jueves, 26 de marzo de 2009

Carta del por-venir

Aproveché para escribir mientras no estás. Se que te hubiese gustado estar, aquí presente, mirándome escribir para vos, recostada en la cama de arena imaginaria en la que se trasforma nuestra cama cuando queremos. Pero no estás, y es mi oportunidad para hablar de vos o lo que es lo mismo, del día en que me di cuenta que estaba siendo feliz. Como sabés, la trama literaria ha cambiado, y por proximidad, las cartas-¿viste que cada vez se escriben menos cartas?-también tienden a cambiar. Entonces, comencé a ser feliz la noche que te abracé fuerte, y vos me preguntaste y yo respondí: “ nada, nada, no pasa nada... estaba soñando”, y regresaste a vivir a tu mundo interior que el despertador se encargaría media hora después de quitártelo. Fue la lluvia, ¿recordás?, comenzamos creyendo en la lluvia antes que en nosotros mismos, antes de creer en la posibilidad de medir el tiempo de otra manera, porque ya hacía rato que venía demasiado acelerado, como decías tan lindo. Ahora que recuerdo, era mediados de Marzo o principios de Abril cuando me mojé frente al enorme vidriado de tu trabajo, esperándote. Fuimos al Hiper a ver una mala película, no recuerdo bien cuál pero me dejó un mal sabor en la boca, y como si hubiésemos atravesado un peligro colosal, salimos aferrados el uno con el otro. La lluvia, ¿recordás?, ya creíamos en ella y nos mojamos sin cuidado camino a casa. Amor mío, algodón de azúcar, bichito de luz, todavía no estaba conciente de que ya estaba siendo feliz, y tuviste que rodar en la cama para hacérmelo saber. Nos sacamos la ropa húmeda, y perfumamos la habitación con olor a piel fresca recién caída del cielo. ¡Ay!, amor mío, eso era un hogar, y afuera la lluvia seguía con la rutina. Nos abrigamos en nuestro sexo hasta el descanso donde solíamos parar para contarnos nuestro día. ¿Te acordás que vos te dormiste escuchando ...

En realidad, amorcito, la lluvia me es completamente indiferente, pero lo que odio con sinceridad, es mojarme. Y ese día, esperándote, los componentes para pasarla mal, se multiplicaban, si hasta tardaste más de lo usual. Como te decía, odio mojarme, pero pude admirarte al verte empapada a la salida del Hiper; ahora entiendo lo que intentabas explicarme cuando me contabas de que existían instantes perfectos. Nadie más que yo podía desearte mejor en ese momento. Yo estaba a tu lado. Si te vieras con mis ojos, mi vida. Todavía tengo grabado en la memoria tu pelo mojado que caía como hilos de agua terrosa sobre tus hombros: ¿te dije que me encantan tus hombros?.

Porque fueron parte de tus hombros los que se desnudaron cuando rodaste en la cama destapándome. Sí, fue ese suceso ordinario que me develó la felicidad. Vida mía, cómo explicarte que ya estabas en mi. Tomé aire como para poner en claro que me correspondía la mitad del cobertor que te habías enroscado en el cuerpo, pero no pude, estaba confundido, y una sensación energizante se apoderaba de mi. No pude resistirme, sentía el corazón con su calor palpitándome en la cara, y te abracé para que supieras que la mitad que me correspondía era tuya, y que estaba siendo feliz.

Bichito de luz, no te enojes si estás enterándote de mi mentira...¿has visto?, me pasó de todo esa noche, y no estaba soñando. De hecho, mientras hago un poco de tiempo te escribo para calmar mi ansiedad adolescente; hoy es nuestra primera cita, y acordamos que yo pasaría a buscarte al trabajo, después, con seguridad vamos a ir a ver una película que a vos te gusta y todavía no me enteré; a la salida te abrasaría con fuerza. Quedan unos minutos. Afuera, la lluvia con la rutina. Me voy a mojar, aunque me enoje.