lunes, 13 de septiembre de 2010

Fe en el caos

Primer dato curioso: Recuerdo, canción de un cantautor español que cuenta la historia de un hombre que cree encontrar a un viejo amor en el subte, pero se equivoca.

Segundo dato curioso: Inducido por un imprevisto decidí viajar en colectivo

Tercer dato curioso: nunca había utilizado el colectivo para ir a trabajar.

Cuarto dato curioso (este dato de tinte novelesco): corrí para alcanzar el colectivo.

Quinto dato curioso: ella iba en el mismo colectivo.

II

Está decidido, sé que luego de acabar de escribir esto, voy a tener que destruirlo: nadie puede leer este relato. Tengo mis motivos para pensar así, y son los mismos que me impulsan a escribir. Porque claro, al enumerar las concomitancias que me llevaron a subir ese colectivo, y organizarlas de manera favorable es como trazar un modelo matemático de mi propio destino. Y es que todo destino, sea lo que sea lo que se considere como destino tiene algo de inoportuno e ineludible.
Pero viéndolo más detenidamente, veo que el modelo es demasiado precario por la simple razón de que no puede predecir-si es que se llegara a la conclusión de que es un modelo matemático-un suceso venidero. Y es aquí donde interrumpo mi paso y acepto la destrucción del relato al final. Pero voy a intentar ordenar los sucesos para delinear debidamente mi presunto modelo.
Desde acá veo que los hechos más curiosos cobran mayor importancia cuando los ordeno en función de lo que me interesa: el encuentro con ella en el colectivo. Sin ella, este relato no existiría, no valdría la pena decir nada. Y ,aunque el intento fuera con resuelto interés destructivo, eliminar esta narración afirma el primero de los principios: sólo tienen valor los acontecimientos que provoca una posterior contingencia.


III
Lo más lógico sería pensar que psicológicamente me preparé para subir al colectivo, que lo que deseaba era encontrar a ese amor cantado por el cantautor español, subido en él. Este es un argumento difícil de rehusar, hasta podemos incluir aquí el segundo principio que rige el modelo: soy yo el que le otorga valor al suceso, dicho de otro modo, el orden se corresponde a mi interés. Segundo principio. Se podría cuestionar éste principio diciendo que está primero que el primero y que el primero es el segundo. No, un accidente no depende de nuestra valoración psicológica, ocurre independiente de ella.
Este es mi destino transitorio porque lo que ocurra o no dentro del ordenamiento convenido por mi interés personal es lo que rompe con el caos previo al suceso mismo.

IV

Yo veo el futuro, me precipito frugalmente sobre lo que va a pasar, incluso sea un desenlace fatal; mientras que ella sólo va ver el pasado, va a mirar hacia atrás y va a ordenar todo a partir de nuestro encuentro en el colectivo y va a entender forzosamente que tuvo que pasar aunque en un orden aleatorio y accidentado pero inexorable.


V

Si sólo tienen valor los acontecimientos posteriores, el modelo o cualquier modelo naufragaría en frivolidades si no hay una participación consciente.

VI
Si las cosas se repiten, hay que aprender cómo se repiten, incluso, mirándola a través del vidrio del colectivo preso de una ensoñación literaria, ensayo una tentativa de nombre, y nada de nada, no se me ocurre ningún nombre, hasta me parece estúpido pensar en algo que sólo puedo tener acceso preguntándole. Pasó, y me sentí parte de una canción o de un manuscrito, o como una mosca atrapada en una telaraña. Era yo y esa tela pegajosa que uno razona simétricamente pensando que se trata de algo dispuesto para uno, maquinado para uno, si uno se suma a esa vocecita minúscula que brota suavemente de su boca. Giró su canto hacia el pasillo para que lo atrapase yo que estaba anclado a uno de los asientos de atrás. Me até a esa hilera vacía cuando la vi subir y escoger ese asiento, justo delante de mí. De ahí en más, la telaraña. Poco después, en medio del remordimiento por no haberla hablado voy a recordar la canción que con mi pésimo oído no pude desentrañar a tiempo.
Cantaba:

“...quiero que no me abandones,
amor mío al alba, al alba al alba...”

no me bajé del colectivo, no la abordé con ningún discurso torpe para parecer dominado por una batalla interna desatada sólo para conocerla: hasta ahí duraba la telaraña. En adelante, es decir, ahora mismo el caos completo me tiene aquí parado, calculando las probabilidades de que descendiese donde la vi bajar esa noche con las bolsas de supermercado. Y buscarla de este modo, me parece tan estúpido como me parecía hallarle un nombre sin preguntarle. Buscarla es más estúpido. Debería desistir de este asunto, a esta altura cada vez más incómodo, porque pensándolo bien va a pensar que estoy loco, aunque mis argumentos
sean totalmente racionales y tenga por lo menos dos principios irrefutables que me condujeron hasta ella. He cambiado, la eventualidad de aquella noche, es esta misma noche, en esta parada de colectivo de la que solo yo puedo testimoniar. Desde esta perspectiva, lo estúpido pierde firmeza. Estoy convencido que ella entendería eso, sin duda le interesaría conocer el motivo por el que la telaraña dejo de ser telaraña por un instante para convertirse en ese colectivo. Con seguridad lo entendía antes que yo porque cuando tarareaba su canción, mirándome de reojo me lo advertía, me invitaba a cantar junto a ella, a deslizarme por algún intersticio y filtrarme de mis propias preocupaciones; me proponía una escaramuza. Por el segundo principio deduzco el tercero que depende exclusivamente del factor tiempo. Conocerla ahora para mi es importante, representa un enigma vital; estar parado aquí esperando la ocasión para tejer nuestra telaraña común ha alterado mi propio ser, ha producido una sublevación al caos anterior en el que me había comportado establemente como si se tratase de la mismísima muerte. Esta rebelión se inició luego de concluir otra rebelión, luego de haber fulminado las trabas que me impuse para no hablarla en ese momento. Entonces, el modelo quedaría de este modo:

-Contingencia
-Interés
-Revolución

viéndolo ahora con mayor claridad, comprendo que las cosas tienen su tiempo justo, las cosas en la vida; incluso, hallarla nuevamente forma parte de un modelo que vamos diseñando en la medida de nuestras posibilidades, de nuestros propios principios rectores que se arman y deshacen simultáneamente. Diría que perder fe en el caos, en los desordenes que vivimos al que nos sumimos pasivamente es un paso a la vida, a los ordenes que nos permiten vivenciar cuando es oportuno y en la medida que corresponde, de hecho, mientras mi corazón ha comenzado a palpitar en señal de que ella está a punto de bajar del colectivo, estoy listo para recibirla yo con una nueva canción.