig respecto de los de Borges. Uno es puto y se la comía doblada; el otro no era puto y terminó comiendo de la mano de la Kodama. Se resolvió a punta de faca afilada noche tras noche en el canto de una ventana que Borges no era puto pero que se merecía ir en la sección Libros Chanchos que de cerca parecen pavos.

Yo sigo siendo de los que consideran el libro por el olor que traen, y todo esto (que no es un libro, aclaro) huele a leche condensada. La verdad, una verdadera lástima quedarse a medio camino sin leche o con la leche en el ojo como decía el Loco Emilio. Momento propicio para pensar en mis últimos movimientos, en los compases que hilachaban el semen (tal) descomponiéndose, y nuestras lenguas invertidas, a caballo cabalgando refranes y opciones.
¡Sangre mía, hermosa criatura eras! Me arrancaron la muleta de los ojos. Me arrancaron el cordón con el que encendía la lámpara de mi mesita de noche, esa noche, juro que busco un sinónimo para esa noche, o un estallido breve de pura verdad. Krónnico mi amigo era, y el abuelo me recuerdan que los juegos limpios son demasiado solitarios.
Así y todo, mi leche entregué sumiso como se debe ser, con felicidad incluida.

-Es Abril y muchos me calan como a una copia falsa de mi. Loco.
-Odiándote a vos, falso (Flaco), nos enamoramos del original.
Pero yo aguanté cuanto pude y empujé el choto ahogado de un frenesí incurable hacia un cerebro medio apagado. Embalé los libros, algo de ropa, fui a buscar los euros que Yann me había mandado de Francia y soñé con sorprender a Mariana, nos soñé caminando por la Ayacucho en dirección a la librería. Leche, leche acumulada de años entregué. Leche. L´eché. Le Che. Léché. Otro detalle: me gusta hablar de los detalles. Resumiendo, comencé con la infructuosa pólvora de los saquitos de té en aras de ir sopesando el interés del público contemporáneo. Y yo sueño ahora con un deporte menos elitista cansado de tanto ardor, y de la apología a la vaselina sustituta de la saliva, y de las erecciones (pro dame tu leche) Sidenalfil mediante. Y esa noche, atardeció, Mariana boca abajo mordiendo mi almohada, desagradecida por lo que terminaba (amanecía en mi) yo de ofrecer. Ninguno deploró el umbral de flores que se abrió, y ella durmió sus nalgas húmedas en mi choto muerto de ficción de hombría. Muerto, sin nada qué lamentar, yo me repetía extendido como una digna pista de salud. Pero estoy mintiendo, todavía previendo lo fraudulento de mi amanecer muerto sano (no se me ocurre otra manera de terminar, así que este es el final).

lunes, 18 de abril de 2011

Palabras



-¿Qué son las palabras, sino la minucia de países limítrofes? En silencio y a pie, con un enigma o un señuelo a mano, las palabras se organizan, y luego traman a cañonazo limpio esto que se llama, que no dudé en nombrar: para que me ames así. Es un hecho que no hablo de amor, no del mío. Mi mundo pasa por la orgullosa luz de un calidoscopio. Entonces las palabras te confluyen, abren tus oídos inscriptos en tu llanto, o en la lluvia. Por tradición, por esos bordes arruinados que éramos los dos y que ahora es la condición de mi amor. Yo decía, y desde mi borde las cosas cobran el entusiasmo al que yo confundo por vida.
Tal vez sea por error, pero las palabras cruzan en señal de imputación. Los labios le son insuficientes, las mismas órbitas vacías en donde se esconden día y noche no alcanzan. Jamás he visto tanta conciencia del fuego. Las palabras son pocas, suficientes, otras, como en este caso, amasadas como soles de fuego, de chispa terrestre y tenue en ocasión de poder, de olas que van, y que a veces vienen. El resto es lirismo. Lo que nos queda a nosotros es lo que hicieron otros, nos quedan nuestros cuerpos menudos como las palabras. Abiertos al mundo inexplicable de cuando nada pasa. Yo solo espero ser el único al que puedas amar. Y no hablo de amor, no del mío que a veces va, y siempre vuelve. Pero si no hay nadie a quien contarle esto, lo que significa ser yo esperando tus rodeos, tu sexo a secas dando vueltas voy a cambiar el eje del universo, el sentido de las palabras y toda su falta de contundencia.

jueves, 14 de abril de 2011

Teorema de Existencia


La matemática conoce algo llamado Teorema de Existencia. Nosotros los poetas modernos también tenemos algo parecido llamado comentarios. Pero esto no es más que un boceto, una suerte, de lamido ancestral: la inevitable ruta rupestre.

