martes, 14 de septiembre de 2010

Sobre una maldición y los conjuros del lenguaje




Ernest Altkirch poco después de un divertido y no menos encantador hallazgo, publicó Maledictus und Benedictus.
A su editor, en un apretada y vigorosa disculpa epistolar, cuenta el rigor de su retrazo. No era para menos, una vez traspasadas las arduas y escarpadas latitudes del laberinto Ético, la controversia se iba disipando en una conjunción que lo desvelaba. Maldito y bendito, sería la combinación de la anatema que abreviaría las áridas constelaciones de lo que hasta entonces se conocía sobre la vida de Baruch de Espinoza. Si acaso, como llegó a arriesgar un arriesgado polémico de su época-Bertrand Russel apresuró en celebrar la salida de esa publicación llamándola el Apotegma espinosiano- las maldiciones y los conjuros del lenguaje han interrumpido su sórdida vocación por el disparate. En adelante, los guardianes de los futuros conjuros se harían llamar psicoanalistas, y conocerán a Sigmund Freud como el promotor de las controversias del porvenir. Baruch, Bento o Benedictus como firmaba sus escritos, revelaría parte del enigma y por qué no, de la actitud asumida por el maldito Espinoza.

Este ábrete sésamo, éste Aleph al infinito espinosiano, prepararía al lector desprevenido y al atento, a la más grandiosa alianza conocida en el siglo XVII. El libro que tardó en confeccionarse toda la era cristiana y un poco más, conocido y temido por cualquier creyente inquieto, el Herem, no alcanzaba para destruir al joven de mayor futuro de la comunidad holandesa de Ámsterdam. El 27 de julio de 1656, el Herem tomaría prestado fuerzas del Antiguo Testamento para aniquilar y mantener vivo a Baruch de Espinoza. La saña versaba de esta manera:



“Los señores del Mahamad os hacen saber que, como ya hace tiempo que tienen noticias de las malas opiniones y acciones de Baruch de Espinoza, procuraron por diversos medios y persuasiones retirarlo de sus malos caminos. Y no pudiendo remediarlo, si no que, por el contrario, tuvieron cada día mayores noticias de las horrendas herejías que practicaba y enseñaba, y de las enormes obras que cometía, teniendo de esto muchos testigos fidedignos que lo depusieron y testimoniaron todo en presencia de dicho Espinoza, a quien han demostrado su culpabilidad; examinando todo esto en presencia de los señores Hahamín, deliberaron con su parecer que dicho Espinoza sea excomulgado y arrojado del seno del pueblo de Israel”


“Según la decisión de los ángeles y de acuerdo con el fallo de nuestra sagrada comunidad, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Espinoza. Ante nuestros sagrados libros, con los seiscientos trece mandamientos que están escritos en ellos, lo excomulgamos con la excomunión con que Josué anatemizó a Jericó, con la maldición con que Eliseo maldijo a sus hijos y con todas las maldiciones que están escritas en la Ley.
¡Maldito sea de día y maldito sea de noche! ¡Maldito sea al acostarse y maldito sea al levantarse!¡Maldito sea al salir de su casa y maldito sea al regreso! Que Dios jamás lo perdone; que la cólera y la ira de Dios se enciendan contra este hombre y le envíen todas las maldiciones inscritas en el Libro de la Ley. Dios suprima su nombre de la tierra y para su derrota lo expulse de todas la tribus de Israel, con todas las maldiciones del Cielo, como están señaladas en el Libro de Ley”

De este modo se iniciaba el anatema más conocido de la modernidad. El destinatario: Baruch de Espinoza. El caso es que sin el propósito de ir detrás de los consabidos biógrafos y eruditos que ya hablaron-y aún lo hacen-sobre éste filósofo, lo que nos trae a su historia personal, es precisamente el Herem que lo hizo tan célebre como su Ética. Contaremos que Baruch estuvo presente cuando se leyeron las páginas de lo que resultaría ser una suerte de vaticinio o de pronóstico como los que dan los meteorólogos o bien, por qué no, para los que creen en él, como los demográficos augurios del destino. Sin esperar demasiado, nos encontramos con la principal fuerza motriz de tanta desidia: la fe. Naturalmente, todo ese panteón al que fue expulsado Baruch, es sin lugar a dudas ese territorio arduo y de relieve escarpado, muchas veces confuso que es el lenguaje ¿de qué otro modo se llevaría a cabo con la eficacia con la que se elaboró, si no es a través de un lenguaje compartido?¿acaso sería posible el Herem sin la fe de su validez y de su inhumana ejecución? Poco tiempo después de recibir esta maldición y luego de salvar su vida que fue amenazada por un fanático que por poco se la quitó, Baruch decide rendirse ante el vigor de su comunidad que lo odiaba lícitamente y se muda a otra ciudad. De hecho, para quienes creen que también se rindió al Herem, Baruch continuó con su vida batallando contra la fe que lo condenaba. Terminó sus días de tísico postrado en la cama que se ubicaba cercana al taller en que pulía cristales para lentes. Paradójicamente, el hereje, el excomulgado el que no era ni cristiano ni judío, la no persona a la que fue condenada, dedicaba horas de su vida a mejorar la visión de los mismos hombres que lo odiaban. Pero no se limitó sólo a este ámbito de la visión, también se encargó de elaborar su propio contra conjuro que le valió el reconocimiento de las mentes más brillantes de la época-aunque fuera publicada póstumamente se conocían sus ideas desde mucho antes- incluso, el contra conjuro fue el más poderoso remedio para tan grande enfermedad.
Y es precisamente aquí donde me interesa la historia de Baruch, me voy a detener en la confección de esta cura para su espíritu, en esta magnifica creación del lenguaje y del pensamiento; de sus firuletes arabescos y plantaciones florales que adornan y perfuman la mejor defensa que un maldito puede realizar mientras la vida y su intelecto se lo permitan.

