domingo, 1 de agosto de 2010

Wong Kar-Wai


Basta escuchar “vas a soñar conmigo”para intuir que vamos a ser inducidos por fuerzas ajenas, sin embargo matemáticamente sabidas. Pero eso no es lo más arbitrario de asunto, devorar con deleite escópico cada recuadro que vemos pasar perezosamente es nuestro destino. Porque es lo que se nos impone desde algún lugar, menos desde el director que el de décadas de lecturas del realismo mágico. Las imágenes discurren en un tiempo donde la cotidianeidad queda calculada por relojes que marcan la lógica de los sin apuro, la temporalidad privada de los personajes que deambulan por pasillos, callejuelas o que se postran en una cama deshecha por el amor repentino, alentados por un diminuto ventilador. Ese mundo, ese universo en apariencia letárgico, precisa de quien vea y descifre lo que los personajes proponen con sus vidas siempre insatisfechas. Por esos canales se filtra el realismo mágico y los tangos o boleros siempre presentes. Lo que se precipita en ese goteo incesante y casi imperceptible, es el tiempo en su plenitud abrumadora e implacable; siempre vamos ver relojes, calendarios, rúbricas en primera persona de los años que han transcurrido, pero ese, ese no el tiempo, todo lo contrario, superar esa sórdida escaramuza nos introduce a la dimensión que luego nos va a pertenecer hasta el final. Wong Kar-Wai, inaugura el libro-imagen, y como si diéramos vuelta la pagina, una imagen se vierte sobre la anterior desparramando en su recorrido semicircular el aroma cifrado del lenguaje y sus arrebatos de furia. Porque lo primero que hay que aprender-lo que ya aprendimos-es la metáfora del libro en mano: los parapetos escogidos por Wong Kar-Wai para introducirnos a su territorio son las ventanas, las puertas, el recorte de un espejo, el gentío ardiente e inexplorado que nos alertan, nos advierten que somos espectadores. Y palpitamos ansiosos. No obstante eso, el frenesí romántico no se detiene en esas geografías arquitectónicas, vemos la pasión pictórica de El Beso de Klimt repetirse; sólo pasa ante nuestros ojos como el tiempo, camuflado atmosférico permanente que extirpa de lo ordinario lo que contiene de extraordinario. No hay héroes ni antihéroes, en ocasiones los personajes son conceptos que pululan gravemente por el espacio y colisionan estallando hasta generar nuevas constelaciones: los conceptos se convierten en deseos, en los nuestros propios, en los más íntimos e incomunicables. Ya no el espacio físico, sino el del lenguaje donde se inmiscuyen las violencias intolerables, los vaivenes imprevistos de la inconsistencia humana, la rigurosidad del azar en la vida. Todo lo que hacemos cuando vemos a Wong Kar-Wai es desear, es latir junto al libro que se abrió curiosamente y estremecernos al vislumbrar el final que nos libera y nos cautiva. El amor en Wong Kar-Wai es fervor en inquebrantable falta, es color y la falta de él también, es ciudad, es puerto. La lluvia que gotea en la pantalla de un foco que ilumina una callecita es la nostalgia de ese amor inaccesible, es el mito que el romanticismo no logra arrancarse y que es el mismo que lo hace agonizar. Todo lo que de la topografía del tiempo y el espacio nos había encantado, con el mito del amor acaba dilapidado a expensas del colosal capricho que mueve montañas-y páginas de libros.