sábado, 12 de febrero de 2011

Errante seguro

Atrás quedaban las constantes demandas de besos, de ahora en más, arrancarle los ojos para ver qué de extraordinario se escondía en ella, persistiendo. Naturalmente, la ingeniosa prosperidad de la novedad se funda en que una desconocida es la suma de todas las conocidas; salvo-y esta excepción pertenece a una consideración meramente temporal-la que llega a destiempo. Tarde, esta memorable excepción, hace sucumbir la matemática amorosa sobre la sorpresa. Atravesar a pie un bosque oscuro en busca de restos para explicarlo todo forma parte de esta índole. La belleza avanza en este desorden. La mujer amada, retaceada debidamente detrás de sus ojos-también en el tabique del tiempo-constituye el andar errático del amante más bien perdido en un posible hallazgo. Evocar una hazaña, una pregunta sobre el despertar de un enigma, avienta por los aires la necesidad que aspira por ver detrás, por quitarle los ojos que no son ojos, más bien, lo son en la medida de intuir la expresión desvencijada de la crueldad, de promesa de sol trinante, de sonrisas grandilocuentes. En estos ojos tardíos, que son los ojos de Rosario, disimulantes, a la vez que irresolutos, se atalaya la inusitada permanencia de la producción del verdadero encuentro. El bosque y la oscuridad, y la mujer desnuda (deseo incluso de André Bretón) son el escenario propicio para inocular cantidades de tiempo-anacrónico. Condición insuperable, los ojos de Rosario llegaron tarde, era lo que esperaba años atrás, como diez, quizá. Pero su arribo a destiempo abunda en festividad curiosa y temblorosa. Ver detrás de sus ojos oscuros es explicar el baño de sangre que significa su agasajo innecesario, perfilada poco a poco, en indiscutible necesidad. La carencia propuesta por esta sorpresa todavía es próspera en belleza. Ir, errar en el bosque ya nadie puede pensarlo una actividad ociosa, menos el oficio perenne que lo relativiza todo: atrás, muy atrás quedaron las comparaciones y las máscaras de los carnavales. De los ojos de Rosario, nada se puede esperar, lo extraordinario que ha ocurrido, si es que hay alguna certidumbre (o conjetura) flota en las aguas trasparentes de un mar desconocido, indestructiblemente interrogante, desafiante.