Veamos lo que el filosofo uruguayo Pablo da Silveira nos tiene para decir sobre maldecir:

“Maldecir a alguien era aborrecerlo y al mismo tiempo condenarlo, negarle el perdón en esta vida y en la próxima, execrarlo ahora y para siempre. Maldecir a alguien era cortar todo lazo con él y dejarlo a solas con su desgracia irreparable. Era empujarlo a un abismo sin fondo, era matarlo y por pura crueldad dejarlo vivo.”

Voy a empezar de atrás para adelante, en esa última oración me detengo para pensar la contracción que abriga, ese absurdo de matar y dejar vivo por puro goce. Baruch fue expulsado de la comunidad judía de su ciudad natal, la cual tenía ordenes expresas de cómo manejarse ante tamaña situación:

“conjuramos que nadie tenga con él trato hablado ni escrito, ni nadie le haga favor alguno. Que nadie esté con él bajo el mismo techo; que nadie se le acerque a menos de cuatro codos de distancia; que nadie lea ningún papel hecho o escrito por él”


de ahí que ninguno que se digne ser un buen hebreo tenga en mente transgredir esta Ley, lo contrario significaría correr con igual suerte que el maldecido. El conjuro consistía precisamente en quitarle a Baruch lo que nos hace humanos y nos construye: la mirada del otro y toda posibilidad de mirar a otro. Este aparente juego de palabras lacaniano, no es sino más que el ámbito material del lenguaje. La muerte significa ser ignorado completamente en el mundo de los hombres-acaso el único que conocemos. Esta indiferencia total no solo consiste en quitarle el saludo, evitarlo a él o a cualquiera de sus escritos, sino fundamentalmente, el favor. Una vez instalado en la comunidad judía local y en toda Holanda el Herem, no tener el favor significaba ser arrojado a la sobrevida[1]. El joven de promisorio futuro, a pesar de la ayuda de sus amigos, también en muchos casos en igual situación, terminará sus días en la miseria.
Tengamos en cuenta que estamos en el siglo 17, lo cual comprendía que la religión mantenía en el mundo una hegemonía realmente poderosa. Por esta razón, la eficacia del Herem, fue más allá de la sinagoga que lo elaboró, llegó incluso hasta la mismísima iglesia católica. Los pormenores fueron configurando esa sobrevida que fue armando según las posibilidad se lo permitían, sus amistades, quienes a su modo también era considerados malditos (ateos, protestantes, o simplemente científicos que cedían ante las argumentaciones de Baruch posiblemente más científicas que ellos mismos) sostendrían ese pequeño ghetto de excomulgados, execrados y maldecidos. Sobre esta sobrevida, Baruch fue engendrando su contra conjuro, su propia bendición, su apertura al mundo que culminaría en el materialismo de Marx y d Engels también malditos y perseguidos con un Herem llamado Estado burgués. Ese engendro llevaría el nombre Ética, y sería una majestuosa visión del pulidor de cristales de lo que conocemos y de cómo conocemos. Ese laberinto[2] infinito perfectamente delineado por Baruch debería cumplir con el siguiente requisito:
-Ser más poderoso que el Herem.
¿Cómo lograrlo? Dominando las armas de sus enemigos mejor que ellos mismos. Si en alguien habría que pensar para tal empresa, Baruch era el indicado ¿Quién mejor que el damnificado para defenderse? Y más teniendo en cuenta el temor que despertaba en sus adversarios que ya lo conocían lo suficiente desde muy joven. El odio que despertaba en su comunidad y en toda la comunidad religiosa que tenía conocimiento de su paradero advertía una fuerza que hasta la actualidad sigue siendo envidada y combatida con todas las fuerzas posibles: la fuerza de la conciencia.