Porque la humedad avanza a paso redoblado, y deja a la intemperie los escombros. Pensar, abandonarse a pensar todo lo contrario. Porque se puede: una catarata incomestible de palabras en fila. La estrategia recobra su estatuto en las finas líneas del plan de negarme a hacer para hacerlo necesario. Hank, y su testamento lúdico: la isla desierta.

¿tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? Que los gusanos y los pájaros no me mientan permitir. No, no lo haría.

Abril, uno de 2011:

Una ciénaga se proyecta ante nuestros ojos

Alertado principalmente por el estilo de mis ojos

Pienso en escribir.

Cambiaron de color

Síntoma de que algo anda mal

La bilirrubina es el apio de mi hígado

Es la porción deshecha de antemano

Por los gusanos y los pájaros amigos

Amigos

También la ciénaga es indicio de algo pero los escombros merecen una explicación antes de que desaparezcan. Nadie es espectador sin espectáculo, sin el espectáculo de uno mismo luchando por convertirse: por ser educados en el arte de lo que vendrá. Que vendrá cuando sepamos que estamos en presencia, en presencia de algo llamado Arte. Si la duda insiste, no cabe duda de que ya estamos en presencia de los escombros. Él, yo en toda su (mi) magnitud de indigencia.

Con igual y repentina actitud, cadavérica, la cosa se pone, a gatas, digamos. Y ahora es posible distraerse viendo el desfile. Los ojos, como expliqué anteriormente, tienen vida propia, ineluctable vida. Si nos tomamos el tiempo necesario para estudiar el caso. Observar la vida de los ojos para confirmar la hipótesis: algo anda mal. Tipos de ceguera los hay, y diversos, como es mi caso. Ver, lo que se llama ver, desde este momento cobra otro significado. El daltonismo es el clásico caso del capricho crónico. De nacimiento ciego. Y hablando a boca floja, el descubrimiento: ¡vaya descubrimiento! (el ridículo asunto del duende y el oro al final del arcoiris). La educación en estos asuntos escasea o es recortada por la fantasía del manicomio y la llave de la ciudad.

Como dije, ver, lo que se llama ver de ahora en más (o menos) depende del espectáculo diseminado frente a nuestra inevitable carencia de visión. Babeando, ya estoy babeando. Impaciencia y mala suerte en alza. Plétora daltónica se le llama también. Enamorado, andaba enamorado del yo indigente, yo cuando encontré una lima en una torta. Lima. Limó. Limé barrotes de un acero chocolatado, sencillo de digerir. Me engullí rabiosamente dichosa torta con mis ojos invidentes. Poco antes de huir despavorido de mis ojos amarillo/testamento, guardé cariñosamente la lima en una de mis caries. Le canté canciones de cuna por los servicios prestados, y me retiré. De eso ya van 14 meses de exactitud daltónica.

¡Oh! El mundo...lo que es el mundo desde entonces. Una soledad casi perfecta si no fuera por la indigestión desatada por la torta. Dan ganas de limarse el hígado o los ojos. Siempre hay partes de uno fallutas: primera demostración.

Así fue. Yo era yo, y todo esto es un naufragio. Piedra libre a lo que se llama ver. O un eventual fracaso. Todo este despertar sólo hace recordar que el problema tiene o no una solución. Si volviera a abrirse, veríamos que el hígado tiene varios atajos al par de ojos.

Y palparlos sería lo pertinente. Y ver su reacción a un piquete lo siguiente. Recuerdo que una vez, uno de mis ojos no paraba de lagrimear. Fui el médico de los ojos y me auscultó los pulmones. Me hizo toser fuerte y respirar profundo. El acertijo se resolvió meses después cuando dejé de usar el corsé que Mariana se olvidó con la mudanza. Pero quedó una marca. La libertad, y los ojos suelen tener una relación muy estrecha: segunda demostración.

