domingo, 22 de enero de 2012

Getting home y La causa justa


El atractivo por China es inconfesable. Pero China como buen buey bien se lame solo (solía decirlo de forma proverbial mi abuelo Paulino) no necesita de nuestra falta de explicación para contarnos lo que le pasa.
Para los del Oeste, el cumplimiento de la palabra empeñada siempre fue cuento de chino o en todo caso japonés, para los del Este es el encuentro con uno mismo. Eso termina develando la tragedia de Osvaldo Lamborghini en La causa justa. Tokuro-un maniático de la palabra empeñada para los del Este, más precisamente para los del Conosur-elimina, luego de un mal entendido idiomático, con una lluvia de puñetazos a su mejor amigo y descubre a continuación que lo había hecho por amor. Al final, una vez cumplido el ritual de despedir a su amor, se hace el harakiri sentado en un árbol. El cumplimiento de la palabra condujo a Tokuro a la confrontación con sus propios valores morales, a tal punto que al ponerlos a prueba se encontró enamorado y con un cuchillo destrozándole las entrañas. En Getting Home el cumplimiento de la palabra de dos trabajadores que eran amigos condujo a uno de ellos por un camino completamente distinto. El tema de La causa justa es lo que se ocultaba detrás de la causa justa, el tema de Getting Home es el duelo y los inconvenientes de su puesta en escena.
En Getting Home la atmósfera es a cada kilómetro embestida por la sordidez de la ausencia. El duelo duplica sus fuerzas cuando no vemos al cadáver-pero sabemos dónde puede estar, lo intuimos-y en ese terrible abandono la angustia breve y poderosa aflora en un llanto arrollador que va formar parte del alejamiento. Cumplir la palabra empeñada, significaba para el protagonista, cumplir con su propio destino, con su propio ritual de muerte. Poco importa lo que pasa después, lo que realmente cobra valor es que la ley se acate: vivir el mundo que se termina para el que partió. Creer en la muerte personal, es creer en la ley, ya no de la naturaleza que nos traspasa, sino la que nos gobierna y que somos nosotros la que la trazamos. El prodigio de la memoria se cristaliza y roza el pecho de una mujer mientras actúa como ventrílocuo, hasta canta canciones felices, feliz sobre el techo de un camión. Porque la memoria es la rectificación de nuestras vidas en su propio peso especifico. Pero volviendo a casa, no se cancela ahí, con la aceptación de la propia finitud y la angustia por la perdida, sino con la angustia de un Zhao que no sabe donde enterrar el cadáver de su amigo fallecido. Quisiera desconfiar de la sutileza del director al contarnos soberbiamente que el amigo muerto es aquel que logró la revolución cultural, que tuvo durante décadas una economía planificada. El final como al principio parece no encontrar término. Para nosotros que fuimos chantajeados por el tiempo modelado anticipadamente sabemos bien que el mensaje no podía ser otro: el comunismo ha muerto. Y es aquí donde el cine chino tiene mucho que decirnos porque su limite y su alcance son impuestos ideológicamente. Nada más satisfactorio para el capitalismo, a través de sus festivales que una película como Getting Home, acorde a los tiempos que la premiaron con las palmas de oro en Cannes, en el preciso momento en que el proceso de restauración capitalista en los ex Estados obreros se llevaba rabiosamente. Para un turista o para un“amante de la fotografía”, la película puede conmocionarlos con sus hermosos campos verdes, con sus montañas azuladas y abruptas, con su gente serena y solitaria. China siempre cumplirá con el fascinante sortilegio del misterio, aquello que se manifiesta pero de una manera subterránea. Para el que descifró el enigma, vio hermosos campos verdes cultivados por gente serena, solitaria y pobre con métodos primitivos, vio una agricultura sin maquinaria-quizá ese sea el mayor efecto sobre los turistas y los amantes-vio el contraste de una ciudad que expulsa a los emigrados del campo o de otras ciudades más pobres, vio a nuestro entrañable guía debatiéndose entre la pobreza absoluta y el suicidio. Incluso, el director se despacha con un optimismo abrumador: el amor que se vislumbra es el futuro que viene después del duelo, un optimismo que por supuesto no estamos dispuestos a adscribir. Entre tanto firulete, admito que la narración es impecable como también lo es la interpretación de Zhao y cuanto personaje aparecido en el camino. Párrafo aparte se merece el amigo difunto que tuvo un formidable desempeño-físico y actoral- para mantenerse en un estado casi cadavérico y que logró con eso hacernos creer.
A Getting Home se la puede contraponer a Naturaleza Muerta de Jia Zhan-Ke que narra magistralmente las barbaridades que logra en la actualidad el capitalismo en China, pero ese es tema para otro artículo.