Es aquí en donde Baruch concentra todos sus ataques. Sus batallas habían despertado con los interrogantes que suscitaban temas puramente teológicos como los milagros, las contradicciones en la interpretación de las sagradas escrituras, pero culminarían en un tema que adoptaría la ciencia moderna. Darle un sentido geométrico a la explicación de la naturaleza y a la ética, para Baruch implicaba hablar de la libertad. Y se toma a él mismo como modelo para explicarlo, la Ética, es su ética, la que él vivió desde que su conciencia lo impulsaba a buscar respuestas diferentes a las establecida, y que padeció una vez leído el Herem. Lo que aleja al conjuro de Baruch del de sus adversarios es que contiene la explicación de este último, lo que lo emparenta es su creencia, es el sometimiento de esta explicación a Dios. Dicho de otro modo, en el contra conjuro de Baruch, la voluntad de los hombres está sujeta a leyes, estas leyes pueden ser explicadas conociendo sus causas, estas causas son siempre una necesidad eterna y absoluta. Por ese lado comprendemos el porqué su descreimiento de Baruch en los milagros, siendo que para entonces la ciencia experimental había comenzado a dar sus primeros pasos; pero por otro lado, el contra conjuro se somete a las misma leyes que lo maldijeron. La necesidad eterna y absoluta, es el resto y la fuerza motriz que moviliza al Herem y la Ética. Dije al principio que la fuerza motriz de todo este asunto era la fe para afirmar que tácitamente Baruch, en su combate se confiesa también creyente de una verdad suprema, no logra superar-aunque en la práctica lo haya logrado en cierta medida-la fe que lo excomulgó con la fuerza del Herem y del Antiguo Testamento. La eficacia de los venenos y de los antídotos del lenguaje consisten en creerlos, en habitar en ellos como se habita en una casa o en nuestras propias mentes, incluso, advertir que de sus leyes son absolutas e indestructibles y no podemos construir otras leyes capaces de contrarestarlos. Todo lo que existe es por una necesidad, por una causa que lo generó, el hombre es parte de la naturaleza y por lo tanto también es una necesidad sujeta a leyes, estamos aquí en presencia de uno de los gérmenes del materialismo, pero sus límites son precisos; el hombre no es libre, ciertamente, está determinado por relaciones de producción que las contrae necesaria e involuntariamente[3], pero para Baruch, está sometido a Dios, el único ser verdaderamente libre, escaparse del Herem es lo mismo que negar esa afirmación, es un ataque a su propia defensa.
Vemos pues, que para Baruch, la necesidad universal equiparado con ese dios tan particular que sólo a él le corresponde la libertad, lo encamina paradójicamente a la solución a un importante problema: la libertad y la necesidad. Como hemos dicho, el Herem para Baruch representaba la Ley, aunque fuertemente cuestionada desde su posición empírica y racional, esta Ley continuaba siendo una extensión de la necesidad universal a la cual todo lo que existe-incluso el hombre y la sociedad-está sujeto a ella. Desde esta perspectiva, luchar en contra del Herem y elucubrar un contra conjuro para elevarse espiritualmente significaba luchar por su propia libertad. Libertad que manifestaba límites precisos, libertad a la cual teníamos acceso a través de la conciencia de la necesidad: ser maldito, vagar con posibilidad de ser aniquilado en alguna calle de la ciudad es parte de una necesidad a la que sólo podemos someternos; aquel que no logra entender que hay una necesidad superior a nuestros deseos es esclavo, por el contrario, aquel que acepta que lo sucedido es necesario, es libre. Sin duda alguna, la modernidad iba en boca de Baruch de Espinoza. Resta decir que muy a pesar de ella, la eficacia del contra conjuro se igualó al anatema que lo desató todo, incluso, que dio lugar al desarrollo de la mente más brillante de su época; y que hubo a partir del descubrimiento de su libertad una escisión implacable: por un lado, el hombre racional, iluminado y conciente de su responsabilidad moral que se somete, porqué no, a una esclavitud conciente; del otro, el hombre práctico que se alista a las filas de Jan Witt con los orangistas para cambiarlo todo, el hombre que propone la instauración de una democracia( por cierto, se trataba de la democracia burguesa) capaz de permitir que la filosofía-filosofía espinosiana-pudiera cultivarse con libertad. Esta escisión va a ser resuelta no sin antes pasar por el tamiz hegeliano de la historicidad de la necesidad, hasta arribar a la más acabada de las formas de pensar la realidad, es decir, el materialismo dialéctico de Marx y Engels que dará los pasos necesarios que no pudieron darse anteriormente.
[1] El siglo 20 recientemente pasado conoce algo muy similar, sólo que no se trata de una persona, sino de una isla llamada Cuba.
[2] Así le llamó Jorge Luis Borges en su poema titulado "Spinoza".
[3] Prólogo de la "Contribución a la critica de la economía política". Karl Marx.