miércoles, 4 de agosto de 2010

Furia de la noche en que la policía saqueaba la pinturería que se incendiaba



Viernes 22 de julio. El escarabajo empieza a estridular sobre la mesa. Es la una de la noche, no se me ocurre quién puede ser hasta que leo en el display del escarabajo: Hugo. Primo querido, vení que te estoy esperando en el centro. Forcé una fantasía extemporal la cual iba acompañada con la pregunta de si se incluían mujeres junto a las cervezas que me ofrecía. Subí al taxi para comprobar que todavía estaba bajo el efecto analgésico de haber concluido la preselección del material para mí primer libro; la droga me hizo olvidar los 3° bajo cero que se sentían a esa hora. De acuerdo a mis deseos por manifestarle al mundo la hazaña, ese cruce épico de decirle al mundo-licencia expresiva que poco tiene que ver con la realidad suponiendo que si el libro sale, el mundo puede quedar reducido a unos cuantos amigos y aventureros capaces de comprarlo-que yo, Daniel Alonso, soy escritor; volviendo a lo que quería contar, consideré a Hugo como el primero en conocer la noticia. Al bajar del taxi, mi fantasía de las mujeres esperándome detrás de las cervezas, se esfumó inmediatamente al ver a Hugo sentado solo en una mesa, en un bar por la 25 de Mayo igual que perro malo. Nos saludamos, nos abreviamos con risas y cerveza nuestras aventuras del verano pasado; yo en Santa Fe, él en Chubut. Propuse irnos de ese bar desolado que se agotaba en medio del olor a frituras y los gritos de un grupo de cincuentones medio escabiados. Mientras Hugo pedía con su cara de ladrillo a la vista la cuenta, yo le exploraba disimuladamente el culo a la moza. Me sorprende esa última afirmación, porque lo que menos pude hacer fue disimular, de todos modos, la moza ni se fijó en ese pequeño desliz. Redondo y firme culo. Con seguridad cuando se escribieron las sagradas escrituras-no hablo de Cortázar ni de García Márquez, sino del antiguo testamento-al referirse a la manzana, al pecado y al describir la hermosa ciudad de Sodoma, un culo así atormentaba al escribiente. Próximo destino: Pangea literaria. El fuego de las poesías que llevaba enrolladas en la carpeta bajo mi brazo más las birritas que tomamos me renovaron el animo ¿Frío? Tengo entendido que en primavera el clima es cálido, que las playas pueden quemar los pies si uno no se cuida, que el carnaval nos espera a unas cuadras de aquí con guirnaldas y agua perfumada. Lo único que mantenía en vilo la noche, lo que no podía quitarnos el vacío absoluto de gente en Pangea, era que tomaríamos unas birritas más y nos encontraríamos a las 3 y media con la moza en la puerta de Jazmín de Luna junto a una amiga de ella para ir a un after. Con el hocico listo como dice la canción de los Redondos, comencé a contarle a Hugo sobre el libro. Ningún método mejor para hacerlo que leerle algunas de mis poesías, de narrarle las historias que se escondían(siempre quiero creer que se esconden lo suficientemente bien) detrás de cada una de ellas y del libro en conjunto. Creo que me apasioné un poco, porque recuerdo que le dije con un poco, si lo confieso, el melodrama había empezado, con un poco de lágrimas en los ojos que si no publicaba ese libro me moriría, o en su defecto, me enfermaría, lo cual a esa altura, supongo, el alcohol me aseguraba que eran destinos equivalentes. El rigor de las teorías sobre la infancia nos importaba una mierda, Hugo escuchaba a su primo querido, había abandonada la cara de ladrillos a la vista para mirarme como espiando una ventana para ver si había alguien en casa. Yo te voy a ayudar. Y ya iban 3. Tres, la pócima artística de alguna manera resultaba ser como una especie de reivindicación imperiosa para todos los lograban escucharme.

