lunes, 27 de septiembre de 2010

Uno

III


Sabía incluso más, era capaz de repetirlo, si no fuera por la Nery que se mantenía íntegra, invulnerable al amor de su marido que se le esfumaba. La indiferencia de la Nery era la inmundicia más inaguantable que uno debía soportar.

María Amalia Molina, conocida por todos como la Nery, mujer interesante para los Barrientos busca mujer interesante con plata y bulba delatora o mejor conocidas-la mujer interesante y la bulba delatora-como qué ganas de culear que hay, se babeaba desde pequeña por los de la otra clase. Los de abajo, esos negros sudorosos, rotosos y malolientes eran sus favoritos, cosa que más de un familiar no dudaba en considerarlo como un precoz espíritu filantrópico manifestándose. Para nada. Nada para a una bulba delatora como la de una mujer interesante frente a un Barrientos busca mujer interesante que ya la había calado el día que fue con su padre a colocar una escalera de cedro para la mujercita de la casa. Los detalles del casamiento y los embarazos subsiguientes se pueden abreviar en una palabra: urgentes. Era una mujer feliz, siempre y cuando, ese Barrientos marido-de la otra clase-le diera su dosis de atención desaguando la baba que a diario la hacía tarársele encima. Estaba enamorada de ese guacho malhumorado que la puteaba con frecuencia cuando lo acorralaba con sus tiernas ensoñaciones. Lo hacía porque su marido le infundaba un poder sobre ella y porque ese poder se expresaba con las groserías más espantosas, a medida de cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Barrientos era un héroe, un malevo por naturaleza, un mafioso peligroso, para la Nery que le profesaba un curioso sentimiento, para los demás, un ratón (aunque después de garcharse a la Nery su situación económica había crecido generosamente, continuaba siendo una rata muerta de hambre).

-Está entrando agua don Barrientos...lluvia de mierda que no para.-

El mozo del bar salió de la cocina blandiendo el secador, y comenzó a combatir el oleaje que ampliaba su costa salvajemente con cada auto que pasaba por la calle anegada. Escupió el escarbadientes que salió rápidamente a flote montado sobre una cresta que lo encalló sobre la pata de la mesa donde estaban Salvador y Barrientos contemplando la escena. -Sabés, te voy a ayudar con la Claudia, aunque no me lo pidás, te voy a ayudar-. Ayuda que una vez él mismo la tuvo, aunque breve y limitada, sirvió para consumar su romance más de lo previsto.

-No, don Barrientos, es mejor que no se meta usted, el problema es mío. Ya que me hace hablar, con la Claudia nos queremos ir de aquí, estoy juntando algo de plata como para aguantar un tiempo a donde vayamos.-

Si, Barrientos comenzó soñando irse a cualquier parte del mundo cuando vio por primera vez a la Luciana. Tenerla sólo para él, agotar lo que les sería permitido vivir del amor.

Creía que un golpe de amor iba acompañado con otro de suerte. Se haría rico y volvería a buscarla para llevársela. Pensaba mal, o evitaba hacerlo lógicamente, el sentido común le hubiera revelado que ya era rico, que lo mejor de la Nery estaba en el banco a nombre de Jorge Barrientos. Pero soñaba, fraguaba de todo para mantener su incuestionable irresponsabilidad. Ni el amor conseguiría doblegarlo.

When Lights goes down i see no reason, for you to cry, we´ve been through this before

Soñaba a la Luciana bajando de la tarima y sentándose sobre un mechudo diluido sobre in every time, in every season, god knows i´ve tried, so please don´t ask for more la silla, ella le mueve las caderas y nada, el tipo estaba completamente dormido, le tira un Can´t you see it in my eyes this might be our last goodbye chirlo cariñoso pero correctivo antes de usarlo a él, a Jorge Barrientos como a un gran Carrie, Carrie, things they change my friend, consolador y permitirle con disimulo, en el permiso susurrado al oído, de tocarle sus, Carrie, Carrie, maybe well meet again somewhere, again muslos estupendamente depilados para terminar organizando con las manos la turgencia provocativa de sus tetas. I read you mind, la Luciana estaba pechugona y había que probar, with no intentions of being unkind, rodearla con las manos, y apretar suavemente para confirmar i wish i could explain It all takes time, a whole lot of patience if it´s a crime, how come i feel no pain la tensión que no es propia de una teta común; Can´t you see it in my eyes this might be our last goodbye entonces Barrientos siente que se le desbarranca el corazón en el preciso momento en que la Luciana, Carrie, Carrie, things they change my friend como a uno más, sin reconocerlo, se levanta y sube nuevamente a la tarima, y enlaza sus musculosas piernas en el tubo cromado que convergen junto Carrie, Carrie, maybe well meet again somewhere, again con su cuerpo desnudo al infinito por los espejos. La velocidad con que aumentaba el deseo de tenerla se podía palpar como cuando se mete la mano en una bolsa de arena y verlo llamarla luego del show, enterarse que no se puede invitar a tomar a las chicas pero que con gusto ella le compraría el ferné que tanto pedía, y entre el pedido y el regreso de La Luciana con el vaso negro y frío, Barrientos vuelve a falsear sus posibilidad y sueña nuevamente con hacerse rico. Voy a hacerme rico, se dice Barrientos, abalanzando el vaso de plástico con ferné en su boca desértica, sintiendo el peso de la Luciana, su carne que se amoldaba a una de sus piernas. Era un derrumbe completo, cantidades de materia que lo aplastaban alertándolo de los peligros, deliciosos y descomunales que jamás disfrutaría, su tiempo había concluido sólo porque él creía en ese desenlace, en ese hipotético final que lo paralizaba a la hora de decir que la amaba como a nadie del mundo, que era capaz de los sacrificios y de las renuncias, de las omisiones y de los olvidos. Sentada sobre su pierna, susurrándole el precio de sus servicios que siempre hay que probar para saber si son buenos, Barrientos se deja vencer, se le agotan las palabras y pide pasar, si, pasa, y cuando está en la habitación se sienta en un lateral de la cama mirando hacía la ventana abierta, la Luciana le avisa que ya regresa, él sigue soñando, se toca para ver si estaba ahí, tadavía dudaba, iba a fracasar frente a esa diosa que pronto lo pondría a prueba; da un zarpazo a sus pantalones y saca de un tirón un toco guita y le entrega a ella que entra a la habitación con un rollo de papel de cocina y un forro en la mano. El sueño continuaba, da un trago al ferné como si fuera un poco de aliento o el narcótico que le haría pasar un mal trance con mayor dignidad y se deja vencer nuevamente al pedido de la Luciana que le pide que se saque los pantalones mientras rompe el envoltorio del forro con la punta de los dientes. Los sueños son así, se consuela Barrientos cuando siente un apretón en sus genitales que lo hace retroceder y caer sentado al pie de la cama, es la Luciana que le pone el forro con la boca, y masajea con la lengua la flacidez desconcertante de la verga de Barrientos igualmente desconcertado pero confiado de que ese cosquilleo feroz que comienza a recorrerle las piernas es signo de un futuro mediato y prometedor.

