martes, 12 de octubre de 2010

De generación


La Pip que lo parió, dijo el más Pip del barrio, sin advertir que le iban a romper el pip. Dicho y hecho, le abrieron el Pip a más no poder. Pero le gustó al más Pip del bario, así que hizo de esa negligencia una módica vida. De más está hablar de los autores intelectuales, y los no tanto, de la devoción por el Pip del más Pip del barrio. Porque éstos Pip de Pip que con tanta frecuencia se paraban en la esquina a drogarse y a manosear a las pendejitas Pip que se dejaban Pip por una tarjeta para el celular, jamás se imaginarían- pongámoslo de éste modo: la corteza cerebral de éstos individuos indeseables, se asemejaba a la de un Bonobo en etapa de gestación, así que de imaginación ni hablar-transformados en autores, y mucho menos en intelectuales (siguiendo el hilo conductor que indica este camino). En el barrio a eso le dicen PIP, o su equivalente en la jerga futbolera PIP. De todos modos, los muchachos de la esquina, convertidos en el hazme reír de los vecinos, es decir, se les Pip de risa, despertaban la admiración (les Pip las medias) de la nueva vanguardia artística. Romper el Pip se puso de moda, pero rompérselo al más Pip del barrio entre todos, era el pináculo al que aspiraban –alternando siempre entre pegamento y pináculo, pináculo y pegamento. Luego, por puro aburrimiento, romper el Pip perdió su atractivo (si bien la verdad fue otra, siempre vinculada a la desidia que suele existir entre el pináculo y el pegamento) hasta que el más Pip del barrio, harto de ser desatendido en sus necesidades más elementales, y digamos de paso que sus necesidades se reducían a una sola: que le rompieran el Pip la mayor cantidad de veces; propuso una tregua. A cambio, la sublimación. Vector abstracto y puesto en práctica con muy poca frecuencia que introdujo lo que se dio en llamar “Pip en la cara”, incluso conocido “la mejor crema para la piel la obtengo de mi Pip” (según un vecino entrado en años, ilustre viejo de Pip, me contó que en sus años mozos, de muchacho de esquina, esa práctica poseía diversos sinónimos, todos ellos extraídos de la esfera de las gomerías y del hurto de combustible).
Por supuesto que este abrupto y desentendido cambio generó controversias. Los detractores más acérrimos objetaron tal afirmación por carecer de sustento científico, en su lugar propusieron la práctica irrestricta del Teto, o en su defecto, del Sifón. Ésta última solución fue aplaudida por los de la otra vereda, siempre sintiéndose excluidos por los muchachos de la esquina. Todo cambiaría a partir de esa escisión en el barrio. Las mujeres de la otra vereda disfrazadas de Madre, y las que se disfrazaban de Padre para cruzarse a jugar con los muchachos de la esquina adoraban las concupiscencias permitidas en el reglamento de estas novedosas prácticas. Los pies y las manos eran el lenguaje común entre estas gentes. Sin embargo, muy a pesar de haber pasado semanas de abstinencia esperando una resolución favorable, el más Pip del barrio se las ingenió para conciliar a los detractores-teniendo en cuenta que sumaban adeptos día a día-y a los tradicionales muchachos de la esquina que se aburrían con facilidad. Así fue que nació nuestro juego favorito: todos contra todos. Hoy en día, el más Pip del barrio es admirado por todos nosotros, sin reserva, gracias a él cultivamos el gustito porque nos rompan el Pip una que otra vez, siempre y cuando se nos permita Pip a diestra y sinietra. Es posible añadir una enseñanza adicional a ésta historia común: por accidente descubrimos el Pip por nuestro Pip diario, también por accidente nos desilusionamos del Pip que nos Pip los que nos entregan el Pip incondicionalmente.