sábado, 7 de agosto de 2010

Historia común, la bomba lacrimógena y lo posible



Todavía es un enigma, pero lo cierto es que pagué los trece pesos que me pidió el del quiosco que está en la vereda del correo, por una revista de cine tres meses atrasada. Quizá, lo más cómodo sería pensar que mi afán por profundizar mis insipientes y, casi siempre vagos conocimientos cinematográficos me hizo meter la mano al bolsillo sin chistar. Incluso, que haber visto la versión televisiva de la revista me impulsó a leer lo que esos tipos raros hablaban entre ellos; o que no entender nada de cine me hizo admitir mi ganas de hacer cine.

Todos esos argumentos eran posibles, pero ninguno sonaba convincente. Es más, los argumentos se multiplicaban conforme explicaba a mis amistades que ahora leía sobre cine. Ninguna historia es eficaz, digamos, narrativamente, si su público la espera, por eso, la educación, esa manera que uno aprende a buscar en ellas, tiene sus límites, uno de ellos es que debe darse a conocer con la condición de concluir junto con la historia. La historia misma debe ir trazando el derrotero para ser “entendida”. En eso radica la sorpresa: la novedad.

Cargué conmigo la revista por algunos días, esperando otros quince necesarios hasta la salida de la nueva publicación, y compré la segunda. Comenzaba Enero y la revista cumplía sus doscientas publicaciones, la conmoción duró poco, a la primera, que era del mes de Octubre del año pasado, la disfruté como solo un maniático lo podía hacer; para entonces trabajaba en el turno noche, y mientras esperaba por pasajeros en la parada de la esquina de La pizzada o en la San Juan y Rivadavia, leía cada articulo con sumo placer y dedicación. Así que, después de leer los artículos de los fanáticos de la revista celebrando esos doscientos números que escribían como miembros de una secta a la que me estaba afiliando sin pedirlo, volvía a la de Octubre con nostalgia. Desconocía a que correspondía ese sentimiento, nada había perdido, la revista seguía su edición con total normalidad, los artículos que leía y releía hablaban sobre películas que no sabía si algún día podría ver, así que podía considerarlos como pequeños cuentos.

Entonces, la nostalgia estaba mal ubicada. Luego compré la de Febrero, y la de Marzo, al tenerlas y ver que la secuencia interrumpida en Enero seguía su ritmo, pude retomar esa ansiedad subterránea que me impulsaba a comprar la revista cada mes. Entonces, la nostalgia no debía ser explicada, no hacía falta. Con verdadera admiración, me hice un seguidor de Noriega que dice “tontuelos” cada tanto,despues de tendernos una trampa, a Marcos Vieytes y Javier Porta Fouz, de mentes intranquilas(dementes podríamos pensar, memorables también). Tomé a la revista como un libro de cuentos, de paisajes y de historias plagada de personajes ficticios y reales que escribían igual que sus fanáticos los cuentos adornados con fotografías. Y ese universo franqueado por el número de paginas y por la frecuencia de un almanaque infame, comenzaba a tener sentido. Porque todas esas palabras, ese orden cargado de ideas y de atmósferas inteligibles, se materializaban cada vez que algún acontecimiento real los retrataba.

El primero fue el cierre del cine Atlas y la apertura de las salas de cine en un shopping de Yerba Buena; el segundo ver “Historias Extraordinarias” de Mariano Llinás, en el preciso momento en que “El secreto de sus ojos” de Campanella era nominada al Oscar y se llevaba todas las lisonjas de legos comunes y de legos empresarios. Comprendía que todo lo que esos tipos raros hablaban en los cuentos eran verdaderos actos de rebeldía, de resistencia a las fórmulas de cine que aspiran a repetirse cada vez que sea necesario llenar salas, de oposición al Estado que subsidia películas que son evaluadas por un tribunal que da el okey siempre y cuando justifique el “reembolso”, un grito a la desidia y al olvido. Porque cada vez hay menos salas de cines y las entradas son menos accesibles para la gente, porque las películas que “vemos”son pura bazofia manipuladora y dominante.

El sentido de las cosas, de comprar esa revista de locos fanáticos, me hizo ubicar la nostalgia en el lugar que le correspondía, del lado de las auténticas búsquedas, de permanente y casi siempre insatisfechos descubrimientos, de inquietudes y de incomodidades. Ver “Historias extraordinarias”, me tranquilizó y me devolvió mis deseos de ser feliz e insatisfecho a la vez, como esa película que dura cuatro horas, mezclando literatura, música y personas que flotan invisibles por territorios comunes y visitados por todos, pero omitidos como fuentes de relatos. Lo extraordinario, es la sencillez con que se tejen las historias en los lugares que nos enseñan a creer poco interesantes, cuando no, nada interesantes. La epifanía, la celebración a la que invita esta manera de “ver”las palabras y las historias, hace de películas como “El secreto de sus ojos”, una falsificación del mundo y una banalización de las emociones que provoca. No, no son revolucionarios, no plantean el control obrero del ministerio de cultura, ni la destrucción del Estado burgués en manos del proletariado, simplemente ponen en discusión un tema que desde la creación del BAFICI se ha abandonado:¿cómo carajo hacemos arte en un sistema que nos convierte en mercancías?

Disfrutar una película de cuatro horas, es renegar de directores como Campanella o como David Fichner (El curioso caso de Benjamín Button) que someten al publico a las formulas efectivistas que reclama el mercado; es vislumbrar que existen otras maneras de hacer arte, en este caso, cine argentino, y que es posible.