Barrientos se gastaba una considerable parte de su dinero en verla bailar, en la tarima y sobre él, aunque poco supiera lo que le pasaba a la Luciana por la mente, al escucharlo hablar sin rigor, entre mentiras y verdades, como si entre ellos hubiera un acuerdo que los eximía a ambos de controversias o de súbitas explicaciones. Como la vez aquella que le mintió que viajaba a Francia, y que al retornar la llamaría para que pasasen un día juntos; o la vez que le prometió pagarle un cirujano para que le borre el nombre de Pablo (su padre como afirmaba la Luciana y que llevaba tatuado en el brazo izquierdo). Así se devolvían las mentiras, pintando un óleo que de fondo proyectaba la luz de la verdad, siempre palpitante, insinuándose a borbotones, descomponiendo las cada vez menos eficientes mentiras de los dos. Pronto, con noches y pasadas, Barrientos aprenderá que todo eso, ese orden voluptuoso y enceguecedor del puterio era el orden de todo puterio, y que el comportamiento felino de Luciana estaba sujeto a sus leyes y privaciones.

La Luciana lo apasionaba, por supuesto que era mejor que ella ignorase el asunto, y todas las vicisitudes que ello envolvía, incluso, la dejadez y la falta de perspectiva. Nada importaba más que llegar al fin de semana a mendigar una hora a la Luciana. Tocarla, recorrer escrupulosamente esa porción curva de las caderas que se replegaba cuando mostraba el núcleo ilimitado donde todo acaba. Hasta ahí llegaba el futuro para Barrientos. Salvador entendió que su amor por Claudia, emparejaba la charla, aunque Barrientos y su amor de ridículo futuro, lo superaba considerablemente.

-Vamos, vamos Salvador, ya te he contado que la he pasado como vos, dejáme que te ayude con unos mangos, tomalo como el adelanto de un futuro laburo-.

Los adolescentes rompieron en risotadas y salieron del rectángulo que daba a la calle. La lluvia había parado de golpe. Las ruedas del auto estaban sitiadas por ramas y yuyos. Subieron. Barrientos dio arranque y la correa chirrió agudamente mientras el motor del Ford se sacudía como un titán bajo la tierra. Las calles iban desagotándose ociosamente, podía olerse la fragancia serena de los azares de los naranjos y del pavimento húmedo por toda la atmósfera. Una milicia con secadores en mano expulsaba el agua de las habitaciones de las casas. Personas en los balcones.

-Bueno, decime dónde te llevo, fijáte vos que hace rato que te conozco y no sé dónde es tu casa-.

-España y Necochea-..¡Ah!, barrio Jardín, hermoso barrio...¿sigue estando el mercadito frente a la plaza?-

Llegaron a la intersección de Belgrano y Ejercito del Norte. Barrientos y Salvador comentaron sobre la inundación de la esquina y de los autos que pasaban empujados con dos, tres y hasta cuatro changuitos que los socorrían del naufragio fulminante y peligroso. Barrientos esperó que un Taunus rojo con los vidrios polarizados abriese el camino que él continuaría fielmente. El Falcon chirrió lánguidamente, lo cual significaba que Barrientos pisaba el acelerador más de lo habitual para evitar quedarse en medio del río. Cruzarían sin grandes sobresaltos si no fuera por el poco de vapor que salió del motor, con seguridad se había mojado el múltiple o la salida del caño de escape, que hizo soltar a Barrientos una breve y concluyente puteada al del Taunus que no apuraba la marcha.