Un acto de rebeldía, ir en contra de las coreografías de la música pop, de los libros de escritores best seller de la feria del libro o del griego. Mi primo me dijo que el mundo estaba dominado por los coreógrafos de baile. Habló de una teoría y de un sistema infalible para derrocarlos. Jenny, la francesa de un metro ochenta que atiende el bar, comenzaba a hablar el idioma universal de los bares que cierran las puertas. Arrimaba mesas, apilaba sillas, nos sonreía y de reojo miraba cuánto le quedaba a la botella. Antes de irnos, Hugo asumió como mi representante. Llegamos a la puerta de Jazmín de Luna y la moza ni pintaba. Me pica el bagre, escuché decir y cuando miré Hugo estaba en el drugstore de la esquina comprando birras. Entramos, teníamos media hora para estar ahí adentro, cosa que me parecía un poco extraño, porque desde ahí, por más lindo que sea el culo de la moza, no se lo vería. No indagué mucho, las poesías se me alborotaban en la boca, el dueño del drugstore y su empleado con cara de tarro aplastado, sonreían y aplaudían menos las poesías que el entusiasmo que ponía para leerlas. Comencé a leer “Frutas secas” y la sirena de los bomberos tapaban el gusto por el café y la noche con una desconocida. Giré la cabeza y pude ver al dueño del drugstore bloqueando la entrada con una reja. Alto taquito, quiero ver el incendio. La pinturería de la esquina se incendiaba como en las películas, nada más que los bomberos eran tercermundistas, flacuchos y perezosos. Dos semanas después saldría en toda la prensa del país el motivo de aquella pereza. La policía estaba saqueando los tachos de pintura que no se habían quemado. Antes de regresar, busqué entre el tumulto de gente a la moza y a su amiga, pero una mujercita me miró como si me conociera así que me acerqué. Nuevamente en el drugstore, le conté a mi primo de otro after, de una mujercita que me acababa de invitar, y del plantón que nos dio la moza. Mi representante me dijo con sabias palabras(hasta ese momento): ¿qué te hace pensar que esa mujercita que vos decís, no nos hace la pera como la moza? Andá al baño y vas a ver.

Hugo, mi primo, tiene un sólo riñón, el que le falta se la donó a Cacho, su hermano mayor, por eso cuando dijo: Andá al baño y vas a ver , tan ajena a la oración anterior, pensé que estaba alucinando, pero no, cuando le pedí que repitiera lo que había dicho, repitió exactamente lo mismo. Por supuesto que me ajusté a las leyes de la gramática y de la noche, y todo gracias al dueño del drugstore que se acercó y puso su mano en una de mis piernas. Agarré la carpeta con las poesías y saqué una al azar, salió “Fresas, frambuesas, bollos, papilla”. Dije: andan caminando las ganas todas de hincarle el diente a la mejor amiga de la mujer que me gusta...el dueño del drugstore que hasta ese momento era el dueño del drugstore, con vos de dueña del drugstore poseída por el demonio de Moria Casan me habla de matemática, habla de la ecuación estudiante de psicología igual a reprimidos, dice que ella, perdón, él como psicólogo, nos conoce a todos, que basta de poesía, y como madre que envía a sus hijos a la cama porque la noche está avanzada ya, me invita al depósito para conocerlo. Entra, y hace gestos de mimos con la luz apagada, yo sigo leyendo esa poesía que me trae mala suerte, interrumpo y miro la cara de Hugo que había cambiado la cara de ladrón de hogares a la de estafador. Hugo, minutos después en el taxi, alentado por mi enojo me cuenta que cuando me había ido a ver el espectáculo sanjuanino de la pinturería, le pidió al dueño del drugstore su opinión sobre mis poemas, el dueño del drugstore le confesó saber poco y nada de poesía, pero que estaba dispuesto a ayudarnos si lo ayudábamos a él. Le ofreció cerveza y pidió una entrevista conmigo en el baño. El resto de la historia no es difícil de conocer. Mi representante, con la cerveza a mano, me había conseguido mi primera participación artística. Insultado por el caché, salí del lugar pensando en que acaba de vivir la primera frustración camino a la publicación de mi libro, de mi salvación, sin embargo, había sido testigo del efecto alucinógeno que se libera al destapar el deseo envuelto en papel una madrugada cualquiera.