viernes, 24 de febrero de 2012

Una paloma de plástico





La única manera de resolver la polémica era agarrando uno de esos sistemas de lentes llamado microscopio, o, en todo caso, un sistema digital frecuentemente llamado zoom.
Agustina me tenía las pelotas por el suelo. Digámoslo así para que no se presten estas palabras a confusiones: aprovecharse de un ciego a los colores, es un golpe bajo, por lo menos un intento de escamoteo a la discusión.
El asunto es que Agustina veía nubes donde yo veía pulpas, como primer punto.
Diferente hubiera sido si a la gente como uno le dieran la oportunidad de hablar, de contar cómo son las particularidades del mundo daltónico. Pero no, Agustina desde el primer día que le conté sobre ese universo de formas y contrastes ajeno al suyo,  se entregó a una vocación ansiosa por  discusiones sobre longitudes de onda o de células cargadas de los pigmentos adecuados para realizar las consecuentes despolarizaciones.
Segundo punto: Agustina es fotógrafa, y debo admitirlo, me gusta mucho. Y no me importa si sus ojos son de color aceituna o marrones como el té la Virginia. Me gusta, y yo veo pulpas en sus ojos.
Le pregunté cómo sabía que eran nubes y mientras respondía que las nubes eran su obsesión más profunda, después de Arctic Monkeys yo imaginaba que ella había traído de fábrica-sólo por ser mujer- el doble que yo-sólo por ser hombre- de rojos y verdes en sus genes. Y si a esos rojos y verdes se les ocurría en este momento mutar, ella sería daltónica y nuestra polémica se transformaría en pura semántica, pero eso no es así, es imposible que un gen X portador de los pigmentos rojo y verde mute una vez originado en una persona. Según esto, yo como daltónico-y sólo por ser hombre-no tendré hijos daltónicos siempre que ella no tenga sus genes mutantes si es que luego de nuestra polémica quedan posibilidades de algo.
Naturalmente imaginé tener ese algo con Agustina. Lo imaginé fuera del monoambiente de la Rioja casi esquina Laspiedras. Ese algo fue para mí, por mucho tiempo un salvoconducto a mis anhelos de autocompasión. Creo haber contando que Agustina me rompía las pelotas, cosa que no ocurría minutos antes de ver las pulpas en sus ojos por vez primera, porque mis planes continuaban minuciosamente trazados. Recorrer Europa de este a oeste en tren tocando la guitarra, aprender idiomas, culturas nuevas, amar a mujeres jóvenes y fervientes, aprender a hacerme extrañar. Con el dinero ganado (obtenido en una empresa alemana de telecomunicaciones enseñando estrategias grupales de trabajo, fundamental para lo que sigue en la lista) comprar una pequeña parcela de tierra en una zona rural de innegable belleza tal cual como la que había visto en “La pasión de Anna”, y en esa soledad planificada esperar todos los atardeceres posibles hasta el final. Sí, deseaba que lo posible coincida con el final, pero no siempre ocurre de ese modo.
Probablemente hasta esos minutos antes, mi plan, mis planes eran la mejor manera de ver mi vida se desmoronaba sin sentido alguno.  Para mí, se trataba de un caso típico de suicidio paulatino. Todavía me pregunto cómo es que se abandona de a poco las ganas de vivir. Porque para hablar de suicidio uno, o el suicida mejor dicho, tiene que ser consciente de las consecuencias de sus actos destructivos, sino, no vale. Y yo era perfectamente consciente de que nunca me atrevería a recorrer Europa, mucho menos aprender a tocar la guitarra ni enseñar técnicas grupales en una multinacional.  Todo eso era mi método para no hacer nada, para consolarme por mi soledad absoluta y de la miseria de trabajo que tenía entonces.
-¿Sabés que el azul es un problema para los dos?
Quise ponernos a la misma altura, demostrarle que el azul no es un problema de género, sino de la especie humana.
-Rojos y verdes son un problema en todo caso de hombres. Respondió mostrando su mejor perfil criollo.
-¿Ves ese azul del cielo?-Le dije- Ahí donde están tus nubes…bueno, no lo verías si tu cromosoma 7 se empaca.
Pero cuento lo que ocurrió después de las nubes o pulpas. El mundo ya es complejo de por sí, pensarlo desde la mirada de cada ser humano es tarea aún más compleja que sólo se atreven profesiones tales como las de escritor-en la que me incluyo-abogado o jugador de póker.
Nuestra segunda polémica fue la paloma. Ahí donde ella veía una paloma sonsa por aterrizar sobre la tapia de la familia polaca que oficiaría como nuestros  nuevos vecinos, yo veía una paloma burlándose de nuestra  ventana enrejada, del aire opresor y claustrofóbico de nuestro monoambiente.  Nuevamente nuestros mundos se estrujaban y comenzaban a manar las puteadas y difamaciones pertinentes. Los daltónicos podemos diferenciar las incompatibilidades entre la sonsera y la claustrofobia, y todo intento de explicación radica en tantear el ángulo o punto de referencia.
No se agotaba acá el desastre: para Agustina la paloma era de plástico.
Esta vez la controversia carecía de matices.
La paloma era blanca con unas breves pintas terrosas que se combinaban en dos plumas laterales por cada una de sus alas dando la sensación de que hubiera sido salpicada de barro. Era una Columba livia popularmente conocida como paloma doméstica. Caminando por la tapia ofrecía la mecánica del movimiento clásico de las palomas en el parque cuando se empujan unas a otras por obtener el pan que la gente les tira. Una paloma al mejor estilo bíblico. Con seguridad estaba en los genes de este bicho llevar en su pico una ramita de olivo anunciando el retroceso de las aguas. Si hubiera olivos por aquí o algo que anunciar a otro.  
La paloma que nos tocó a Agustina y a mí, aparentemente se prestaba para la confusión.
Así como mi cerebro con su necesidad de integración y estabilidad aprendió durante millones de años a suprimir anomalías-hablo de cuando el rojo y el verde aparecen juntos a la par mi cerebro hace una sumatoria y dice marrón, o gris, pero nunca verde y rojo-nuestras disputas con mentalidad propia  tendía a todo lo contrario: al caos total y al desequilibrio.
Y mientras nuestra mente se esparcía por el monoambiente, yo intentaba desechar la posibilidad de domesticarla-a la paloma-y comunicarme con Gregorio, por ejemplo. A él le gustaría imponerse la disciplina de la domesticación colombofílica si argumento la versión castrense del uso de palomas para convencerlo. Lo único que me mantenía dubitativo era el problema de higiene. El monoambiente era demasiado pequeño aunque cerca del lavarropas o encima de él podría improvisar un nido para Ofelia.
Sí, como tercer punto, la paloma que para Agustina era de plástico, se llama Ofelia.
La mentalidad-agustina se iba a cocinar para nosotros dos sin suspender su parlamento a favor de la plasticidad del ave perteneciente a las colúmbidas (Columbidae)familia del orden Columbiformes que incluye las palomas, las tórtolas y formas afines, siendo en total unas 308 especies. Según Wikipedia.
-Baquelita. Arrojé el anzuelo para que la mentalidad/agustina picara.
-¿De qué hablás?-dijo haciendo círculos con las pulpas/nubes en clara señal de pique.
-La paloma es de baquelita, el primer polímero que dio origen al plástico, según Wikipedia. 
Jamás hubiera alcanzado a sospechar el alcance de la magnífica idea de sintetizar todos los conocimientos del hombre en un solo lugar la mentalidad Diderot/D´alambert.
-Sí, mirá, no se mueve. Ofelia cerraba los ojos dormitando en uno de los cantos de la tapia.
Agustina, mientras mentalidad-agustina se acaloraba con mentalidad-rolando (me presento, mucho gusto) y cocinaba además, toma su Canon y aspira a congelar la tarde.
-Van a ser en blanco y negro, así podés verlas mejor-Dice ella a la vez que abre sus ojos enormes y me enseña su sonrisa Colgate indicando chanza afiebrada.


