viernes, 22 de octubre de 2010

Alejandra en la vía láctea

En medio de la confusión, lo que les quedaba claro a sus hombres era que de Alejandra sólo se podían esperas dos cosas: su insólita complicación para arquear la espalda, y su fervor por la vía láctea-lo más urgente posible. Yo era uno de los elegidos. Digo era porque mi desempeño como hombre de Alejandra proscribió repentinamente como suele suceder con todos. Ninguno, creo que ninguno de nosotros, los que fuimos su panegírico y a la brevedad como por obra de magia, un insulto en su vida, dudamos de si alguna vez Alejandra amó. Era un hecho, pero jamás se nos pasaría por la cabeza que uno de nosotros pudiera conseguir tal estatuto. Nos asumíamos como pasajeros de entrada. Naturalmente, junto con el enorme caudal de preceptos que debíamos aprendernos antes de perderla, tampoco sospechábamos de todos sus hombres. Alejandra era, mejor dicho, es un mujer de muchos hombres. En mi vida apareció casi disimuladamente; para entonces, yo me adjudicaba una incapacidad congénita para el fracaso, así que su llegada a mi fue imperceptible, en medio de una ceguera. Al poco tiempo como cuando nos fijamos en los movimientos que estamos ejecutando al andar en bicicleta y perdemos el equilibrio, también perdí a Alejandra. Pero mi pensamiento no se agotó con la caída, hasta el día de hoy me asaltan los recuerdos, los pedidos, los caprichos de una mujer habituada a vivir según sus antojos y la abnegación de sus amantes. Ese era el primer precepto que debía uno aprender, la capacidad de sacrificio era la clave para que Alejandra se decidiera o no por un hombre. Luego venían otros, como la limitación para las conversaciones, se exigía más acción, menos palabras, chamuye a la basura; se tomaba la palabra en el momento justo, ni más ni menos. Palabras como “chupá pendeja” o “ponéte a cuatro” podían trasformar a Alejandra en una materia en estado de implosión vital...

En definitiva, lo que Alejandra esperaba era cierta ferocidad en sus hombres; ferocidad tanto en la cama como fuera de ella, ferocidad sin ser bestiales ni brutos sino peligrosos.

Lo que aprendí de ella fue sencillamente eso, el peligro. Con sus hombres, Alejandra se acercaba al peligro, lo tanteaba como nos tanteaba a nosotros sopesando nuestras erecciones, y aunque su drama sea un misterio para muchos, Alejandra sospechaba de todos los que elegía. Un buen día eso se descubre y todo termina. La sospecha, el peligro constituían los principios rectores de la vida de Alejandra. Lo que a muchos compañeros de trabajo se daba en llamar como gajos de frutas maduras en las noches eran simplemente unos labios carnosos recubiertos de saliva fresca y húmeda; lo que llamaban “buen para de tetas”, eran vértices del cuerpo de Alejandra que se agitaban sobre el cuerpo de sus amantes cuando los montaba; lo que muchos no dudaban en llamar perfume exquisito, en Alejandra se convertía en brisa suave y cálida de primavera. Alejandra era la tierra y sus finales posibles. Las propiedades elementales de Alejandra consistían en ser más compleja de lo que se suponía, y exigía igual elaboración a todos sus amantes. Muy pocas veces conseguía esa devolución, por lo que se veía en ocasión de hacer alguna concesión a cambio, en ese caso el amante debía mínimamente reconocer la complejidad en ella. Cabía la posibilidad que tantos requerimientos arrastrarían detractores, quienes con todo el rencor que antes fue amor y sus sinónimos, hablaban de una Alejandra ajena, una Alejandra “vulvática”, una Alejandra física. Pienso que no se equivocaron ni siquiera ellos, porque Alejandra era todo eso, era su cuerpo también. Fundamentaban esa opinión en la devoción de Alejandra por la vía láctea, en eso, afirmo yo que me he enamorado de Alejandra, y también la he odiado, se equivocan.

Pasar una noche envuelto por el manto de sudor de Alejandra, escuchar en el momento menos esperado un precario alarido implorando alucinadamente que le entregásemos nuestra vía láctea-que uno no puede más que oponer muy poca resistencia a tan primitivo pedido-era el efecto, no la causa. Para Alejandra, la vía láctea eran mundos probables, universos en que ella se figuraba diferente y poderosa. La vía láctea que conseguía compulsivamente de nosotros sus hombres, para Alejandra lo era todo, incluso, la muerte.

El peligro de esa colectividad de emergencias con olor a semen libraba de toda sospecha a la verdadera Alejandra. Porque lo que la eximía de toda maldad era que soñaba con una galaxia en su panza, una pequeña estrella que ninguno de los dioses que había amado podía proporcionarle.