Bueno, todo esto es para familiarizarme con el NUEVO MUNDO de existir en determinadas condiciones. En realidad, vivir la vida de mis ojos es difícil de soportar. Familiarizarme con el NUEVO MUNDO que ofrece mi yo indigente a la cabeza me convierte en un suave niño abrazando un cálido regreso. Y si es que existo es porque la vida de mis ojos no es sólo mía.

lunes, 11 de abril de 2011

F

Creo que dije “No te voy a recordar”cuando todavía era pulso y palpitaciones. Y sigo siendo perfectamente predecible. Me conozco poco, y eso no habla muy bien de mi, lo sé. Pensaba que escribirte terminaría con el resto, pero me equivoqué nuevamente. Esta mañana creí verte conquistando un hilo de luz que se quebraba en el polvo de la pieza. El hilo de luz que no era luz, y que ya no era un hilo se enredaba en un remolino oceánico detrás de tu nuca. El origen del día se adueñaba de la verdad desordenada. He intentado huir de esa miel que veían mis ojos, y sin embargo, ahora creo que te amo, o te amé, no estoy muy seguro tampoco de eso pero suena bien.

Te dije tantas cosas tontas cuando quería hacerme el interesante. Me sentía feo y borracho a la vez. Yo andaba con arena en los párpados y tu voz de águila se metía en mi sangre diciéndome que todo pasaría, que yo no sabía lo que quería. Y esta mañana, en ese hilo de luz pude ver tu pelo y tu cuellito delicado y firme descubierto.

Es tan fácil abreviar, y aunque no lo parezca, tengo una forma para no pensar en vos nunca más. Comienzo guiñándome un ojo, en señal de complicidad, si no me convenzo de que soy capaz de hacerlo, no podría continuar con el siguiente paso que consiste en desorganizar tu imagen, o la eventual idea que me arrastre poderosamente hacia vos. Tengo que convencerme que no sos vos, sino una imagen tuya superpuesta a un fondo más seductor , así como en The Pillow book . En ese mismísimo instante florecían una cantidad casi infinita de pistas que me alejaban de vos inevitablemente. Tu modo de llevar el bolso Puma a entrenamiento era una de esas pistas, por ejemplo. Recuerdo que el día en que coincidimos por única vez en el colectivo, cuando yo aún era tu couch y vos mi jugadora: ibas tan linda; me recibiste con algo que se parecía a un relámpago en la cara, yo que para entonces, había escogido mirarte de reojo, con la misma desconfianza que le tengo a un tornado o a la cordillera de los Andes.

Entonces yo veía una muleta, un pasamanos, un par de patines bajo tu brazo, no tu bolso Puma. Veía un pulgarcito dislocado, un reloj que compuse para impresionar a otra mujer, las rueditas de un patín que hacían frrrurrr avecinándose a mi. La tenacidad del fondo disipaba tu imagen, o cualquier cosa que me condujera a vos, y yo, feliz por el momento. Pero ya habrás comprendido que en la vida, los métodos son los más fallutos de los amigos. Y duran poco, y esta no es una excepción, así que todo se confundía en un colage de la gran siete, una especie de ilusión óptica. Lo que era el fondo pasaba imperceptiblemente a ser figura, y vos te quedabas en el fondo, y no salías de ahí. Quiero decir, que esta mañana, no eras vos sujetándote el pelo, ese pelo delicioso que tenés y sabiamente decidiste nunca cortártelo ni pintarlo, etc; digo, no eras vos, sino ella que me daba las pistas necesarias para dejarme nuevamente, malditamente pensando en vos. Y con una sonrisa te escuchaba cantar a Fabiana Cantilo, sentía tus bíceps contraídos enseñando lo sencillo que le resulta a tu cuerpo crecer, sentí una de tus manos apretando uno de mis brazos flacos mientras te subías a un taxi en la Ejercito del Norte y Mendoza. Esta vez, esas pistas, ese fondo, permanecían anclados ahí, no se alteraban, y yo ya estaba recordándote como lo hago estos últimos meses, sin método, y en medio de una nube tóxica, de guerra y de hambre que agota al mundo.

Pero bueno, por suerte, en medio de esta crisis que dejó Marzo con sus miles de peces de plata (esta nota se la tomé prestada a Neruda, pero los peces de plata: ¡vaya si no son goteras en mi pieza!), todavía quedan tesoros, y el acoso de la vida, y yo espero algo de poesía. Porque si tu voz insiste ardiendo en mis venas, es porque la música, tal vez todo aquello que hago cuando no escribo, sea un puñado de estrellas de dicha para mi en tiempos en que las palabras se derraman en la tierra anunciando que otros días vendrán. Días al aire libre, tal vez con vos, tal vez sin vos. Y si te lo preguntás, yo sigo siendo un tipo sencillo, con gusto por las cosas pequeñas y sencillas, por eso no creás tanto en el oro de mis certezas siempre contrarias a los gestos de mis dudas que son más reales.

De hecho, no creás en mi ni en estas melancólicas palabras que escribí este día que se parece tanto a un 3 de Abril.