Fue cuando ocurrió ese primer temblor.
Esa corriente eléctrica que se dispersaba desde mis pies hasta las puntas de mis manos.
Punto muerto.
La injusticia del día cobraba otra envergadura.
De pronto, hastiado de tanto tembladeral, vi que las paredes del monoambiente se inundaban de un rojo homogéneo.
El problema aquí, imbécil como patada en el culo tímida, era que el rojo se justificaba siguiendo mi ritmo.
Me senté, Agustina seguía congelando a Ofelia que dormía en la tapia. Cuando intenté hablar mi boca estaba ocupada en hacer la suya.
En ese preciso momento la mentalidad-agustina picaba el ajo para ponerle a los fideos.
Y pensándolo bien estoy seguro de que el olor del ajo hizo que el rojo se tornara más intenso y voraz acaparando cada ángulo que antes pertenecía al resto de luz de la tarde.
Rojo, todo era rojo.
Sólo quedábamos Agustina y yo, y nuestra mentalidad dispersa homogéneamente por el monoambiente como el rojo intenso de las paredes, la cama, los muebles, nuestras vestimentas, las luces.
De golpe la busqué con mis ojos para no perderla como ya había perdido todo lo que nos rodeaba.
Buscar un punto de referencia y no quedar en plena oscuridad.

Había leído una historia de marineros que naufragaron por varias semanas en las heladas aguas de la Antártida y de tanto ver el color blanco de la nieve congelada en todas direcciones quedaban completamente ciegos, lo mismo experimentaban los esquiadores.
Por eso busqué a Agustina que colaba los fideos que ya estaban listos, y que se mantenía sin percatarse de la transformación en el monoambiente. 
Me concentré en mis piernas acomodadas una a la par de la otra como cadáveres a la espera de una visión; tenía que vencer la fuerza que me absorbía cada vez más el cuerpo hacia el centro de la silla.
Puse mis brazos a cada lado del asiento y salté.
Un intenso zumbido atravesaba mis tímpanos.
Vi que había perdido toda la coordinación de mi cuerpo, me movía con la torpeza temporal de un cuadrúpedo recién llegado al mundo.  Algo peor va a pasar, algo peor va a pasar.
Agustina no vio cuando me caí sobre mis rodillas, sólo escuchó el estampido de mis rotulas y ligamentos precipitándose al piso. Se acercó rápidamente.

-¿Qué te pasó, amor? –Dijo mientras anclaba sus brazos por debajo de los míos.

-¿Ves el rojo? Dije con miedo a su risa-, está por todas partes… ¿lo ves?

Tardó en contestar. Intentando recuperar el control de la situación, Agustina ensayó una respuesta.

-Sí amor, eso fue porque te quedaste mucho tiempo mirando a un punto fijo.

Su voz modulaba dulcemente como un arrullo, igual al día que vi por primera vez las pulpas en sus ojos.
 Me esforcé por mirarla a los ojos, en buscar de nuevo ese punto de referencia para no quedar ciego. Estábamos a la par, Agustina había sacado fuerzas y consiguió levantarme y colocarme frente a sí, casi sin espacio para caerme sin ser atrapado por ella.

-La primera vez que  vi las pulpas…eran pulpas naranjas, fulgurantes-Le dije.

Agustina se aferró a mí con fuerza, quedamos unos segundos abrazados, y fue cuando ella comenzó a decirme que ella también veía el rojo, y que en este preciso instante el rojo se tornaba amarillo. Yo cerré los ojos, el temblor en mis piernas empezaba a subir lentamente.

-Amor, todo es verde ahora… ¿Tengo miedo? ¿No sé qué pasa?-Me decía.

Abrí los ojos y el verde intenso que antes suponía bañaba a la bahía de Dublín estaba en el monoambiente, latiendo al mismo ritmo que mi corazón agitado.

-Este verde no me deja ver la ventana… ¿dónde está la paloma plástica? ¿Y mi Canon?- insistía grave Agustina.

Me apresuré en responder para no asustarla sabía que Agustina ya no veía nada, había quedado ciega.

-No mirés a la ventana, miráme a mí-Le dije.

La retuve con firmeza y la conduje con mucha dificultad hacia la cama. Después de todo, ella ahora entraba a mi mundo de verdes y rojos mutantes. 
Para entonces el pulso de las paredes del monoambiente se entregaba a la misma cadencia de la respiración de Agustina. Era pausada, como si cada bocanada de aire fuera métrica, perfectamente calculada tanto en la inhalación como en al exhalación. Agustina con la mirada fija en mí veía sumarme a su respiración, al color verde que se tornaba lentamente en celeste y luego en azul.

La besé apasionadamente, y tragué el aire que soltaba cerca de mí. El monoambiente continuaba de color azul, y el zumbido que antes había sido una molestia personal, ahora compartido con Agustina evolucionaba en la melodía del agua empujando agua que sólo se escucha en el mar.

Fotografía de Agustina Ibañez. Misiones.